El dinero: un repaso histórico (II)

«El derecho de emitir dinero fue transferido desde el creador o el propietario de la riqueza hacia el custodio de la riqueza»

C.H. Douglas

Puede leerse la primera parte del discurso del Mayor Douglas aquí.

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Habrán observado ustedes en seguida que hasta aquí no he presentado ninguna prueba en apoyo de mi sugerencia de que estamos llevando nuestros negocios nacionales sobre una base de falsa información. Estoy de acuerdo; y me esforzaré, por muy inadecuadamente que lo haga, en cumplir este punto esencial.

Tomemos primero la proposición general. Estarán de acuerdo que vivimos en una economía monetaria: que ninguno puede vivir hoy día sin dinero. Bien, si el distinguido economista que es mi crítico aquí, el Sr. Hawtrey, no tuviese ningún título de consideración (y los tiene muchos), habría prestado un destacado servicio público por haber consagrado en la «Enciclopedia Británica» las palabras «Los bancos crean los medios de pago de la nada».

El conjunto de nuestra civilización descansa sobre la posesión de los medios de pago. No es necesario que descanse sobre ella; pero de hecho descansa sobre ella. La tributación en dinero, las multas como penalización por delitos legales, y otros mecanismos, bastante apartados del uso del dinero como un medio de cambio, están todos diseñados con vistas a hacer del poder de creación de dinero el poder fundamental de la civilización. Este poder es fraudulento, tanto de hecho, como en la propiedad; pero les pediría que se dieran cuenta del absurdo de una queja contra la propiedad privada de, digamos, los minerales, cuando existe una propiedad privada internacional del crédito.

La historia del dinero es una larga historia ininterrumpida de fraude, y la adquisición de este poder de creación de dinero por los bancos constituye el capítulo final. Sin intentar cubrir el aspecto histórico de la materia, una fase del mismo sí me parece ser de utilidad como indicador de la base de la banca moderna. Originariamente, del mismo modo que un ferrocarril emite sus propios tickets, los productores de riqueza del mundo, hace miles de años, producían sus propios tickets. En aquellos días, la propiedad de bestias de varias clases constituía la principal forma de riqueza, y, por supuesto, el ganado tenía que ser alimentado. Muy a menudo el hombre rico, el hombre que poseía un montón de ganado, no tenía suficiente cereal o forraje con que alimentar al resto. El mercader de grano y forraje generalmente era un itinerante, y no siempre le era conveniente llevarse el ganado; por lo cual, tomaba del propietario de ganado un disco de cuero que representaba una cabeza de ganado. A veces había en él un tosco grabado de la cabeza de la vaca, o algo por el estilo, y a veces no lo tenía. En verdad, la mayoría de ustedes conocen igual de bien que yo que la palabra latina para ganado es pecus, y, nuestra moderna palabra pecuniario derivada de ella, es la prueba histórica, si alguna era necesaria, de la derivación del primer dinero.

Ahora bien, en ese simple arreglo hay un punto de inmensa importancia que ha de notarse, y éste es que el propietario de la riqueza, esto es, el propietario del ganado, realmente, literalmente, en verdad, hacía –no metafórica, sino realmente– hacía dinero representativo de su riqueza, en el mismo sentido en que un ferrocarril hace tickets, no en el sentido en que el moderno hombre de negocios «hace» dinero cuando dice que hace dinero. Ha pasado tanto tiempo desde que hiciera dinero, que probablemente haya olvidado que alguna vez lo dijo; pero cuando lo decía estaba equivocado: nunca hizo un céntimo en su vida. Si lo hubiera hecho, habría sido encarcelado por falsificación. Todo lo que él hacía era obtener el dinero que algún otro tenía; pero el hombre originario del que estoy hablando por el momento, el propietario del ganado, realmente hacía dinero. Hacía sus discos de cuero como propietario de la riqueza; esos discos eran vales de riqueza que existía, y el emisor de los vales y el propietario de la riqueza eran la misma persona.

Ahora bien –llevemos nuestras mentes atrás una considerable distancia a través de la Historia–, en los siglos XV y XVI, cuando Europa se desgarraba con varias clases de guerras, y los principales propietarios de riqueza eran los nobles feudales, una gran parte de su riqueza estaba en forma de vajilla de oro y plata. Ésta era hecha por gentes a las que se les llamaba orfebres, y, debido al supuesto gran valor de estos metales, los orfebres tenían muy buenas cajas fuertes en aquellos días para tomar depósitos, y llegó a ser el hábito de los nobles feudales, no solamente tener su vajilla de oro hecha por los orfebres, sino también depositarla o dejarla con los orfebres para mantenerla segura, y los orfebres daban un recibo por esta vajilla de oro, firmado en pergamino. Se convertía en una gran comodidad para el propietario de uno de estos recibos, en caso de que quisiera comprar, digamos, un pedazo de tierra –en lugar de sacar la vajilla de oro o las monedas de oro depositadas con los orfebres–, el entregar el recibo. En lugar de sacar realmente la riqueza, entregaba la llamada riqueza, y estos recibos firmados en pergamino por los orfebres fueron los antepasados en línea directa de vuestros modernos billetes bancarios.

En este punto algo ocurrió que no estaba presente en la concepción originaria del dinero en tanto que emitido por el propietario del ganado. El derecho de emitir dinero fue transferido desde el creador o el propietario de la riqueza hacia el custodio de la riqueza. No el hombre que producía riqueza, ni el hombre que la poseía, sino el hombre que la cuidaba, es el que emitía el recibo que, como digo, constituía el antepasado lineal de vuestro moderno billete bancario.

