Dicen algunos que hay un pasaje bíblico en el que Nuestro Señor condenó la monarquía como forma de gobierno (1 Sm. VIII, 4-8):
«Por lo que juntándose todos los ancianos de Israel, vinieron a Samuel a Ramatha. Y dixéronle: bien ves que tú eres ya viejo, y que tus hijos no andan en tus caminos; establécenos un rey que nos juzgue, como lo tienen también todas las naciones. Desagradó a Samuel este razonamiento, porque habían dicho: danos un rey, que nos juzgue. Y Samuel hizo oración al Señor. Y el Señor dixo a Samuel: oye la voz del pueblo en todo lo que te dicen; porque no te han desechado a ti, sino a mí, para que no reyne sobre ellos.»
Para esclarecer el punto acudimos a cuatro comentarios bíblicos diferentes: dos de reputada orientación tradicional (el del P. Felipe Scío de San Miguel y el del P. Juan Straubinger) y dos de inclinación más bien moderna (el del P. Luis Alonso Shökel y el que puede leerse en la Biblia de Latinoamérica, que según algunos es incluso proclive a la «Teología de la Liberación»). Y lo que hemos hallado es muy interesante.
Los cuatro comentarios, a pesar de la distinta orientación de sus autores, coinciden en lo fundamental. La monarquía se encontraba entre las promesas hechas a Abraham (Gn. XVII, 6; de nuevo en XVII, 16) y a Jacob (Gn. XXXV, 11), como también Moisés la había profetizado (Dt. XVII, 14-20). El pecado de los judíos, según los cuatro comentaristas, no había consistido en preferir la monarquía como forma de gobierno, sino en querer adelantar el momento que para su establecimiento había previsto la Providencia, como también la imitación del régimen que veían en sus vecinos paganos en lugar de la monarquía secundum Dei. Léase, por su claridad, el comentario del P. Felipe Scío de San Miguel:
«Samuel, que se mostró insensible a la injuria que le hicieron desechándole a él, manifestó su descontento y dolor, luego que oyó que le pedían un Rey que los juzgase, como le tenían otras naciones. Veía su ingratitud hacia Dios, la ceguedad con que ellos mismos se arrojaban al precipicio, y la enorme injuria que hacían al Señor, pretendiendo arrojar de sí el gobierno theocrático que tenían; eximirse de las manos de Dios, para sujetarse y ponerse en las de los hombres. No quiere decir esto, que el gobierno monárchico no sea justo en sí, quando ha sido una vez legítimamente establecido. Pero este pueblo se mostró injusto, y fue culpable en querer trastornar el orden de Dios, y en pretender que el gobierno de los hombres pudiera igualarse y aun preferirse al de Dios; y más cuando éstos tomaban por modelo a naciones idólatras y corrompidas.»
Es decir, lo que condena el pasaje no es la monarquía, sino lo que en tiempos modernos llamamos «principio de autodeterminación». Y ello se advierte incluso en los comentarios más progresistas.
Así, el comentarista anónimo de la Biblia de Latinoamérica elaboró incluso tres párrafos explicando por qué la adopción de la monarquía implica una forma de progreso político y social. Señala que, sin instituciones que canalicen, ordenen y organicen adecuadamente la vida comunitaria, el hombre se vuelve un «cadáver ambulante» y «cualquier sociedad cae en la anarquía» —como podemos comprobar de sobra en nuestros tiempos republicanos—, constituyendo la monarquía una forma de gobierno simultáneamente innovadora y reflexiva respecto de la experiencia del pasado. De la Biblia de Latinoamérica se pueden decir muchas cosas pero, al menos en este punto, es extraordinariamente ortodoxa.
¿De dónde ha salido, entonces, la idea de que el pasaje bíblico citado constituye una condena de la monarquía? Vemos que, de la Iglesia, claramente no. ¿Entonces de quién procede tan peculiar interpretación? Se trata de un dato histórico rastreable. El primero en plantearla fue Thomas Paine, revolucionario angloamericano, en su panfleto Common Sense (1776), mediante el cual pretendía azuzar a sus compatriotas a la rebelión contra el rey británico.
Se trata, por lo que vemos, de una interpretación recientísima, amén de heterodoxa, porque nadie en toda la Historia de la Iglesia había entendido el pasaje en tal modo. Y sabemos de Thomas Paine, además, que no era un propagandista piadoso. En el Diario de John Adams hay una entrada, con fecha de primavera de 1776, en el que el autor del diario narra una conversación con el propio Thomas Paine en la que éste le confesó algo tan espeluznante que no querríamos corromper la cita con nuestra traducción. Cedo la pluma al propio John Adams:
«His plan was so democratical, without any restraint or even an attempt at any equilibrium or counterpoise, that it must produce confusion and every evil work. I told him further, that his reasoning from the Old Testament was ridiculous, and I could hardly think him sincere. At this he laughed… and then expressed a contempt of the Old Testament and indeed of the Bible at large, which surprised me».
Huelga decir que la difusión de tan malvada idea ha ocurrido entre los protestantes a causa de su ya conocida falta de orientación, consecuencia del «libre examen», que bien podríamos llamar «sola tripa». Lo preocupante es que, en nuestro tiempo, haya católicos ingenuos que la adopten.
Rodrigo Fernández Diez, Círculo Tradicionalista Celedonio de Jarauta de Méjico.
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