Los pésimos proyectos de grado universitarios (y II)

Si una universidad insiste en sus procesos mediocres para graduar a sus estudiantes, que se aguante ser fábrica de profesionales mediocres

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¿Por qué dejar pasar tantos errores en los proyectos de grado? Siendo la universidad una institución prestigiosa, ¿por qué esa dejadez? Primero, por modernas; segundo, por privadas. Hoy por hoy, sea pública o privada, la universidad ya no tiene el prestigio de antes: cualquier imbécil se inscribe, cualquier imbécil se gradúa. Bajo el mantra moderno de «democratizar la educación» se ha perjudicado a la mismísima educación.

Adicionalmente, el carácter empresarial de las universidades privadas lleva a estas a obsesionarse con promocionar sus servicios y mostrarse como exitosas presumiendo el número de graduados de sus aulas o los temas pintorescos con los que sus alumnos elaboran sus proyectos universitarios. No hay rigor, no hay filtro, no hay exigencia suficiente porque los alumnos tienen que graduarse en masa de la carrera para inflar las estadísticas que traigan los billetes a los bolsillos del capataz. En ciertos casos, incluso la universidad prioriza comprar «la última tecnología» o tener ambientes impecables, pero con míseros salarios para los profesores o cobros excesivos a los estudiantes (más por el aspecto material del establecimiento que por la calidad de los docentes). Las apariencias de poseer modernidad y equipamiento pesan más que la seriedad de la formación.

Otro asunto muy relacionado parece ser el afán de ofrecer carreras de rápido término: «¡Gradúese en tan solo 4 años!». Si las universidades privadas se tomaran la molestia de hacer serias las licenciaturas, dejarían el último semestre despejado para enseñar Taller de Grado, en lugar de mezclarlo con otras tareas pesadas como el trabajo dirigido o proyecto integrador en un solo semestre, todo por la ambición de apurar a los estudiantes a graduarse ya. Y si no pudieran o quisieran hacerlo, ¡pues que implementen metodología de investigación en varias de sus asignaturas! Haciendo de la investigación académica algo transversal a la carrera. Así, el estudiante debería llegar más preparado al último semestre.

Con todo, poco podemos hacer los docentes católicos (y acatólicos de buena voluntad) para una corrección profunda del asunto: habría que reedificar el entramado institucional en el que nos encontramos, reencaminando la situación política, social y económica hacia el orden natural. Pero eso no depende de nosotros, o al menos no sustancialmente, sino de nuestras autoridades civiles, que tienen más responsabilidad sobre el procedimiento y legislación requeridos.

Si cada uno de nosotros intenta desde su nicho aportar más de lo que le permiten sus fuerzas al estudiantado, a pesar de recibir migajas de pago y no lo que realmente cuesta su trabajo, algo podrá influir, pero estamos solos frente al gigante que tenemos frente a nosotros. Lo peor es que varias universidades solo valoran el tiempo que el docente está en el aula: no pagan las horas que toma planificar actividades, corregir exámenes y hasta rellenar sus inútiles pilas de documentos burocráticos.

El cambio de mentalidad implica también volver al prestigio de la teoría: mucho se exige proyecto de grado, pero ¿y la tesis? Una tesis exige revisión bibliográfica más abundante que un proyecto de grado. El proyecto tiene fines prácticos, elaborar algo útil para alguna empresa, institución o marca personal, mientras que la tesis tiene fines intelectuales y se orienta a la trascendencia.

Cierta universidad boliviana, en el culmen de la estupidez, eligió como eslogan de una reciente campaña publicitaria suya: «Con teoría no hacés nada». Exalta la utilidad y se ufana de hacer lo que deberían hacer los institutos de formación técnica: formar en habilidades prácticas. El desprecio por las ideas, y en última instancia, por la filosofía, es síntoma de decadencia en un país.

Si seguimos rigiéndonos bajo principios liberales que exaltan la sobrecarga de trabajo para beneficio del patrón, solo vamos a tener como resultado proyectos de grado deficientes. También los tendremos si seguimos amoldándonos a la «mentalidad positiva» de aprobarlo todo y reprobar nada, acostumbrando a los chicos desde la escuela a no afrontar las críticas y procesar el rechazo.

Si una universidad insiste en sus procesos mediocres para graduar a sus estudiantes, que se aguante ser fábrica de profesionales mediocres. Y si un país se permite tener profesionales mediocres, que se aguante tener políticos mediocres: es una cucharada de su propia medicina.

Si apoyamos toda esta canallada de aprobar a cualquier imbécil, no andemos después quejándonos de los imbéciles que administran nuestras instituciones. No podemos poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias, tal cual se ha repetido hasta el hartazgo en las páginas de este gran periódico y desde plumas ajenas muy sabias.

Lucas Salvatierra, Círculo Tradicionalista San Juan Bautista.

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