Las anteriores partes del discurso del Mayor Douglas pueden leerse aquí.
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La gran cosa a notar sobre esta situación, es que la creación de la riqueza –la verdadera creación de bienes y servicios que van a realizar un nivel de vida; aquello que marca la diferencia entre la inanición y el confort, y realiza todas aquellas cosas que llamamos civilización–, la verdadera realización de estas cosas es llevada a cabo por una organización; pero la realización del dinero, por el cual únicamente estas cosas pueden transferirse desde los productores de riqueza a aquéllos que desean consumirla, es llevada a cabo por una organización enteramente separada, no teniendo conexión real alguna con la producción de la riqueza en absoluto, ni siquiera como su custodio.
Ésta es exactamente la misma posición que si tú tuvieras un ferrocarril en el que un conjunto de personas estuvieran proporcionando trenes, material rodante, vías férreas, señalizaciones, y estaciones de tren –todo lo que de hecho, incluyendo tanto hombres como materiales, es necesario para hacer funcionar un ferrocarril–, y tuvieras una organización totalmente separada, no conectada fundamentalmente con el sistema de ferrocarril en absoluto, que tuviera el control de la taquilla y estuviera poniendo sus propios términos en relación con los tickets, y estuviera diciendo: «No nos importa cuántos asientos pueda haber en el tren; no nos importa cuánta gente quiera viajar en el tren. Alteraremos el número de tickets, los restringiremos, o haremos cualquier cosa que queramos con los tickets sólo para adaptar nuestra concepción de la mejor política desde nuestro punto de vista; y si vuestra población quiere viajar en esos trenes, aun cuando haya suficiente acomodamiento en esos trenes, bien, esto es sólo mala suerte suya. Ellos podrán o no podrán, de acuerdo con nuestra política». Esto no es una exageración, y no pretende ser siquiera una condenación de ninguna organización en particular. Es sólo una llana declaración de hecho de las condiciones que predominan hoy día. No estoy aquí ciertamente como un moralista; pero, como ingeniero, tengo una apreciación de la importancia de los cimientos. Encuentro increíble que una sociedad estable pueda persistir cimentada sobre el más colosal fraude lucrativo que se ha perpetrado jamás sobre la sociedad.
Una de las tragedias de este fraude sobre la sociedad es que el control del crédito y el control de la información en todas sus formas (educación, publicidad, etc.) son concéntricos e interdependientes, y es obvio que el principal uso que se hace por la jerarquía financiera de este control de la información es el de amoldar la opinión pública dentro de canales que reforzarán la autoridad usurpada e hipnotizan a comunidades enteras haciéndoles pedir aquello que no quieren. Un ejemplo común de esto es el de referirse al «problema del desempleo» cuando se alude a la consecución del ocio. Incluso he llegado a oír declarado que el objetivo propio de la maquinaria ahorradora de labor es la de incrementar el trabajo; pero no es necesario enfatizar que la idea en mente del inventor de un mecanismo ahorrador de labor es la de ahorrar labor, y, por tanto, conseguir ocio.
El mecanismo por el que la finanza moldea el pensamiento económico está bien ejemplificado en la London School of Economics. Sus cátedras fueron dotadas por Sir Ernest Cassel, en cuyo nombre se libró la Guerra de Egipto de 1882 con sus actuales repercusiones. Tan exitoso es este proceso hipnótico que, hasta donde yo puedo juzgar, una profunda formación académica en la llamada Economía, es casi un hándicap fatal para una aprehensión de sentido común del asunto. Sólo un brillante economista como el Sr. Hawtrey –con toda su formación ortodoxa, familiarizado con el pensamiento de otros brillantes economistas, e impregnado de la tradición del Tesoro (que es el Tweedledee del Tweedledum del Banco de Inglaterra)–, sugeriría, por ejemplo, que un país como Gran Bretaña, con una Deuda Nacional de £ 8.000 millones (que está incrementándose diariamente), por término medio ha pagado, y está pagando, por lo que producía.
Si yo lograra vivir incrementando la hipoteca sobre mi casa, me parecería un abuso del lenguaje decir que estoy pagándome yo mismo mis gastos. Podría añadir que, a pesar de sus pesados hándicaps, ¡percibo signos de que el Sr. Hawtrey se unirá a otros economistas que se están volviendo, y se han vuelto, realistas! Tuvo la suma bondad de enviarme una copia anticipada de sus observaciones, que he leído con interés. No me propongo tratarlas en detalle aquí porque no considero esta ocasión como un debate, sino como una invitación para enunciar mis opiniones. Si él lo deseara, no obstante, veré que sus objeciones, que no son nuevas, sean respondidas de nuevo categóricamente.
El núcleo de la acusación técnica realizada por nosotros contra el sistema financiera actual, es que los precios contienen elementos no representados por dinero en ninguna parte, y que estos elementos no monetizados están representados por deuda, que se está incrementando, y que no puede ser liquidada. El Sr. Hawtrey no ha lidiado, en mi opinión, con este núcleo de nuestro cargo, y, como es un hecho patente, posiblemente no pueda lidiar con él. Es a partir de ese hecho de donde surgen los mayores males de la civilización, incluida la guerra.
La técnica del Crédito Social es simplemente un método de lidiar con los defectos desvelados por el análisis. Creo que es lógica, sana y práctica, pero estoy dispuesto a descartarla mañana mismo en favor de cualquier cosa que se base en la admisión del análisis, y que consiga una efectiva distribución y, al mismo tiempo, una liberación de reglamentación.
Para aquéllos que deseen proseguir con la materia en los detalles técnicos, hay disponible ahora una amplia bibliografía, y, en mi opinión, el asunto se prosigue mejor de esta manera. Los principios que envuelve son simplemente, (a) que la provisión ha de realizarse para la adquisición de todos los bienes de consumo al ritmo en que son producidos; (b) que las deudas creadas por la inevitable creación de activos de capital (que el Sr. Hawtrey llama activos fijos), han de ser distribuidas, y no ser anexionadas por un sistema bancario depredador, proveyendo así a la población de la seguridad económica que se han ganado, y aboliendo «la lucha por los mercados».
Si afirmamos hipócritamente que el sistema de empleo es un sistema moral, y que al hombre ha de mantenérsele trabajando, en lugar de que elija trabajo, estamos sellando la perdición de nuestra civilización.
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