España y América. El pensamiento de un gran Rey

«Adoramos al mismo Dios, hablamos la misma lengua, nos vanagloriamos de venir de la misma raza, rendimos culto a los mismos ideales; comunes son nuestros amores, y acordes estamos en defender los grandes principios religiosos y políticos»

Carlos VII, retrato

Con ocasión de la fiesta de la Hispanidad, reproducimos un artículo de la hemeroteca de El Correo Español en su número del 12 de octubre de 1920 firmado por Modestinus, nombre de pluma del que fuera el último director de dicho periódico, Guillermo Arsenio de Izaga (1885-1951), sobre Don Carlos VII y América.

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¡Día de júbilo para todo buen patriota es el día de hoy, aniversario descubrimiento del Nuevo Mundo!

Allí y aquí, animados todos por iguales sentimientos e idénticos optimismos, celebramos la simpática Fiesta de la Raza, apretando más y más los lazos de esta íntima compenetración de esperanzas y de afectos, a fin de fructifique en venturosas realidades, para bien de los que adoramos a un mismo Dios, hablamos una misma lengua y obedecemos a unos mismos impulsos de exaltado patriotismos y de nobilísima grandeza.

Mas si para todos debe ser esta memorable fecha motivo de regocijo y base de iniciativas fecundas, permítasenos a los españoles católico-monárquicos el legítimo orgullo de recabar en esta pública alegría el puesto de preferencia, ya que —nos es satisfactorio proclamarlo muy alto— ningún hombre como el gran Carlos VII ni colectividad política ninguna como la Causa de la Tradición y de la Legitimidad sostuvieron con tanto fervor, entusiasmo y perseverancia la unión cordial —basada en al amor sincero y en la conveniencia política— entre la Madre España y los pueblos florecientes que, arrancándolos a los misterios del Océano, los elevó al esplendor de la Fe y a la gloria de la Civilización.

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«Llevar los principios proclamados por la civilización a las Antillas españolas está más en armonía con mis sentimientos, que hacer programas de libertad a los que en la Península, en nombre de todas ellas, ejercen todas las tiranías». (A Aldama. París, 31 de octubre de 1868).

«Soy el Rey legítimo de España, el primero de mi estirpe que ha visitado el continente descubierto por los españoles… Uno de los días más felices de mi vida sería aquel en que viese caminar juntas a España, a Méjico y a todas las naciones de nuestra raza en las vías de la verdadera civilización, estrechándose las manos como buenos hermanos,  sin desdoro de nadie y con gloria y provecho de todos». (A Altamirano, Méjico, 22 de junio de 1876).

«Allí —en Méjico— formulé el deseo de una unión entre todos los pueblos que hablan el hermoso idioma de Cervantes. Ahora la misma fuerza de simpatía me ha traído a visitar otros países de raza española… Mi breve estancia en el antiguo Virreinato tan predilecto para mis abuelos, me ha afirmado más y más en mis sentimientos». (A Solar, Lima, 9 de junio de 1887).

«España no aspira a dominar de nuevo a sus hijos emancipados: sólo desea su engrandecimiento, el cual nada más que con la unión entre los pueblos de nuestra lengua puede obtenerse. Si mi viaje lograse inspirar o robustecer este pensamiento…, daríame por muy afortunado. La raza hispano-americana no puede perecer». (Al General Posada, Arica, 16 de junio de 1887).

«…Afirmo todo lo que, ayudado por Dios y por el pueblo español,  haría Yo el día que me fuese dado completar la obra de mis Abuelos,  realizando el sueño de mi niñez: la íntima unión entre los hijos de nuestra raza, afianzada, no por la fuerza, sino por el amor y la sangre, por la comunidad de creencias y de lengua, de intereses y de esperanzas. La fe de los descubridores no se ha apagado en España. (…) ¡Dios haga, el Dios de Colón y de los Reyes Católicos, que en ellas se forje un sólido eslabón de esa fuerte cadena soñada por mí  para lanzarla a través del Atlántico, no como signo de servidumbre, sino como dulce brazo de fraternidad». (Album de homenajes internacionales a Colón, Venecia, 27 de octubre de 1892).

«Adoramos al mismo Dios, hablamos la misma lengua, nos vanagloriamos de venir de la misma raza, rendimos culto a los mismos ideales; comunes son nuestros amores, y acordes estamos en defender los grandes principios religiosos y políticos, que, salvas las diferencias de formas de Gobierno que actualmente separan a Europa y a América, son las únicas bases sobre que pueden asentarse sólidamente las sociedades agrupadas en naciones. (…) ¡Quiera Dios que podamos ser iniciadores de ese gran movimiento que serviría de base a la futura grandeza de todos los pueblos de nuestra raza, ganándoles en el mundo el puesto preeminente a que son acreedores! En Méjico y en el Perú, en Chile y en Colombia, en el Uruguay y en la Argentina, en todos los países de nuestra sangre y de nuestra lengua que he recorrido en ese hermoso Continente, me ha parecido ver la tierra bastante bien dispuesta, si se la cultiva con amor, para que en ella fructifique esta semilla». (A Walker Martínez, Venecia, 6 de febrero de 1900).

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He aquí en estos pasajes, escogidos al azar, de sus admirables cartas autógrafas, reflejado luminosamente el soberano pensamiento del inmortal Carlos VII en orden a la confederación de España con sus antiguas colonias; tan querida por su alma de gran Español que nos la impone como un deber ineludible en su áureo Testamento político a cuantos nos gloriamos en mantener hasta el heroísmo los principios de su Causa y en seguir hasta la abnegación a su augusto Hijo, legítimo Sucesor de sus indiscutibles derechos y de sus levantadas aspiraciones.

Por eso celebramos con júbilo esta hermosa Fiesta de la Raza y lamentamos que la inconsciencia del país retarde el triunfo de tan patrióticos anhelos.

¡Pobre y menguada España, si continúa obcecada en tan deplorable yerro! ¡Feliz y poderosa si, abrazada a la Tradición, se inspira en los principios salvadores de sus grandiosos ideales!

Modestinus.

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