I. Proemio
Un hombre moderno me dijo una vez que la verdad es lo que cada uno cree. Yo le respondí que en ese caso mi verdad era que él estaba equivocado, y su verdad era que yo tenía razón. Nos quedamos mirándonos, satisfechos, porque al fin habíamos encontrado un sistema en que nadie podía equivocarse… salvo el sistema mismo.
Hablar de la verdad sin Dios es como discutir sobre relojes negando el tiempo. El resultado siempre es pintoresco, nunca exacto. El mundo actual lo intenta con entusiasmo: predica la ciencia como dogma, pero olvida que sin un Dios racional no hay razón para que la ciencia sea racional; predica la libertad como absoluto, pero convierte la libertad en un nuevo despotismo. En realidad, arrancar la verdad de Dios es como cortar una flor para hacerla eterna: se marchita en las manos.
II. Dios, fundamento de toda verdad
La verdad es la adecuación del intelecto a la realidad. Pero ¿qué sostiene la realidad? Imaginemos a un arquitecto que decide construir un rascacielos sin reconocer la existencia de la gravedad. Puede que ponga muchas vigas, pero el edificio terminará en el suelo, junto con él. Así obra quien niega a Dios: usa la razón, pero rechaza el cimiento que la sostiene.
Si el universo fuese puro azar, nuestros juicios serían un accidente más. Creer en la verdad sin Dios es como creer en el ajedrez sin tablero: hay piezas, pero flotan en el aire. La existencia misma de la verdad es el primer argumento de Dios, porque solo un Ser absoluto puede garantizar que lo verdadero no se disuelva en opinión.
III. Dios, medida de la inteligencia humana
El hombre es explorador, no creador. Descubre teoremas como quien encuentra continentes, y reconoce el bien como quien se topa con la luz del sol. Pretender que inventa la verdad es como decir que Colón fabricó América al desembarcar.
La inteligencia humana es limitada, pero participa de la inteligencia divina. Negar a Dios convierte al pensamiento en un espejo sin objeto: el hombre termina enamorado de su reflejo, como un Narciso metafísico. Y, como Narciso, muere de sed junto a la fuente.
IV. La historia como testimonio del Dios verdadero
El hombre siempre ha levantado altares, incluso cuando adoraba piedras o estrellas. El ateísmo radical es tan contra natura como un pez que se jacta de no necesitar agua. Y la historia lo sabe: no existe civilización sin religión, pero sí ruinas donde los hombres han intentado vivir sin Dios.
Cristo rompe la lógica de todas las búsquedas: no dice «he encontrado la verdad», sino «Yo soy la Verdad». Fue el único maestro que, en lugar de dibujar un mapa, se convirtió en el camino. Negar este hecho es como explicar Roma sin legiones o Grecia sin filósofos: un absurdo monumental.
V. El error ante Dios y la verdad
Los errores modernos son como comedias que terminan en tragedia. El relativista asegura que todas las opiniones valen lo mismo, salvo la que afirma que hay una verdad. El nihilista dice que nada tiene sentido, pero redacta libros para probarlo. El ateo proclama que la razón lo explica todo, mientras niega la razón de la razón.
El atractivo de estas doctrinas está en la misma serpiente que habló en el Edén: «seréis como dioses». Y, como entonces, el fruto promete libertad y entrega cadenas. El error es un caramelo envenenado: sabe dulce, pero mata.
VI. El lenguaje y la palabra divina
El lenguaje dice la verdad porque al principio habló la Palabra eterna. Sin ese Verbo creador, nuestras palabras serían solo ruidos que se pierden en el viento.
Hoy, sin embargo, vivimos en un carnaval de eufemismos:
- se llama «salud» a la destrucción de la vida,
- «progreso» a la decadencia,
- «libertad» a la servidumbre de las pasiones.
Es como si un ladrón entrara en casa y en lugar de robar los muebles cambiara las etiquetas: «silla» por «mesa», «puerta» por «pared». Al cabo de un rato, uno se rompe la nariz buscando la salida. Defender el lenguaje es defender la realidad, porque cada palabra verdadera es un recuerdo del Verbo divino.
VII. Dios, cumplimiento de la verdad humana
El hombre busca la verdad porque, en lo más hondo, busca a Dios. Todas las ciencias, todas las preguntas, todos los caminos acaban en un horizonte absoluto. Quien niega a Dios termina negando la verdad, y quien niega la verdad termina negándose a sí mismo.
La fe no es una sustitución de la razón, sino su coronación. La razón ofrece las huellas, la fe encuentra al caminante. Y en Cristo, la verdad se convierte en un rostro, no en una fórmula. El filósofo propone mapas; el carpintero de Nazaret se atrevió a decir: «Yo soy el camino».
VIII. Conclusión
Dios y la verdad son inseparables. Quien busca una, aunque lo ignore, busca al otro. Quien niega a Dios, destruye la verdad y termina construyendo su vida sobre arena.
El mundo moderno puede seguir entreteniéndose con sofismas y paradojas falsas. Pero al final, cuando caigan los decorados, solo quedará lo verdadero. Y lo verdadero tiene nombre y rostro: Dios.
Óscar Méndez
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