Alguna vez, cuando yo trabajaba en cierta empresa, tuvimos que ir con una colega a una fábrica para promocionar a las candidatas de Miss Universo y divulgar el hecho de ellas visitaban esa empresa. Mi colega se tomaba fotografías con ellas entusiasmadamente, y cuando yo me negué a hacerlo, me preguntó: «¿Te pega la novia?».
¡Tremenda reacción! Hasta ese punto ha llegado el enceguecimiento con esta práctica de sacarse fotos con las chutas. Se ha vuelto tan normal, sobre todo en los varones, mostrarse al lado de mujeres indecentes, que a quien no quiera seguir la corriente, se lo acusa de ser un tipo «dominado por la corteja» (así le decimos a la novia en el oriente boliviano). Estoy convencido de que, tenga o no tenga pareja, un varón decente no tiene ninguna necesidad de mostrarse rodeado de mujeres atractivas solo porque sí. Mujeres virtuosas hay muchas y se puede interactuar con ellas de maneras apropiadas, pero mostrarse como imán de hembras o cazador de yeguas en fotografías es fruto de una mentalidad bárbara.
A todo esto, ¿y qué propongo? Fácil es criticar, dirán algunos y difícil proponer. ¡Por supuesto que es difícil! ¿Cómo no va a ser difícil ser cristiano en este siglo XXI, donde el anticristianismo ha cooptado nuestras instituciones civiles, culturales y hasta eclesiásticas? ¿Cómo no va a ser difícil proponer soluciones en un mundo que no acepta críticas al sistema, sino meros parches y ayudas superficiales a sus problemas para seguir tranquilo con la pachanga del pecado?
No, no hace falta imponer la sharía islámica y vestir a nuestras mujeres como bultos fantasmagóricos para agradar a Dios: basta con tener un criterio mínimo de decencia para favorecer la castidad. Porque al final, de eso se trata este asunto: de fomentar la virtud y disminuir el vicio. Hasta los antiguos paganos, con cierto grado importante de sabiduría, entendían que el bien de la república está en fomentar la virtud, y no puede ser virtuoso aquello que atente contra la naturaleza humana y que debilite la castidad.
La excesiva exposición a los cuerpos en forma libidinosa, sobre todo desde la Revolución Sexual en la década de 1960, ha provocado terribles consecuencias en la psicología masculina y femenina. Si no, pregúntese usted: ¿por qué hay cada vez más concubinatos, divorcios, suicidios «por amor», violaciones y excesos de confianza entre varón y mujer? ¡Porque se ataca ferozmente la castidad, virtud tan importante en el ser humano! Y una de las muchas maneras en que se ataca la castidad, es utilizando comercialmente el cuerpo de la mujer, no solo mediante la prostitución o el asqueroso OnlyFans, sino también mediante las modelos de la Expocruz y de cualquier otra feria empresarial: sea en Cochabamba, en La Paz, en Europa o en la China.
Si queremos soluciones parciales, podemos empezar por divulgar más opiniones parecidas a esta, por lo menos para encender la chispa de la duda y que el hombre posmoderno de la caverna de Platón salga de su comodidad, preguntándose por ciertas cosas por las que se le ha prohibido preguntarse. También podemos, con la abundancia de internet, salir de nuestra comodidad y nuestra flojera e investigar por qué motivos es mala la vestimenta —y la actitud— indecente. Me causa gracia cómo en pleno siglo XXI, con una humanidad que se vanagloria de ser superior a todas las anteriores generaciones por su acceso a la tecnología, haya tan poca voluntad para cuestionarse más las cosas, y mucha gente prefiera «informarse» de la realidad por los canales oficiales de las instituciones dominantes del sistema, que nos imponen su ideología hegemónica y castigan a quien se atreve a ponerlas en duda.
Pero si queremos soluciones más profundas, podemos empezar por estudiar y divulgar la carta encíclica Quas primas de Pío XI, que tiene la clave para el éxito de la civilización: instaurarlo todo en Cristo. La infinita sabiduría de la ley divina es la única solución para permear de virtud todas nuestras instituciones y solucionar no solo la inmodestia, sino también todos los otros males de los que adolecemos. Pero mientras el mundo posmoderno siga burlándose de la religión —y del iusnaturalismo— como fantasía de siglos pasados, y adorando ciegamente sus propias fantasías de progreso, no vamos a progresar verdaderamente.
Que viva la cruceñidad y la cultura camba, pero que muera toda mala costumbre de la que debemos desarraigarnos los cambas y cruceños. ¡Muerte al pecado y gloria a la virtud!
A. Mariscal, Círculo Tradicionalista San Juan Bautista
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