Ésta es una de las cosas que más han hecho época, si bien probablemente inadvertida hasta el tiempo presente, que haya tenido lugar en la Historia del mundo en los últimos dos o tres mil años; porque era la firma del orfebre sobre el recibo de pergamino lo que hacía que éste pasara de mano en mano –no el nombre del propietario de la riqueza–, de modo que este poder de crear dinero que es tan importante, pasó a un tercero que no era ni el propietario ni el creador de riqueza, sino simplemente su custodio.

No hay duda alguna de que en este punto algún orfebre deshonesto encontró que un gran número de sus clientes dejaban sus valores a su cuidado casi indefinidamente. Estaban más a salvo con él que en otra parte, quizás más incluso que en el castillo del propietario, de modo que había siempre una tremenda cantidad de riqueza bajo la custodia real de los orfebres que aparentemente nunca se sacaba. Nuestro orfebre deshonesto tuvo la brillante idea de emitir varios recibos por una sola pieza de riqueza, asumiendo que estos recibos no serían presentados todos al mismo tiempo. Era algo particularmente fácil allí donde solamente se habían depositado monedas de oro, pues, si por alguna casualidad, un propietario de riqueza preguntaba por sus coronas de oro, las obtendría, ya que no necesitaban ser las mismas coronas de oro que habían sido depositadas. Así pues, se encontró que era algo bastante seguro en líneas generales el emitir más recibos por riqueza que la riqueza que había sido depositada.

Ésta, sin duda alguna, fue la primera inflación, y, por supuesto, ella dio al orfebre el valor de todos los recibos en exceso respecto de aquéllos que sí representaban riqueza realmente depositada. Este proceso, habiendo comenzado indudablemente en fraude, se volvió tan común que se convirtió en convención entre los banqueros –que eran los descendientes de los orfebres– el hacer esto; y durante los últimos cientos de años siempre han tenido el hábito de emitir más recibos por riqueza que la riqueza real que estaba depositada con ellos. Actualmente es una convención bien conocida, no negada por los banqueros mismos, el que, por cada dólar de moneda legal que tengan, emitan nueve dólares de dinero crediticio que realmente crean ellos mismos; igual que el orfebre –no exactamente por el mismo proceso– creaba esos falsos recibos representativos de riqueza depositada que no estaba ahí. Ahora bien, ningún esquema de ese tipo tan obviamente fraudulento –en todo caso, en sus comienzos– podría haber continuado tanto tiempo como lo hizo –y de hecho lo hace hoy día–, si no hubiera servido a un propósito muy útil. En efecto, los recibos adicionales se pasaban como dinero, facilitaban el comercio, mantenían los bienes en movimiento, y constituían en todos los sentidos una ventaja, incluso para la población general. Eran de la mayor ventaja, por supuesto, para el banquero, pero también eran de gran ventaja para el público, pues le proveían de dinero.

Todavía le ocurrió una tercera cosa al sistema monetario. Hasta hace muy poco tiempo, prácticamente hasta el comienzo de la Guerra Europea, la convención era que, tanto un billete bancario como un cheque sobre un depósito (el cual era simplemente una orden a un orfebre de pagar un tanto a alguien, que es exactamente lo que se hacía en los viejos tiempos), ambas cosas, el billete o el cheque, supuestamente eran canjeables en cualquier momento en el banco por riqueza tangible: por soberanos de oro, de hecho.

La idea era que el banco era un custodio de una cierta cantidad de riqueza tangible, y que ésta podía sacarse por medio de, o bien un billete bancario que era pagadero a la vista, o bien un cheque, y la riqueza tangible real podía llevársela uno. Ésa era la convención.

Existe hoy día una idea presentada por el público –quien debiera estar mejor informado– de que la banca es ahora esa clase de cosas. No es nada de eso, como me propongo mostrarles a ustedes. Solía haber, por supuesto, un montón de quiebres bancarios, incluso en Gran Bretaña; y esos bancos quebraban porque la gente, de repente, decidía, todos a la vez, sacar las cosas para las cuales tenían órdenes contra el banco en forma de billetes o cheques, y, cuando todos intentaban sacarlas a la vez, se encontraban con que aquello que querían no estaba ahí.

Nunca estuvo ahí; nunca ha estado ahí durante al menos cien años. El banco nunca ha consistido, en los últimos cien años, en el mero reparto por un extremo del mostrador de aquello que se metía por el otro. Ningún banco jamás ha pagado un dividendo en los últimos cien años en base al proceso de simplemente prestar aquello que tomaba. No hay duda posible alguna en absoluto acerca de esto. A veces me pregunto por qué ciertos protagonistas –ciertos defensores– del actual sistema bancario continúan discutiendo sobre esta materia. No hay duda posible alguna acerca de ella.

Y desde la guerra, la convención de que tú pudieras obtener soberanos de oro a cambio de tu cheque o billete, no ha tenido siquiera un fundamento plausible. Todo lo que puedes obtener por un billete, es otro billete. No existe ya más obligación alguna de entregar nada más tangible que un papel impreso.

En resumen, la creación de dinero, realizada en otro tiempo por el productor de la riqueza, y después por el custodio de la riqueza –quien fraudulentamente emitía más papel que la riqueza que guardaba–, ha pasado a un conjunto de personas que, ni producen, ni poseen, ni guardan la riqueza, sino que son meramente contables.

(Continuará)

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