En la Ilíada H omero presentó el enfrentamiento de dos héroes. Por un lado, Aquiles, el guerrero invencible que luchaba por su gloria personal. Pero por el otro, Héctor, el hijo fiel de Troya que salió a enfrentar la muerte segura cuando tocó a las puertas de los suyos, en obediencia a sus dioses, su patria, su rey y en cumplimiento de sus deberes para con su familia.
Y no se detiene allí la contraposición. Héctor, el hombre virtuoso, sabía que iba a morir y venció el miedo, de donde se le atribuye justamente el título de valiente. Aquiles, por el contrario, sabiéndose invulnerable a las lanzas enemigas, parece nunca haber tenido que hacerlo. De hecho, emprendió la huida —«el de los pies ligeros», le llama el Poeta— al momento que notó que el desbordado caudal del Escamandro podía ahogarle.
Explica Chesterton en El hombre eterno (1925) que, a medida que han pasado los siglos, la admiración por dichos héroes ha variado. Mientras Héctor, de cuya estirpe priámida los romanos presumían descender, ha pasado a ser considerado el verdadero héroe del poema y se ha mantenido como «la imagen profética del primer caballero», la memoria de Aquiles, por el contrario, se obscureció ya en la propia Antigüedad, reapareciendo sólo en individuos modernos y peculiares entre quienes parece posible dibujarse un patrón psicológico con dos notas fundamentales.
En primer lugar, aquella disposición anímica llamada libido dominandi por San Agustín (De Civ. Dei, I, pr.; I, 30; III, 14, 2; V, 13; XIX, 15; Contra Faustum, XXII, 74), que constituye una expresión del pecado que la Patrística Griega llama philautía, o amor a uno mismo, y del que Nietzsche luego hizo apología como «autoafirmación». Y en segundo, del culto a la fuerza, que, según el propio Chesterton, procede del sentimentalismo desbocado que, precisamente por su inmadurez, admira más la brutalidad que la experiencia. Combinación letal que parece conducir siempre al nihilismo y a la impiedad.
Naturalmente, se trata de una inclinación respecto de la cual ninguno de nosotros se encuentra libre, por cuanto ninguno está exento de las consecuencias del pecado original. ¿Pero qué podemos hacer para combatir nuestra tendencia innata a la philautía nihilista?
Creemos que parte de la solución se halla en el plano estrictamente espiritual: el cultivo de la virtud de la humildad, respecto del cual preferiría ceder la palabra a nuestros clérigos. Pero también parte de la solución podría hallarse en la lectura de la Historia, esa maestra de la vida, en la medida que uno tenga la disposición de aprender de los errores ajenos y no sólo de los propios. La Historia nos muestra cómo la fábula de Ícaro se cumple siempre, trátese de Napoleón, Adolfo Hitler o Plutarco Elías Calles.
Quizá también nos ayude a enderezar el camino considerar que la afición caudillista, por cuanto seduce con la inmediatez de sus promesas, tiene algo de particularmente contraria a la virtud de la fortaleza. Nos dice Julio César en La Guerra de las Galias (VII, 77) que es más fácil encontrar voluntarios dispuestos a una muerte fulminante que hombres prestos a sufrir las penurias de una campaña prolongada. Pues bien, el caudillismo seduce a las almas impacientes asegurando que unas cuantas medidas escandalosas y agresivas serán, por sí mismas, suficientes para resolver los problemas modernos, eximiendo a sus aficionados del doble esfuerzo de procurar el reinado de Cristo tanto en su alma como en la sociedad, pugna que por su misma naturaleza escapa a las fórmulas rápidas.
Como es de suponerse, al talante impaciente y nervioso del caudillismo, que requiere triunfos mundanos e inmediatos de manera constante, le parece el legitimismo no sólo lento en su avance sino históricamente derrotado. Los tercios no aplastaron el protestantismo, los vandeanos no tomaron París, los fidelistas fueron arrollados en Azcapotzalco y el carlismo fue derrotado en tres guerras. ¿Qué puede ofrecer al impaciente que anhela un triunfo inmediato una bandera así? La respuesta se halla en el mismo nombre «Héctor», quien, según dice Chesterton, «presagia las derrotas innumerables que han de sufrir nuestro linaje y nuestra fe, [pero] cuyo triunfo será el sobrevivir a todas ellas».
Rodrigo Fernández Diez, Círculo Tradicionalista Celedonio de Jarauta de Méjico.
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