La pobreza en tiempos de abundancia: pecado contra el orden divino

El verdadero escándalo de nuestro tiempo no es la penuria inevitable, sino la miseria persistente allí donde hay recursos suficientes para remediarla; no es la escasez absoluta, sino el exceso retenido sin justa causa; no es la imposibilidad material de producir, sino la voluntad de retener lo superfluo. La pobreza en medio de la abundancia —cuando no procede de elección evangélica, sino de injusticia— constituye un atentado contra el orden natural y sobrenatural establecido por Dios.

«La sopa de los pobres», por Reinaldo Giudici

I. El fin divino de los bienes

La ley natural, inscrita en la creación y confirmada por la Revelación, dispone que los bienes temporales estén ordenados al sustento de la vida humana y a su perfección moral. La tierra y sus frutos son don de Dios para todos, y la propiedad privada, aunque legítima y necesaria para el orden social, no es absoluta.

Santo Tomás enseña que la apropiación de los bienes es lícita por razones de custodia, orden y administración; pero su uso está sujeto al bien común (Summa Theologica, II-II, q. 66, a. 2). El derecho de propiedad lleva consigo una verdadera «hipoteca social»: en caso de necesidad extrema, «todas las cosas son comunes» (ibid., a. 7), y retenerlas se convierte en injusticia grave.

Esto no es concesión política ni licencia para el despojo, sino verdad de derecho natural: negar al hambriento lo necesario cuando se tiene en exceso es, ante Dios, un pecado de robo formal.

II. Dignidad humana y justicia

La dignidad humana no proviene de una concesión estatal ni de un consenso social: es la grandeza objetiva que el hombre posee por ser criatura racional, imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26). Vivir conforme a esa dignidad implica contar con los medios suficientes para desarrollar las potencias recibidas, cumplir los deberes de estado, cultivar las virtudes y participar en la vida de la comunidad.

La pobreza injusta, en medio de la abundancia, hiere esta dignidad por partida doble: roba al cuerpo lo necesario y al alma la posibilidad de elevarse. Niega la plena participación en la vida social y convierte a la persona en mero instrumento, en contra de su condición de fin en sí misma.

La justicia, virtud cardinal, ordena dar a cada uno lo suyo; la caridad, virtud teologal, impulsa a dar más de lo debido por amor. La limosna sin justicia es hipocresía; la justicia sin caridad es insuficiente. Dios mismo, «que hace salir su sol sobre malos y buenos» (Mt 5,45), nos enseña a unir ambas.

III. La economía subordinada a la moral y a la política

En la concepción tradicional, la economía está subordinada a la política, y esta a la moral. El fin de la economía es servir al hombre y a la comunidad; el de la política, ordenar la sociedad al bien común; el de la moral, guiar al hombre hacia su fin último: Dios.

Cuando se invierte esta jerarquía y el mercado dicta las leyes de la política, se produce una tiranía económica. Entonces, la opresión del pobre deja de ser un accidente y se convierte en fruto lógico de un sistema desordenado.

La «hipoteca social» de los bienes es también deber de la comunidad política: velar para que los recursos no se utilicen contra el fin que Dios les dio. No compete al Estado una redistribución arbitraria —lo cual sería contrario a la justicia y a la subsidiariedad—, sino impedir que la acumulación injusta y el abuso de posición económica lesionen el bien común.

IV. Abundancia: bendición y prueba

La abundancia, por sí misma, no es un mal; es reflejo de la bondad divina y fruto del trabajo humano. Cuando el hombre, con inteligencia y esfuerzo, multiplica los bienes, participa en la obra creadora de Dios. La abundancia es bendición porque permite una vida estable y virtuosa, y es prueba porque exige elegir entre la generosidad y la avaricia.

La avaricia —«raíz de todos los males» (1 Tim 6,10)— consiste en el amor desordenado a las riquezas, ya sea por codicia de tenerlas o por temor de perderlas. En la modernidad, esta avaricia reviste formas nuevas: el culto al capital como fin en sí mismo, sustituyendo a Dios por cifras y mercados.

V. Teología del trabajo humano

La riqueza proviene de la tierra y del trabajo, que es participación en la acción creadora y medio de santificación personal. Como enseña León XIII en Rerum Novarum, el trabajo es “la vocación del hombre” en el orden temporal. Negar un salario justo o retener el pago debido es doble injusticia: atenta contra la subsistencia material y degrada la vocación misma.

La pobreza en tiempos de abundancia, fruto de la injusticia laboral, niega al trabajador su derecho a cumplir su fin en el orden de la creación. Usar el propio trabajo y bienes para el bien común es cooperar con la Providencia; retener lo superfluo por egoísmo es obstaculizarla.

VI. Pecados que claman al cielo

Entre los pecados que «claman al cielo» la Escritura enumera el retener el salario del trabajador y la opresión del pobre. «El jornal defraudado… clama, y el clamor de los segadores ha llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Sant 5,4). Estos clamores, aunque silenciados en los tribunales humanos, son escuchados en el juicio eterno, donde no hay corrupción ni prescripción.

VII. Juicio final sobre la abundancia

Al final de los tiempos, el juicio sobre la abundancia no será económico ni político: será moral y eterno. No se nos preguntará cuánto produjimos, sino cuánto ordenamos al bien común; no cuánto acumulamos, sino cuánto sirvió al prójimo; no cuántas riquezas defendimos, sino cuántas compartimos por amor.

Entonces resonará la voz de Cristo: «Lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Y el veredicto será inapelable.

Por ello, urge que cada uno examine su mesa, su almacén y sus cuentas, preguntándose qué retiene que podría servir, y a quién priva por omisión. La verdadera abundancia no se mide por el oro guardado, sino por el bien realizado; no por la magnitud de las reservas, sino por la amplitud de la generosidad, siempre en el orden de la caridad y bajo la luz de la justicia.

Óscar Méndez

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