Comentarios sobre el «entrismo» (II): hijos de Maquiavelo

SU ERROR CONSISTE EN IDENTIFICAR EL FIN −EL BIEN COMÚN− COMO SI FUESE EL RESULTADO DE LA SUMA DE BIENES POSIBLES, CUANDO EN REALIDAD DICHO FIN ES LA META QUE ORDENA LOS MEDIOS CONVENIENTES PARA SU CONSECUCIÓN

«No acuden [los católicos] ni deben acudir a la vida política para aprobar lo que actualmente puede haber de censurable en las instituciones políticas del Estado, sino para hacer que estas mismas instituciones se pongan, en lo posible, al servicio sincero y verdadero del bien público, procurando infundir en todas las venas del Estado, como savia y sangre vigorosa, la eficaz influencia de la religión católica» (León XIII, Immortale Dei, nº 22).

Se expuso que los entristas se diferencian de los tradicionalistas en el modo en que consienten el sistema demoliberal. Los entristas lo aceptan para obrar eficientemente en él y conseguir bienes posibles, en detrimento de los bienes considerados por ellos como imposibles, entre los cuales está el cambio de la forma de gobierno, de uno revolucionario por uno legítimo y conforme el orden natural, buscado esto por los tradicionalistas.

Esta búsqueda del bien posible en cuanto posible, conlleva dar primacía a lo pragmático, relegando lo especulativo –la teoría, el conocimiento de las causas y la naturaleza de las cosas- a un segundo lugar o a una mera herramienta al servicio de la utilidad.

Se podría afirmar lo siguiente: los bienes posibles se logran con mayor seguridad aceptando los principios y las reglas de la política moderna, en cambio los bienes imposibles solo quedan en especulaciones «irreales», luego, debemos concentrarnos en conseguir solo los bienes posibles por ser más realistas.

Antes de responder a lo anterior, es necesario tener en cuenta que el pragmatismo político recibe principalmente la influencia de Maquiavelo, ya que él mismo criticó a los que veían en la política un obrar conforme a la moral o al deber ser, diciendo que «muchos imaginaron repúblicas y principados que no se vieron ni existieron nunca» (Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, cap. XV) y que dar mayor importancia al deber ser conllevaría un desprecio al arte político basado en la conquista y conservación del poder, llevando al político más a «obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella», por lo que el «príncipe que en todo quiere hacer profesión de ser bueno, cuando en el hecho está rodeado de gentes que no lo son, no puede menos de caminar hacia su ruina. Es, pues, necesario que un príncipe que desea mantenerse, aprenda a poder no ser bueno, y a servirse o no servirse de esta facultad, según que las circunstancias lo exijan».

La crítica de Maquiavelo proviene de su «realismo» empirista, el cual lo lleva a despreciar el conocimiento filosófico y el deber moral en pos de un conocimiento exclusivo de los hechos: «Siendo mi fin escribir una cosa útil para quien la comprende, he tenido por más conducente seguir la verdad real de la materia que los desvaríos de la imaginación».

Se ha de aclarar que el entrista «católico» no desprecia necesariamente el conocimiento filosófico de la política, sino que pasa de ella por ser inútil e impracticable. Es por esto que, aunque alaba los buenos deseos de moralizar la política, no cree que en el aquí y ahora sea posible y eficaz para el accionar político.

Esta postura ha asumido por resignación la separación entre política y moral, desnaturalizando a la misma política, la cual al ser un obrar humano, y por lo tanto racional, necesariamente ha de ser moral con la aclaración correspondiente, en palabras de Juan Fernando Segovia en su artículo «Ética y Política (y Ética Política)» (2013), quien afirma que «la moral política no es una simple extensión de las normas morales a la política sino una dimensión de la vida moral (la dimensión política) especificada por el fin: el bien de una comunidad a la que llamamos política».

De este modo, la política no se reduce a la moral, sino que la política se subordina a ella manteniendo su independencia por el fin: «la moral, a la perfección personal, al bien de la persona humana; y la política, al logro del bien común, es decir, a la perfección comunitaria» (Segovia, Juan Fernando. 2013).

Esta influencia de Maquiavelo de separar completamente la política de la moral implica otorgarle una autonomía que la exime de la moral. El político moderno, de este modo, no tendrá en cuenta la moralidad de su obrar político −si es justo o injusto o si busca el bien común legítimamente o no−, porque esta autonomía de la política le da el privilegio de relativizar o justificar la responsabilidad de sus actos que, por ser considerados como acciones ordenadas a la política, puede aceptar sin escrúpulos la complicidad o la realización de acciones que podrían ser consideradas inmorales.

