Puede leerse la primera parte del artículo aquí.
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Pero dejemos que sea el «católico»-liberal conservador Menéndez Pelayo, muy acertado en sus reflexiones sobre este punto, el que nos ratifique esa común propiedad «inquisitorial» que existe entre el verdadero católico y los sectarios de otras «religiones» falsas o ideologías, en tanto que propiedad que brota naturalmente de la misma condición humana. En el Tomo II (1880) de su Historia de los Heterodoxos Españoles, en la sección III del Epílogo con que finaliza el Libro V, en la que aborda la institución de la Santa Inquisición española y su supuesta opresión del saber, comienza comentando el polígrafo montañés: «Ley forzosa del entendimiento humano en estado de salud es la intolerancia. Impónese la verdad con fuerza apodíctica a la inteligencia, y todo el que posee o cree poseer la verdad, trata de derramarla, de imponerla a los demás hombres, y de apartar las nieblas del error que les ofuscan. Y sucede, por la oculta relación y armonía que Dios puso entre nuestras facultades, que a esta intolerancia fatal del entendimiento sigue la intolerancia de la voluntad, y cuando ésta es firme y entera, y no se ha extinguido o marchitado el aliento viril en los pueblos, éstos combaten por una idea, a la vez que con las armas del razonamiento y de la lógica, con la espada y con la hoguera» (p. 689).
«¿Cuándo fue tolerante –pregunta unas líneas más adelante– quien abrazó con firmeza y amor, y convirtió en ideal de su vida, como ahora se dice, un sistema religioso, político, filosófico, y hasta literario? Dicen que la tolerancia es virtud de ahora: respondan de lo contrario los horrores que cercan siempre a la Revolución moderna. Hasta las turbas demagógicas tienen el fanatismo y la intolerancia de la impiedad, porque la duda y el espíritu escéptico pueden ser un estado patológico más o menos elegante, pero reducido a escaso número de personas: jamás entrarán en el ánimo de las muchedumbres. […] la naturaleza humana es y ha sido y enteramente será, por sus condiciones psicológicas, intolerante» (ibid.).
Menéndez Pelayo contrasta los bienes que primaban en el Antiguo Régimen fundado en la Religión verdadera, con los valores que prevalecen en el nuevo «orden político» masónico basado en el dogma de la nuda y simple voluntad general de los hombres: «la cuestión para los católicos –remarca D. Marcelino– es más honda, aunque parece imposible que tal cuestión exista. El que admite que la herejía es crimen gravísimo, y pecado que clama al cielo y que compromete la existencia de la sociedad civil; el que rechaza el principio de la tolerancia dogmática, es decir, de la indiferencia entre la verdad y el error, tiene que aceptar forzosamente la punición espiritual y temporal de los herejes, tiene que aceptar la Inquisición. Ante todo hay que ser lógicos […]. ¿Ni cómo habían de sufrirlo [el organismo de la Santa Inquisición] los oídos de estos tiempos, que, no obstante, oyen sin escándalo ni sorpresa las leyes [sic] de estado de sitio y de consejos de guerra? ¿Cómo persuadir a nadie de que es mayor delito desgarrar el Cuerpo Místico de la Iglesia, y levantarse contra la primera y capital de las leyes de un país, su unidad religiosa, que alzar barricadas y partidas contra tal o cual gobierno constituido? […] Para el economista ateo será siempre mayor criminal el contrabandista que el hereje. ¿Cómo hacer entrar en tales cabezas el espíritu de vida y de fervor que animaba a la España inquisitorial? ¿Cómo hacerles entender aquella doctrina de Santo Tomás: “Es más grave corromper la fe, vida del alma, que alterar el valor de la moneda con que se provee al sustento del cuerpo” [S. Th. II-II, q. 11, a. 3]?» (pp. 689-690).
Y acaba concluyendo el Catedrático santanderino: «Desde las leyes del Código Teodosiano hasta ahora, a ningún legislador se le ocurrió la absurda idea de considerar las herejías como meras disputas de teólogos ociosos, que podían dejarse sin represión ni castigo, porque en nada alteraban la paz del Estado. Pues qué, ¿hay algún sistema religioso que en su organismo y en sus consecuencias no se enlace con cuestiones políticas y sociales? El matrimonio y la constitución de la familia, el origen de la sociedad y del poder, ¿no son materias que interesan igualmente al teólogo, al moralista y al político? […] Nunca se ataca el edificio religioso sin que tiemble y se cuartee el edificio social. ¡Qué ajenos estaban de pensar los reyes [europeos] del siglo pasado, cuando favorecían el desarrollo de las ideas enciclopedistas, y expulsaban a los Jesuitas, y atribulaban a la Iglesia, que la Revolución, por ellos neciamente fomentada, había de hundir sus Tronos en el polvo!» (pp. 690-691).
En definitiva, la militancia de los revolucionarios contra los fines y procedimientos católicos de la institución del Santo Tribunal de la Inquisición, no proviene de un rechazo global a toda confesión y herramienta inquisitorial (aunque así lo manifiesten falazmente de manera constante), sino de la profesión concomitante de una falsa «religión» o ideología, que conlleva necesariamente –cuando sus adeptos se hacen con el Poder– la promoción de instrumentos inquisitoriales alternativos, con objetivos y métodos anticatólicos, que la respalden socialmente y coadyuven a eliminar toda genuina (léase, católico-carlista) oposición.
Félix M.ª Martín Antoniano
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