La Edad Media de los orientales, nuestro período de Cristiandad (1620-1767)

La magna obra de los jesuitas constituyó una auténtica Edad Media y verdadero Régimen de Cristiandad que existió durante los siglos XVI – XVII y XVIII

A menudo cuando se relatan los orígenes de nuestra historia, suele hacerse desde cuestiones como las tribus indígenas que vivían en el territorio de la Banda Oriental, o directamente se pasa a la tardía fundación de Montevideo en 1726, apenas mencionando fundaciones como la de Santo Domingo de Soriano en 1624 (en la margen occidental del río Uruguay).

Sin embargo, debemos hacer conocer y recapacitar a los católicos orientales, la imperativa necesidad de recuperar parte de lo que fue el régimen de Cristiandad sobre el que se fundó nuestra región.

Para empezar, el Río de la Plata fue fundado principalmente desde el Paraguay mirando hacia el interior del territorio, con la fundación de Asunción en el siglo XVI, y no mirando hacia el río y hacia afuera de las provincias como lo fueron Buenos Aires y Montevideo.

Tras la fundación de Asunción, comenzaron a venir numerosas órdenes religiosas como los dominicos y los franciscanos, llegando por último los jesuitas, quienes fueron el principal sostén de la futura sociedad primigenia y de lo que sería «el Uruguay original».

El Padre Dámaso Antonio Larrañaga escribía al Papa Gregorio XVI diciendo:
estas invictas e indómitas naciones uruguayas, en seguida, no por las amenazas de los dominadores, sino por las palabras de los evangelizadores; no a la espada, sino a la cruz; no a los soldados, sino a los misioneros, libremente están sujetas y constituyeron la celebérrima república llamada Jesuítica, en la cual florecieron la vida común y las virtudes de los fieles primitivos.

A lo que continúa en relación con la integridad de los territorios orientales y su fe, dice que esta nación:
ciertamente desaparecida toda infidelidad, con ninguna mancha de error o de herejía se ensuciara nuestra ortodoxa fe, sino que siempre permaneció pura e intacta.

Los jesuitas establecieron un régimen de gobierno hierocrático, en donde el centro de la vida de las reducciones era la salvación de las almas, la transmisión de la vida urbana y las costumbres, así como el mantenimiento de la cultura y libertad de los indios guaraníes, tapes, guaycurúes, chanás, entre otros, quienes eran constantemente amenazados por los bandeirantes. Este fue un régimen de Cristiandad regional, si bien sometido a la Corona española, con sus características particulares que lo hicieron un ejemplo de tanto la eficiencia y como la bondad de la «conquista espiritual».

Como consecuencia, hemos visto que hasta cierto punto las misiones en toda su extensión fueron un régimen que estableció un «suave yugo», con un gobierno más hierocrático por sus propias circunstancias, que teocrático y separado de la monarquía hispánica, sino de forma integrada dentro de ella.

La expansión de este régimen llegó a extenderse hacia el interior del Brasil, Paraguay y todo el norte de la Banda Oriental, y hacia 1732 había un total de 141.242 habitantes.

La magna obra de los jesuitas constituyó una auténtica Edad Media y verdadero Régimen de Cristiandad que existió durante los siglos XVI – XVII y XVIII, y que aparte de su desarrollo demográfico y su fervor religioso, fue una enorme obra civilizatoria, como se puede ver en las ruinas de las enormes iglesias, residencias, galerías y estancias, como se puede apreciar en ruinas como las de San Ignacio Miní.

Durante el período de las misiones jesuíticas hubo un alto desarrollo cultural, con compositores como Domenico Zipolli, Martin Schmid, Juan José Messner y Florián Paucke, misioneros que dedicados a la composición de himnos y obras polifónicas que incorporaron numerosos rasgos de la música guaranítica.

Esta sociedad constituida tras dos siglos de trabajo misionero, fue amenazada desde la firma del Tratado de Madrid (1750), que cedió parte de las misiones a Portugal, lo que fue rechazado por la población local y derivó en la Guerra Guaranítica (1753-1756). Si bien durante el reinado de Carlos III con el Tratado de San Idelfonso (1777) se recuperó parte de las misiones, la guerra y los asaltos de los portugueses ya habían causado un daño irreparable.

El obispo Manuel de la Torre que arribó con el cargo de obispo de Asunción y lo desempeñó entre 1756 y 1762, describió la situación tras la guerra como de extrema pobreza (…) no había una sola viña en el Paraguay y el trigo que se plantaba era escaso a lo que se sumaba la inseguridad que vivían los paraguayos (…) la situación de frontera que “viva”, con el enemigo lusitano a las espaldas.

En este tétrico estado las misiones jesuíticas se encontraron con la revolución, que con las intervenciones de Portugal (1811) y (1815-1820), asentaron su presencia y fueron expulsando y aniquilando a los pueblos misioneros.

Si bien tras la independencia del Estado Oriental del Uruguay se intentó reclamar los territorios, buena parte de la población se había retirado junto al caudillo Fructuoso Rivera luego de la campaña a las Misiones Orientales (1828), y tras la Guerra Grande (1838-1852) y la firma de los conocidos Tratados de Lamas de formalizó la pérdida de los territorios al norte del Río Cuareim.

Círculo Tradicionalista San Felipe y Santiago de Montevideo

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