Propaganda

Importa poco que la Prensa liberal, obedeciendo a una inocente consigna, quiera envolver en la conspiración del silencio nuestra propagada; porque esto mismo, que revela el mutismo que suele acompañar muchas veces al miedo, es ya en sí mismo un género de propaganda eficaz

Juan Vázquez de Mella

Reproducimos a continuación un artículo que Juan Vázquez de Mella publicó en El Correo Español, núm. 1.784, 18 de agosto de 1894.

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Difundamos la luz. Que nuestra palabra llegue a todos los oídos y nuestras ideas a todas las almas. Conquistemos los espíritus, que ellos mueven los brazos, nos repite la sombra de Aparisi, trazando en una sola frase un plan completo de combate.

La muchedumbre nacional, como tierra seca y caldeada por fuego inclemente, espera con ansia la lluvia benéfica que ha de difundir gérmenes de savia por el suelo que luego cubrirá de verdores y lozanías una vegetación opulenta.

Hay dudas en los entendimientos, incertidumbres en las voluntades, en los corazones tristezas y enervamiento en los brazos.

Esta es la hora de las afirmaciones resueltas y varoniles. Lancémonos, pues, a esta batalla, que es precursora de otras luchas fragorosas, pero con aquella disposición de espíritu que expresaba el mismo Aparisi con estas palabras de espartana elocuencia: «El que tenga soberbia, que la ahogue; el que tenga temor, que le desprecie; el que tenga amor propio, que le pise».

Fuera del Parlamento, que oprime la palabra con reglamentos que ponen en los labios enemigos la mordaza; a la luz del sol, en las plazas y en los campos, en el recinto de los salones o bajo las bóvedas de los teatros, resuene vibrante y enérgica la voz como clarín guerrero que congrega las huestes dispersas para apercibirlas a la batalla y lanzarlas al asalto de la fortaleza adversa.

¡Propaganda! ¡Que los espesos velos que ha ido tejiendo la araña del error y la ignorancia sobre tantos espíritus generosos se rasguen para substituir con claridades las sombras! ¡Ah! El día en que esta bandera nuestra, no suplantada por falsos emblemas, ondee en los aires, reflejando en sus pliegues la lumbre del cielo, ¡cómo se levantará en el alma popular, a manera de ola de fuego, ardiente raudal de inextinguibles amores!

Importa poco que la Prensa liberal, obedeciendo a una inocente consigna, quiera envolver en la conspiración del silencio nuestra propagada; porque esto mismo, que revela el mutismo que suele acompañar muchas veces al miedo, es ya en sí mismo un género de propaganda eficaz, que los pueblos que han presenciado las manifestaciones carlistas traducen como una gran falta de sinceridad que nos favorece o como un síntoma patente de cauteloso temor.

Cuarteado el edifico liberal, quebrantada su techumbre, agrietados sus muros, vacilante el mismo suelo que sustenta los sillares en que se cimentaba la fábrica orgullosa, la tarea de la propaganda es cada vez más fácil, porque nuestros artículos y discursos tienen, al referirse al adversario, mucho de oración fúnebre, y de oda vehemente e himno entusiasta al mirar el porvenir de nuestra causa.

La corriente regionalista que, como una brisa celeste, trae, a las almas oprimidas en la cárcel de una burocracia tiránica, fragancias de libertad popular que las fortalecen y reaniman; la reacción religiosa, que empuja los corazones al Calvario y, sobre las degradaciones de la impiedad, está próxima a repetir el canto de victoria de los mártires al salir sublimados de las Catacumbas, y la misma necesidad de enaltecer la autoridad y darle fuerza para que mantenga el orden amenazado por la anarquía, son otros tantos signos de los tiempos que nos arrastran al triunfo; pues, a manera de raudales abundantes, se juntan en la vertiente de la montaña para bajar con el estrépito del torrente, ensordeciendo los ecos de la campiña con el rumor de sus aguas, semejante a los alaridos de júbilo que lanza un ejército victorioso, al inundar el valle y avasallar la llanura.

Todo nos sonríe; pero es preciso que la mies madure y llegue a su término y sazón; y para eso es necesario que se levante en todas partes nuestra enseña, que se nos oiga se nos vea, y, realizando con el auxilio de lo alto en política el milagro de la piscina de Siloé, demos vista a tantos ciegos que aún se empeñan con tenaz obcecación en no ver la luz. Decíamos hace poco: «Lo por venir es nuestro».

Ahora añadimos: El único enemigo que puede retardar el triunfo de nuestra causa somos nosotros, si no sacamos partido de las circunstancias y nos dormimos en letargo criminal.

Cruzarse de brazos es en ocasiones un rasgo de prudencia. Caminar lentamente cediendo la palabra al tiempo es prueba muchas veces de sabiduría. Trabajar, trabajar sin descanso, febrilmente, como si oyéramos en nuestro interior una voz imperiosa que nos gritase: «¡Aprisa! ¡más todavía!», y no rendirse a la fatiga y renegar de la indiferencia como si tuviésemos delante de los ojos el ángel de la esperanza abriéndonos dilatados horizontes con sus alas; ése es nuestro deber.

Cumplámosle con resolución, y todo lo demás se nos dará por añadidura.

Juan Vázquez de Mella. 

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