Estrategias disolutorias del carlismo durante el franquismo

Manuel de Santa Cruz cuenta a propósito cómo Fray Justo Pérez de Urbel le dijo personalmente: «no saben ustedes cuántos millones ha gastado Franco en dividir a los carlistas, y además sabe hacerlo muy bien».

Sin pretender un repaso muy riguroso, pero siendo posiblemente útil su conocimiento para iluminar ciertos fenómenos actuales –aunque de naturaleza mucho más marginal–, es interesante fijarse en algunas de las estrategias que el Régimen de Franco utilizó para disolver el carlismo. Nos centraremos en unos pocos ejemplos y consideraciones extraídas de la monumental obra de Manuel de Santa Cruz, Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español (1939-1966).

Consumada la Unificación en 1937 se desarticularon todas las estructuras, Círculos y publicaciones de la Comunión Tradicionalista bajo el pretexto de que el Tradicionalismo estaba ya representado en el nuevo Estado. Con ciertas concesiones políticas, especialmente en Navarra, y la apropiación de símbolos, algunos de los más incautos y cansados de años de lucha, fueron cediendo. Otros, la mayoría, permanecieron fieles, sufriendo una persecución a veces más directa y otras más sutil o encubierta. La falta de colaboración de estos carlistas fieles con el nuevo Estado era presentada siempre por las autoridades y su propaganda como una actitud cerril y sectaria. Baste una anécdota para ilustrar esto. Era habitual que los actos aparentemente carlistas que organizaba el Estado tras la guerra fueran boicoteados por los carlistas. El Conde Rodezno había constatado en la fiesta de los Mártires de la Tradición que ningún carlista iba a la misa y actos convocados oficialmente por FET: «Una prueba más de que no tiene arreglo posible esto de la Unificación». Conviene recalcarlo: era una verdadera misa, tradicional (diríamos hoy), por un fin bueno y carlista, pero organizada por el Estado franquista, por el enemigo; y los carlistas no iban. Siendo esto lo habitual, el 28 de marzo de 1941 el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Barcelona, Antonio Correa Veglisson dio un discurso en Tarrasa en unos actos organizados por el Sindicato Español Universitario (S.E.U.), donde distinguía «dos clases de españoles que no prestan colaboración a las altas tareas nacionales», unos primeros que «no sienten a España» ni ningún dictado divino, y unos segundos «que dicen servir a Dios y a España y no quieren participar en la responsabilidad de la tarea… y sólo piensan en hundir a los buenos españoles que dirigen la F.E.T. y de las J.O.N.S. Esta clase de españoles no defienden otra cosa que sus intereses personales y su espíritu sectario». Y tras esto, llegaba a comparar a los carlistas con el legendario traidor Don Oppas. Por su parte, el carlista Luis Ortiz y Estrada mandó el 1 de abril una carta a Veglisson criticando su discurso. Entre otras cosas respondió que «si los carlistas no participan en las responsabilidades de gobierno no es porque egoístamente las rehuyan, sino porque de ellas deliberadamente se les excluye precisamente por mantenerse fieles a sus convicciones carlistas». Y afirmó que los españoles y los carlistas no tenían obligación ninguna de entrar en el Partido Único; pertenecer a FET «podrá no tener importancia para quienes han ido bogando de uno en otro partido, porque nunca han tenido ninguna convicción política; pero la tiene muy grande para los carlistas que arraigan su conducta política precisamente en la firmeza de convicciones». Lección magnífica de prudencia política que nos enseña la Historia (magistra vitae), y es que la lealtad siempre será percibida como sectarismo por los deseosos de contemporizar, por los traidores y los que pierden la esperanza y renuncian a los principios a cambio de un plato de lentejas.

Pero el principal fenómeno en la línea de nuestro tema, digno de ser recordado, es el del llamado falcondismo, en alusión al emblemático Manuel Fal Conde, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista. Cuando ya era clara la incompatibilidad del nuevo Régimen de Franco con los principios y lealtades del carlismo, los elementos colaboracionistas del carlismo empezaron a utilizar el término falcondismo para referirse a una supuesta «fe absoluta en el jefe» de algunos carlistas. Esta fe absoluta incluía una obcecación deformante del verdadero carlismo, que por supuesto, según los enemigos de la Comunión Tradicionalista, debía aceptar con alegría y entusiasmo el Decreto de Unificación de 1937 y diluirse en el partido único. Quienes no estaban por la labor, ni eran llamados carlistas, sino falcondistas. En último término, la estrategia no era obra de los carlistas disconformes, sino del Régimen que utilizaba a estos como herramienta de discordia y división. El falcondismo no era sino «un truco de Franco para hacer ver que había otros tradicionalismos distintos del verdadero, y a la sazón único, y así, negar validez al interlocutor que no le convenía», afirma Manuel de Santa Cruz (tomo 3, 1941). El mismo Fal Conde, en su carta de despedida y cese en la Jefatura Delegada, fechada el 16 de agosto de 1955, escribió: «el “falcondismo” no ha existido más que en la malévola imaginación de nuestros irreconciliables enemigos». El pretendido sectarismo y falcondismo eran, en definitiva, los nombres que los enemigos de la Comunión Tradicionalista daban a la lealtad a los principios y autoridades carlistas. Dado que el franquismo sabía de esta lealtad, no actuaba de frente, sino que se disfrazaba de verdadero representante del carlismo, se afanaba por encizañar y sembrar discordias, así como crear o instrumentalizar pretendientes afines al Régimen, como el llamado «Carlos VIII», aprovechando especialmente los momentos críticos de la Regencia. El carlismo, en situación siempre de penuria y persecución se iba desgastando y debilitando porque no estaba preparado para resistir estas estratagemas, ni estas lides iban con su carácter y manera noble de entender la política, que a veces llegaba a la ingenuidad. Franco, sin embargo, en cuanto militar, estadista y político moderno (en el peor sentido de la palabra) era un «maestro de la guerra entre bastidores», como lo calificó el historiador inglés Arnold Toynbee en una breve semblanza que le dedicó junto a las de otros estadistas contemporáneos. Manuel de Santa Cruz cuenta a propósito cómo Fray Justo Pérez de Urbel le dijo personalmente: «no saben ustedes cuántos millones ha gastado Franco en dividir a los carlistas, y además sabe hacerlo muy bien».

Si bien el carlismo ha quedado reducido a la mínima expresión dentro de la sociedad española, sus enemigos –especialmente cuando se disfrazan de patriotas– siguen sabiendo de su potencial regenerador, por sus raíces profundas, su identificación con una fe católica que sabemos que no morirá y su perfecta doctrina y capacidad de dar respuesta a los males de nuestro tiempo. Como dijera Carlos VII, el tradicionalismo español –el carlismo– volverá, si España es sanable aún.

Enrique Cuñado, Círculo Tradicionalista Enrique Gil y Robles de Salamanca

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