Septiembre fue el mes del departamento de Santa Cruz en Bolivia y los cruceños tenemos muchos motivos para sentirnos felices de ser tales. Gozamos de cosas bellas en esta tierra bendecida: fe, progreso, paisajes, hospitalidad… pero nunca debemos olvidarnos de la autocrítica, que sanamente orientada nos puede llevar a ser mejores. Como decía Nuestro Señor, «vigilad y orad para no caer en tentación» (Mt 26, 41), pues es necesario mantenernos alertas para que no nos absorba la soberbia y permanezcamos en la humildad.
Del 19 al 28 de septiembre, se realizó la Feria Exposición de Santa Cruz (Expocruz), evento comercial que reúne a muchos empresarios, inversionistas y visitantes interesados en conocer las novedades de la industria en el oriente boliviano. Lleva realizándose desde 1962 y reporta gran concurrencia cada año, pues familias enteras van para disfrutar de las atracciones en los puestos de diversas empresas grandes, medianas o pequeñas. Entre los varios atractivos de la Expocruz, se encuentra uno muy lamentable: sus «chutas», o más propiamente, «semichutas», que son modelos o azafatas incorporadas en el puesto de cada negocio para atraer visitantes.
«Chuta» es el femenino de «chuto» y tiene varios significados en Bolivia: corto, carente de algo, o más propiamente en la zona camba tropical del país, desnudo(a). Y precisamente, uno de los aspectos que más se destaca de Santa Cruz o el oriente boliviano en general, en la jerga popular, es el atractivo de sus mujeres. Son muy populares las modelos cruceñas, que frecuentemente posan semidesnudas ante la cámara y que vienen promocionando al oriente como destino turístico desde la década de 2000.
Si bien el fenómeno de la inmodestia obstinada no es propiamente cruceño ni boliviano, sino mundial, en Santa Cruz cobra un arraigo particular, pues parece que, desde las columnas de los periódicos, ninguna figura pública —seglar o eclesiástica— se atreve a cuestionar dicha práctica, que ya parece parte de nuestra identidad camba. He ahí el porqué de la redacción de estos párrafos, que seguramente causarán disgusto a más de un cruceño obsesionado con la idea de que Santa Cruz es perfecta, y que si alguien le critica algo, ha de ser un «colla resentido» (andino, occidental boliviano).
Una de las cosas que tanto nos hace falta criticar en Santa Cruz es la indecencia de nuestras mujeres. Y para que no lleguen las lenguas venenosas de siempre a atacar estas líneas rencorosamente, cabe aclarar que esa indecencia no es solamente culpa de las mujeres, sino de los mismos hombres que permiten, favorecen y apoyan con entusiasmo esa forma de vestir y de comportarse en ellas. Digo vestir y comportarse, porque la modestia no es solo cuestión de apariencias, pues hay mujeres que se visten bien, pero que por dentro son unas harpías odiosas: la modestia es también, y sobre todo, una cuestión interior, porque la boca habla de lo que está lleno el corazón (Lc 6, 45).
Creo que el rechazo a la indecencia femenina no es solo una cuestión de moral católica, sino más bien de moral natural. Cualquier persona con dos dedos de frente, y sin el venenito liberal —que por desgracia padecemos muchos en nuestra época— debería darse cuenta de lo perjudicial que es para la sociedad que se promuevan y alienten estas cosas. Cualquier ateo, protestante, budista o musulmán que acepte el orden natural debería cuestionarse la necesidad de ese uso comercial del cuerpo de la mujer.
Y no, no hace falta ser feminista para cuestionar semejante barbarie. Si las feministas de ayer criticaban los concursos de belleza, tenían razón en el diagnóstico, aunque erraban en la receta. Lo cierto es que el uso y abuso del cuerpo de la mujer para atraer clientes a un puesto o caseta empresarial tiene fines comerciales que no contemplan lo suficiente, por lo menos, el decoro que debería tener la vestimenta femenina en tal contexto.
En el caso concreto de la Expocruz, una de las cosas más lamentables es la abundancia de estas mujeres ahí. Inclusive, suele suceder que tanto señoritas como caballeros, de edad avanzada o infantil, acuden al evento con el entusiasmo de tomarse fotografías con ellas. Tal vez la conciencia de muchos, ya ganada por el liberalismo, no los atormenta por eso, lo cual les permite ver el hecho con normalidad y hasta con jolgorio y motivo de virtud. Sin embargo, dicha práctica resulta problemática para quienes intentamos ser coherentes con nuestra fe cristiana; y si no con la fe, por lo menos con la moral natural. (Continuará)
A. Mariscal, Círculo Tradicionalista San Juan Bautista.
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