La patria y esos «patriotas»

Todos ellos hablan de «Patria», pero lo hacen para disolverla en ideología, relato o Estado

FARO

En el corazón del lema carlista —Dios, Patria, Fueros, Rey— se encuentra una palabra que parece clara en su sentido, aunque puede ser interpretada de modos diversos: Patria. Hoy, en tiempos de confusión, urge aclarar qué significa este concepto, que no es lo mismo que «nación» ni que «Estado». La Patria es mucho más: es tradición, continuidad, hogar común.

El gran tribuno carlista Juan Vázquez de Mella lo expresó con vigor en las Cortes de 1916: «La Patria no la forma el suelo que pisamos ni el sol que nos alumbra, sino aquel patrimonio espiritual que nos han legado las generaciones» (Mella, 30 de junio de 1916). Para Mella, sin tradición no hay patria posible; sin la herencia de ideas, instituciones y costumbres, un pueblo se convierte en una multitud desarraigada.

El pensador Rafael Gambra, en Eso que llaman Estado (1979), precisó la diferencia entre patriotismo y nacionalismo. El primero —dijo— es amor natural al propio orden histórico y social, un modo de caridad hacia el prójimo más cercano. El nacionalismo, en cambio, es una ideología moderna que convierte la patria en un ídolo, uniformando a los pueblos y destruyendo sus raíces. También el profesor Miguel Ayuso, en su ensayo El pensamiento tradicional español frente al nacionalismo (2018), ha insistido en esta distinción. La patria, afirma, es herencia y continuidad, mientras que la nación revolucionaria es una construcción artificial, y el Estado liberal un aparato que devora cuerpos sociales intermedios.

Por tanto, la Patria es una comunidad histórica y espiritual. Viene de los padres —patres—, es decir, de lo recibido. Como recuerda Juan Fernando Segovia, «la Patria es el conjunto de cosas paternas, lo heredado que podemos tocar y besar» (La nación y el nacionalismo, 2022), no una abstracción en el aire. En ese sentido, el patriotismo es filial, religioso y concreto.

Y es que Dios y Patria son inseparables. España se formó en la unidad católica. Francisco Elías de Tejada lo explicó en ¿Qué es el Carlismo? (1955), al distinguir entre la Cristiandad y la Europa moderna. La primera, fundada en la Fe y en el orden orgánico de cuerpos y fueros; la segunda, fruto de la secularización protestante y del liberalismo. España resistió esas rupturas y se convirtió en lo que Tejada llamó una «cristiandad menor».

De ahí que la Patria sea plural y foral. Mella habló de «un conjunto de naciones que han confundido parte de su vida en una unidad superior que se llama España» (Mella, 1916). Elías de Tejada hablaba de «Las Españas», para subrayar que nuestra patria común está compuesta de patrias chicas: reinos, provincias y municipios, cada uno con su personalidad y sus fueros. Ayuso lo sintetiza: «La patria no es la nación moderna; por eso puede articularse la patria grande con las patrias chicas» (Ayuso, 2018).

El foralismo es, por tanto, esencia de la Patria. Las libertades concretas de cada pueblo —sus usos, su derecho propio, su autogobierno local— forman parte del patrimonio común. Por eso la monarquía tradicional española fue federativa, respetuosa de esas autonomías. Los carlistas ya llevamos advirtiéndolo desde el siglo XIX: el centralismo liberal destruiría los lazos tradicionales y provocaría separatismos. Así ocurrió. Gambra señaló que el Estado se apropió del nombre de España, y al identificarse con opresión y uniformidad, muchos comenzaron a odiar esa «España» estatal. El centralismo, escribió, fue «el primero de los separatismos» (Eso que llaman Estado, 1979).

Hoy, cuando el Estado-nación moderno se tambalea bajo la globalización, esta doctrina recobra vigencia. Javier Fernández Sandoval, en Enemigos y súbditos de Cristo Rey, recuerda que sin el tetralema íntegro —Dios, Patria, Fueros, Rey— no hay orden político posible. Y Segovia observa cómo las «naciones» modernas se disuelven, mientras que la identidad hispánica tradicional, fundada en la fe y la tradición, permanece como principio estable (La nación y el nacionalismo, 2022).