En este sentido, Maquiavelo al considerar las acciones inmorales de la política del rey Filipo de Macedonia afirmaba: «Son estos medios cruelísimos, no sólo anticristianos, sino inhumanos; todos deben evitarlos, prefiriendo la vida de ciudadano a no ser rey a costa de tanta destrucción de hombres: Quien no quiera seguir este buen camino [del simple ciudadano] y desee conservar la dominación [el gobierno], necesita ejecutar dichas maldades» (Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, cap. XXVI).

Por esto, el entrista al amoldarse a las reglas de la política moderna y buscar a toda costa la eficacia y el logro del bien posible, se olvida del orden que deben asumir estos bienes, no solo en cuanto deben ordenarse al bien común, sino también en tanto ese orden debe manifestarse en la moralidad del obrar político.

En consecuencia, aunque el fin del entrista sea relativamente bueno en cuanto busca bienes posibles, descuida el orden al que debe subordinarlos para que la obtención de esos bienes sea a través de medios lícitos conformes al orden moral. También puede suceder que el político consiga bienes posibles a través de medios lícitos, pero, al mismo tiempo no estén ordenados al bien común, corrompiendo y utilizándolos para alcanzar un fin ilegítimo (por ejemplo: buscar el bien de un solo sector social, favorecer el interés particular de un partido o de una asociación, justificar teóricamente y consolidar en la práctica el sistema revolucionario).

Entonces, con respecto a la cuestión inicial ¿Es conveniente aceptar las reglas de la política moderna para concentrarnos en la obtención de bienes posibles por ser más realistas a diferencia de los bienes imposibles los cuales al ser meras especulaciones, son irreales e imaginarios?.

Para responder esto se debe comprender que la política no se basa en buscar bienes posibles en cuanto posibles, sino en cuanto se ordenan al bien común, es decir, «el bien de todo hombre en cuanto hombre, y por tanto, común a todos los hombres» (Castellano Danilo, Introducción a la Filosofía de la Política, Marcial Pons, p. 73), en otras palabras, la política se dirige a la vida virtuosa de los miembros de la sociedad, por la cual se conserva y se enriquece el bien común de la sociedad política, y a través de esto, alcanzar la felicidad de los ciudadanos. Teniendo en cuenta que la felicidad del hombre no está en esta vida terrena, sino en Dios, el obrar político del católico ha de tener en cuenta un bien común que esté abierto a la trascendencia, evitando el error del naturalismo: «le toca al oficio del Rey procurar la buena vida de sus súbditos por los medios que más convengan, para que alcancen la celestial bienaventuranza» (Santo Tomás de Aquino, Del Gobierno de los Príncipes, I, XV).

Un entrista podría decir: «esto es un bien imposible en estas circunstancias».  Esta afirmación proviene de su confusión sobre lo que es el fin de la política. Su error consiste en identificar el fin −el bien común− como si fuese el resultado de la suma de bienes posibles, cuando en realidad dicho fin es la meta que ordena los medios convenientes para su consecución.

Se entiende ahora por qué, en los hechos, esta postura confunde al bien común con, por ejemplo, el bien del partido, que en cuanto bien puede beneficiar relativamente a la sociedad, pero que en absoluto, beneficia al partido y a la consolidación del régimen revolucionario, el cual al ser una forma de gobierno fundamentada en falsos principios ideológicos, no se dirige por sí mismo al bien común.

En conclusión, este modo de entender el arte político, se lo puede identificar con la misma práctica condenada por San Pio X a los sillonistas:

«No hay verdadera civilización sin la civilización moral, y no hay verdadera civilización moral sin la verdadera religión. Esta es una verdad demostrada, un hecho histórico. Y los nuevos sillonistas no podrán pretextar que ellos trabajarán solamente “en el terreno de las realidades prácticas”, en el que la diversidad de creencias no importa. (…) porque las realizaciones prácticas revisten el carácter de las convicciones religiosas, de la misma manera que los miembros de un cuerpo hasta en sus últimas extremidades reciben su forma del principio vital que los anima» (Notre Charge Apostolique, nº 36).

Rubén Pérez Gatica

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta