Dícese que en un legajo polvoriento, escondido en los archivos de la Corte, se halló un escrito con letra gastada, que parece del mismo Guzmán. Y siendo cotejado con las partes ya sabidas de su vida, no hallaron los doctos contradicción, antes bien confirmación. Y es de notar que no quedó su vida en galeras, sino que alcanzó las mismas sillas de los diputados, de donde brotan tantas leyes torcidas como engaños caben en el corazón humano.
El texto, fielmente trasladado, dice así:
«Vuesas mercedes sepan que, tras penar en galeras y sufrir miserias sin cuento, salí de ellas no por virtud mía, sino por indulto concedido a ciertos secuaces de los gobernantes, que en premio de sus servicios quisieron librarlos del remo. Yo, como pez que nada en río revuelto, metíme entre ellos con disimulo, y hallándome suelto vi que con tales compañeros podía labrarme nueva fortuna. Que no hay mejor escuela de picardía que la de los favorecidos del poder, y yo aprendí presto a imitarles, viendo que en su libertad y tratos había más provecho que en todas mis tretas de antaño. Y así trocaron mis grillos por plumas y mis cadenas por discursos, pues de galeote descalzo vine a ser diputado con capa nueva, que no hay oficio más propio para pícaro que el de señor parlamentario.
Aprendí presto que en las Cortes no se busca verdad, sino voto; no razón, sino provecho. Vi vender conciencias como antes vi vender indulgencias falsas, y entendí que la ley es la bolsa del más astuto. Si antaño hurtaba un mendrugo, aquí hurtaba con decreto; y si antes engañaba a un ciego, ahora engañaba a todo un reino, y con aplauso.
Mandáronme luego dar discursos en plazas y mercados. Subíame en carros o tablados, y con lengua suelta prometía pan a los pobres, oro a los ricos y justicia a todos. Aplaudíanme como a profeta, cuando yo solo pensaba en llenar la faltriquera de dádivas para mi campaña, que fue siempre campaña de mi estómago.
Díjome un curioso: «Señor Guzmán, ayer jurasteis una cosa y hoy la contraria». Respondí con risa: «¿No mudamos de capa según el viento? Pues así mudamos de promesa según el voto». Y todos rieron, quedando yo por hombre sagaz.
Vi que el Parlamento era como mercado de almas, donde se compra con oro lo que se llama libertad, y se vende la Tradición y la Fe como si fueran baratijas. Entendí que las Constituciones son escrituras de humo, que mudan según los partidos mudan de amo, y que el único Rey verdadero, Cristo, no tiene asiento en aquellas bancadas.
Con mis ojos vi cómo unos se decían defensores del pobre, mientras se cebaban con su sudor; otros alzaban la voz por la religión, mientras la dejaban postrada a los pies de su ambición. Unos clamaban contra los tributos, mientras hinchaban sus bolsas; y otros juraban servir a la patria, mientras la partían en pedazos como pan mal ganado.
No hallé en aquel recinto palabra de Dios, sino discursos vacíos; no justicia, sino acomodos; no amor a la patria, sino intereses de bandería. Y yo, que siempre fui pícaro, me vi en casa, porque el mayor gremio de pícaros es el Parlamento.
Así me fui granjeando fama de tribuno, que en ninguna feria engañé tanto como en los mítines. Allí la palabra es moneda, y yo, que siempre fui mercader de embustes, hallé campo abierto. Y entendí al cabo que no hay mayor picardía que la democracia: el ladrón común arriesga la horca, mas el diputado engaña a todos y llaman a ello buen gobierno.
Dejo, pues, estas memorias, no como penitente cansado de sermones, sino como político triunfante. Quede el mundo advertido que la picaresca no muere: muda de capa, muda de oficio, mas nunca de entrañas. Y yo, Guzmán de Alfarache, que de galeote llegué a diputado, soy testimonio de ello.»
De la comisión de socorros
«No bien hube estrenado el asiento, me destinaron a la Comisión de Socorros, nombre que suena a caridad, mas en la realidad era cofradía de aprovechados. Allí vi que el socorro no iba a los pobres, sino a los mismos diputados, que se repartían estipendios como tahúres reparten naipes.
Mis compañeros eran cinco, cada cual con arte singular.
El primero, don Bartolo, hombre grueso y de voz solemne, se las daba de protector del pueblo. Pedía siempre estar en tres o cuatro comisiones a la vez, con el pretexto de servir más, mas todos sabíamos que buscaba cobrar de todas.
El segundo, don Julián, seco de carnes y vivo de mirada, tenía como ocupación principal inventar oficios para su parentela. Colocaba sobrinos, primos y cuñados en cargos de nombre rimbombante y trabajo ninguno, y decía con desparpajo: «La patria empieza en casa».
El tercero, don Alonso, mozo de buen talle y lengua florida, se preciaba de ser orador del pueblo. Mas mientras recitaba discursos encendidos, recogía gratificaciones de uno y otro bando, de modo que en una misma tarde podía prometer una cosa y su contraria.
El cuarto, don Gaspar, siempre risueño y callado, era el más astuto: apenas hablaba en sesión, pero al repartir estipendios era el primero en meter la mano. Tenía hijos y yernos acomodados en la administración, y decía con sorna: «Más vale una firma en el papel que cien palabras en el aire».
El quinto, don Rodrigo, de carácter áspero y voz tronante, se mostraba siempre indignado con los abusos ajenos, mas al llegar su turno pedía paga doble, dietas extras y colocó a su amante como escribienta, aunque apenas sabía juntar las letras.
Yo, viéndome entre tales, pensé: «En buena compañía estoy, que si yo siempre fui pícaro de oficio, éstos lo son de profesión». Y aprendí presto que el Parlamento no es templo de leyes, sino mesón de pícaros, donde cada cual mete mano en la bolsa del reino y lo llama servicio a la patria. Y de tal modo me hallé contento, que mis viejos hurtos parecían juegos de mozo comparados con los provechos de diputado.»
De cómo comencé a negociar favores y votos
Pronto entendí que el verdadero oficio del diputado no es hablar mucho, sino negociar callado. El discurso sirve para engañar al vulgo, mas los tratos secretos son los que llenan la bolsa.
Así comencé a ser medianero entre mis compañeros. Si don Bartolo ansiaba otra Comisión, yo le daba mi voto con tal de obtener luego asiento en la de Hacienda. Si don Julián quería colocar a un sobrino, yo firmaba su petición y él me pagaba con un favor.
Vi que todos traficaban con votos como tahúres con naipes: hoy te presto el mío, mañana me das dos tuyos. Y quien mejor fingía amistad era el que más ganaba. Yo, que nunca tuve reparo en embustes, halléme presto maestro en este arte.
Cuando llegaba la votación, aquello era comedia: cada cual levantaba la voz defendiendo al pueblo, pero lo que defendían eran los acomodos convenidos. Yo hablaba con gesto grave de bien común, y al mismo tiempo llevaba en el bolsillo la promesa de un cargo para un pariente o de un estipendio doblado.
En poco tiempo me hice corredor de voluntades: iba de un bando a otro llevando recados, ofreciendo discursos amañados y vendiendo mi palabra al mejor postor. Y comprendí que el Parlamento es gran mercado, donde el grano son las conciencias y la medida se toma en ducados.
Pensé entonces: «¡Qué maravilla de picardía es ésta! Si antes engañaba en soledad, ahora engaño en compañía; si antes robaba en silencio, ahora robo con aplauso».
Y así, de pícaro de baja estofa pasé a mercader de votos, y ninguno me aventajó en el arte de trocar promesas por dineros y favores por cargos. Que en verdad os digo: el mayor comercio de España no es el de Indias, sino el de las comisiones del Parlamento.
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
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