Conmemoramos hoy el sexto aniversario del fallecimiento de don Alberto Ruiz de Galarreta. Pocos días después de su fallecimiento, el ABC publicaba una necrológica escrita por su amigo del alma, d. Miguel Ayuso, en el que lo calificaba como el «último carlista histórico». El último de los grandes carlistas del s. XX, que había vivido desde su infancia el espíritu carlista en la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET), había conocido y tratado, en numerosas reuniones, tertulias y encuentros a Valiente, Vallet, Canals, Vegas, Elías de Tejada, Rafael Gambra, Federico Wilhelmsen, Carlos Etayo, Alvaro D’Ors…
Entusiasta y propagandista de la Unidad Católica, dogma primero del tradicionalismo español, a ella consagró su vida, grandes esfuerzos y muchos artículos. Sin ninguna duda, el asunto central en torno al cual giran y se estructuran todos sus escritos —el que les otorga la unidad interna y que es como el alma o principio formal de su obra (escrita y no escrita)— es la defensa de la fe católica en su proyección política y social; el recordatorio de que la base y fundamento de toda sociedad (y muy especialmente de la española) es religiosa; la insistencia oportunamente machacona en que la virtud de la religión implica unos deberes comunitarios, no sólo personales. En una palabra: la exaltación del buen combate por el Reinado social de Cristo y la unidad católica de España.
Desde la redacción del documento «El Carlismo y la Unidad Católica» en 1963, hasta su labor junto al P. Dallo en la organización de las Jornadas de la Unidad Católica, celebradas primero en Toledo y luego en Zaragoza, hasta la fecha, pasando por el juramento de defender la Unidad Católica de España en el día de Santiago de 1964, en el monasterio de Nuestra Señora la real de la Oliva, en Navarra y sus sucesivas renovaciones, don Alberto no cejó nunca en su empeño por promover tan noble y necesaria causa.
Por poco don Alberto no hizo la guerra al haber nacido en diciembre de 1922. Pero se mantuvo fiel, como en todo lo que hizo, al espíritu de Cruzada que los requetés infundieron a la guerra -guerra que recordaba vivísimamente en un escrito que ha sido publicado recientemente en el primer volumen de sus obras-. Lo hacía de manera incansable, con renovado ardor, sabiendo, como decía, que «el primer elemento del combate es la voluntad de vencer. Si no se tiene, es inútil proseguir; todos los elementos caerán por su base. Unas veces no hay voluntad de vencer y otras hay voluntad de no vencer, que es más grave y clara traición».
Todo lo que hizo, lo hizo de manera heroica: brillante en sus estudios, después de la guerra estudió medicina en la universidad de Valencia con gran aprovechamiento, terminada la carrera, y en contra de la voluntad de su padre, marcha a Veruela para empezar el noviciado en la Compañía de Jesús, noviciado que no terminaría no por voluntad propia sino por la de su Maestro, «yo fui fiel a Jesucristo» repetía siempre que tenía oportunidad. A la vuelta del noviciado, cansado y fatigado, su padre le propuso un tiempo de descanso, preparó las oposiciones y entró en el Cuerpo de Sanidad de la Armada, en el que se retiró de Coronel. Realizó su tesis doctoral en historia de la medicina, con Pedro Laín Entralgo -fue publicada en 1958- y ejerció con pasión y dedicación sacerdotal la profesión. Estas palabras, escritas por él mismo nos esbozan el modo en el que afrontó todas sus labores: «hay un minuto heroico, el necesario para acabar bien y perfeccionar cosas. Es el que media entre la chapuza y la ofrenda; el que diferencia al apóstol caprichoso y romántico, que se cansa enseguida, del que se esmera y perfecciona con eficacia, por amor». D. Alberto fue así, un apóstol, consagrado al apostolado tradicionalista.
D. Alberto no elaboró tratados políticos monográficos ni grandes síntesis sistemáticas. Pero se confundiría quien pensara que su obra carece de un «corpus doctrinal» sólido y coherente, pues éste se halla repartido, latente, en su extensa y prolífica ejecutoria como articulista. Y su interés y originalidad —incluso, muy a menudo, genialidad— no son menores. Así, sin olvidar su opus magnum en 33 volúmenes, Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español (1939-1966), ni su libro Más allá de la deontología médica, se encuentran desperdigados en decenas de publicaciones unos cuatro mil artículos -que en el Círculo valenciano que lleva su nombre hemos empezado a recopilar-, buena parte de ellos constituyen un extraordinario testimonio de lo que él llamaba sus «actividades anti»: de su oposición neta, de su denuncia intransigente y su combate sin tregua contra las consecuencias desastrosas del liberalismo, de la secularización obrada por las libertades de perdición y, especialmente, por la libertad religiosa. Sin embargo, esa dimensión «contrarrevolucionaria» no es meramente negativa, o simplemente crítica, sino que es funcional a un compromiso superior y trascendente que explica aquélla: el de instaurar y restaurar sin cesar la Ciudad católica contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana, de la revolución y de la impiedad (cfr. Notre charge apostolique, I, 11). Don Alberto lo expresó luminosamente:
«Durante mi vida he alternado con frecuencia el ejercicio profesional con actividades “anti”. No me arrepiento, sino que prometo perseverar en ellas. Los imperialismos del Este y del Oeste han impuesto a nuestra generación deberes que cumpliremos sin temblar. Pero hay que saber hacerlo sin que se seque nuestro espíritu, sin renunciar a una mentalidad constructiva, sin inutilizarse para colaborar en el enriquecimiento y perfeccionamiento de nuestra civilización católica. En medio de tareas apresuradas y agrias, el estudio y realización de estas costuras de lo sobrenatural con lo natural, son un remanso de paz, donde el alma descansa, se esponja y crece mejor».
Muchas cosas podríamos decir, pero cerramos esta nota con sus palabras, resumen de toda una vida entregada a una Causa, así con mayúscula, por ser una causa mayor que la de su propia vida, por ser la causa de Cristo Nuestro Señor:
«Ahora, ya en el umbral de la muerte por la edad, pienso que el día en que comparezca ante el tribunal de Dios, aunque me acojo a su misericordia antes que a nada, puesto a hablar de algún mérito en mi vida, ése es el ser y haber sido carlista desde los tiempos difíciles».
P. Juan María Latorre, Círculo Cultural Alberto Ruiz de Galarreta (Valencia)
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