Pero amar la Patria no significa solo venerar la tradición recibida; exige también una táctica viva y audaz. Así lo recordaba Juan Vázquez de Mella en 1902, cuando denunciaba la esterilidad de una estrategia meramente defensiva, acomodada a la espera pasiva de los golpes revolucionarios. «La Patria no puede sostenerse en treguas humillantes ni en resistencias sin alma» (Mella, discurso citado en Félix M.ª Martín Antoniano, La Esperanza, 24-25 de agosto de 2025). El pensamiento carlista entiende que la Patria, si ha de ser restaurada, requiere claridad doctrinal y firmeza táctica, rechazando toda conciliación hipócrita que disfraza rendición de prudencia. Como advertía Mella frente a quienes aceptaban un pacto con el enemigo: «Quien se acomoda al error acaba siendo devorado por él». Por eso la lealtad a la Patria exige hoy la misma energía que en el pasado: no basta conservarla en los recuerdos, sino defenderla con convicción ofensiva, desde el espíritu de Dios, los Fueros y el Rey.

La Patria, pues, no es un mito ni un residuo, sino una realidad viva: comunidad histórica, espiritual y foral, coronada por la monarquía legítima. Por eso los carlistas pudieron y pueden gritar con verdad: «Dios, Patria, Fueros, Rey». Ayer como hoy, no hay Patria sin Tradición, ni España sin Dios.

Conviene, sin embargo, añadir una advertencia: la Patria no tiene un significado unívoco. También ha sido malentendida y pervertida. La Marsellesa o la Revolución Cubana no hablan de Nación, sino de Patria, pero lo hacen desde una concepción revolucionaria, sin Dios ni tradición. Reconocer este hecho ayuda a subrayar la necesidad de restaurar el verdadero sentido cristiano y tradicional de la palabra.

Y ahora veamos a los que hoy hablan de «Patria» y la disuelven.

En la España actual, abundan los intelectuales y políticos que invocan la palabra Patria… pero al hacerlo la vacían de su sentido tradicional. El filósofo Fernando Savater (Contra las patrias, 1996) reduce la patria a hinchazón retórica y proclama un «universalismo individualista ético». El problema es que, al disolver la Patria en ética abstracta, deja a la comunidad desarraigada y al Estado como único marco. Por su parte, Félix Ovejero (Patrias y fronteras, artículo en El País, 2019) reivindica la «patria republicana» nacida en 1812, pura ciudadanía igualitaria sin memoria. De este modo borra las Españas históricas y su armazón foral y monárquico.

En un registro más académico, Daniel Innerarity (Una teoría de la democracia compleja, 2020) habla de «patriotismo constitucional»: adhesión fría a reglas procedimentales. Esto enfría la lealtad y elimina el fundamento religioso y comunitario de la Patria. En la política española reciente, Cayetana Álvarez de Toledo (Patria o vida, 2021) ensalza un Estado que no solo reprime sino que «educa moralmente» y reclama «el abrazo de la nación constitucional». Pero la moral pública no la crea el Estado: la hereda la comunidad católica y la encarna la Tradición.

También José María Marco (Una historia patriótica de España, 2018) intenta rescatar una «historia patriótica» con un patriotismo cívico, pero resemantiza tanto la palabra que la vacía de sus contenidos forales, monárquicos y religiosos. Alejandro Quiroga (España reinventada, 2007; Goles y banderas, 2014) interpreta la nación como un relato deportivo y mediático, banalizando la Patria como puro discurso y símbolo. El pensador materialista Pedro Insua (1492. España contra sus fantasmas, 2018) afirma España, sí, pero sin alma cristiana ni fueros: una nación política eficaz, aunque mutilada en lo esencial. Finalmente, el cronista Jordi Amat (La conjura de los irresponsables, 2017) reduce la crisis catalana a mala gestión política, sin ver la raíz teológico-política: la quiebra de fines comunes y el olvido de la tradición.

Todos ellos hablan de «Patria», pero lo hacen para disolverla en ideología, relato o Estado. Frente a ellos, la doctrina tradicionalista afirma con fuerza que la Patria es comunidad histórica real, con raíz católica, pluralidad foral y continuidad monárquica.

Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza

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