Me han preguntado muchas veces qué es ser Margarita. Entendiendo que se refieren al cómo llegar a serlo, puesto que el qué como definición es obvio (mujer carlista), la primera respuesta que me vino a la cabeza fue: «margarita es la que persevera (siéndolo)».
Porque margarita se es o no se es, pero no se es porque una lo decida de la noche a la mañana, por ponerse un día la boina (cuidado con el carlismo romántico), sino que lo es bien formada y convencida de la Tradición, que la vive en todos y cada uno de los ámbitos de su vida e, impelida por un verdadero sentido de caridad, lucha por su restauración completa en la sociedad.
Analicemos. «Bien formada y convencida de la Tradición»: esto lo alcanzan aquellas personas que mantienen una constante actitud que podríamos llamar de humildad bien formada, es decir, una disposición de formarse con verdadera humildad.
Es esencial entender que esta formación de la que hablamos no es la mera instrucción, es decir, la adquisición únicamente de conocimientos más o menos complejos, sino que hablamos desde el punto de vista tomista del desarrollo completo del ser humano que incluye, además de su intelecto, la formación de su voluntad y virtudes. Muchas personas adquieren grandes conocimientos intelectuales pero, olvidándose por completo de cultivar el resto de sus potencias, resultan inútiles a la Santa Causa ya que son incapaces de pasar del plano teórico al práctico, a veces, incluso, ni siquiera sirven para enseñar esos conocimientos porque se quedan en lo elevado, sin adaptar su discurso a los que están aprendiendo; y, en general, al no haber entrenado las capacidades necesarias para ser un colaborador de verdad, acaban siendo «guadianas», de los que aparecen y desaparecen, según se sigan o no sus ideas, siendo la mayoría de las veces más estorbo que ayuda.

Y destacamos la humildad por encima de las demás virtudes, porque es la que va a permitir que ese crecimiento nunca derive en soberbia, en este caso intelectual, pero, en definitiva, una manifestación más de ese mal «tan corriente entre los hombres, que nunca se les inculcará suficiente la necesidad que tienen de perseverar en la práctica de la santa y amabilísima virtud de la humildad» (San Francisco de Sales, Sermón para el día de la Purificación). Con verdadera humildad siempre nos formaremos por el motivo correcto: «Querer saber solamente por saber, es curiosidad; querer saber por ser conocido, es vanidad; querer saber por adquirir honras y riquezas, es torpe ganancia; pero querer saber por mejor servir a Dios. y edificar al prójimo, y aprovecharle, es virtud» (Fr. Diego de Estella, Tratado de la vanidad del mundo); seremos constantes, puesto que es un camino largo como la vida; y nos evitará desvíos o deserciones, ayudándonos a mantenernos en pie, o a levantarnos, si hemos caído, ante los errores, las dificultades (intelectuales y prácticas) e incomprensiones (de propios y extraños) que sin duda vamos a encontrar.
Carecer de dicha humildad bien formada ha hecho que muchas hayan abandonado el viaje en la primera crisis o se hayan pasado de estación llegando ser más papistas que el Papa. También están las que se han quedado en un bucle constante en algún tema secundario, normalmente de carácter puritano. Otras llegan con una soterrada suficiencia (ellas saben qué y cómo hacer) que, antes o después (gracias a Dios, suele ser antes), termina por dar la cara, llevándolas a intentar tomar atajos que, o las dejan desinfladas cuando ven que la realidad no coincide con sus ensoñaciones y deben trabajar en sobreponerse o , si no se las consigue frenar, a un activismo desmedido que, antes o después (por desgracia suele ser después, cuando ya arrastran a alguna más consigo porque, ¡por supuesto!, valen hasta para liderar), las hace desparramar.
Esta actitud no debe darse nunca por sentada. La persona que sienta que ha llegado a un punto en el nadie ni nada puede enseñarle nada, en realidad ha permitido crecer la dichosa soberbia, poniendo en peligro mortal su perseverancia, que nadie tiene asegurada. Porque, no sólo se ven defecciones de nóveles: veteranas militantes de la Causa la han traicionado de forma sorprendente tras años y años de servicio.
«Que la vive en todos y cada uno de los ámbitos de su vida». Esto es, que aplica la Tradición, dentro de un orden y siempre con la prudencia necesaria, en cada aspecto de su existencia: en su vida espiritual, en su familia, en sus necesidades materiales, en su vocación, en sus labores… Sólo como ejemplo vivo de la Tradición será capaz de cultivar las virtudes necesarias para transmitir de verdad la Tradición a todos aquellos que, de lo contrario, no la recibirían.
Estas dos características, la formación completa y su vivencia, es lo que, con la ayuda de Dios, va a permitir a la Margarita ser contada entre las sensatas (Mt 25, 1-13), porque actuará con la sabiduría que describe el Apóstol Santiago en 3,17: «la sabiduría que desciende de arriba, primeramente es pura, después pacífica, modesta, dócil, concorde con lo bueno, llena de misericordia y de excelentes frutos, no se mete a juzgar y es ajena a la hipocresía».
A partir de ahí, de una forma natural y siempre guiada por la Providencia, va a ser cuando: «impelida por un verdadero sentido de caridad, lucha por su restauración completa en la sociedad». Y, ¿cómo lleva a cabo esa lucha por la Santa Causa? Lo primero que hace es adherirse a lo que hay. Porque hay una organización previa formada bajo el mandato del Rey legítimo. Y nos guste o no, lo que diferencia a un tradicionalista de un carlista es el Rey. Y cualquier esfuerzo, por bien intencionado que sea, si conlleva poner palos en las ruedas de dicha organización existente, implica confundir el objetivo de la lucha. Recomendamos la lectura y meditación del inolvidable artículo de Álvaro de Tarfe de consideraciones sobre el devocionario del Requeté (en carlismo.es) para ver si podemos figurar entre los verdaderos defensores de la Santa Causa.
Porque, si es así, indefectiblemente se nos irán presentando formas de colaborar e, incluso, de aportar algo que pueda considerarse un avance en el carlismo que, no olvidemos, acumula ya casi dos siglos de existencia.
Y, para mantenerse en el combate, lo principal es pedir al Cielo la gracia de la perseverancia. Porque es una batalla de por vida; en ella nos jugamos nuestra salvación eterna y la de aquellos con los que tenemos una responsabilidad.
En las letanías a Nuestra Señora de los Dolores, advocación que acabamos de celebrar, Pío VII la llama «Margarita Virginorum», esto es: Perla de las Vírgenes. Siendo Ella nuestro modelo, pongámonos siempre bajo su guía para que nos vaya formando, capa a capa, y que, un día, podamos ser llamadas, cada una de nosotras: Margarita Traditionis.
Paula Gambra Mariné, Margaritas Hispánicas
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