¿Existen los ateos?

Una comunidad sin Dios destruye la ley natural y convierte la justicia en convención mutable

«La idolatría del rey Salomón», por Adriaen Verdoel

¿Existen los ateos? La pregunta parece ingenua, pero encierra la paradoja más profunda de nuestra época. Hay quienes proclaman, con voz segura, que Dios no existe; y sin embargo, no pueden dejar de hablar de Él. Hay quienes viven como si Dios no existiera; y sin embargo, se alimentan de la herencia que de Él han recibido. El ateísmo es esa enfermedad del espíritu que consiste en negar el aire mientras se respira, en cubrirse los ojos con ambas manos para luego quejarse de que todo es oscuridad. El que niega a Dios no destruye a Dios: se destruye a sí mismo.

Santo Tomás lo dijo con precisión: «Conocer que Dios existe está impreso en el hombre naturalmente» (S. Th. I, q.2, a.1, ad 1). Negar a Dios no es, por tanto, un descubrimiento moderno, sino un esfuerzo desesperado por olvidar lo más antiguo. El ateísmo, lejos de ser una afirmación nueva, es la forma más vieja de rebelión: la criatura que pretende abolir al Creador.

Hay quienes sostienen un ateísmo intelectual, minoritario pero influyente. Kant relegó a Dios al terreno de los postulados morales, Comte encerró a la razón en un laboratorio, los modernistas redujeron la religión a emoción subjetiva. Distintos rostros, misma mutilación: negarle a la inteligencia la posibilidad de elevarse a lo trascendente. Y aquí se cumple lo que advierte Santo Tomás: «Errar en las cosas divinas es el error más grave, porque aparta del fin último» (S. Th. II-II, q.11, a.3). El error en lo divino es el error que vuelve inútil todo lo demás. Pero Donoso Cortés descubrió la raíz más honda: «Los grandes errores no nacen de la inteligencia, sino de la voluntad corrompida». No se trata de que el ateo no piense, sino de que piensa demasiado en justificar lo que desea.

El cientificismo suele invocar a Galileo como bandera, olvidando que él mismo veía en el universo un libro escrito por Dios en caracteres matemáticos. Allí donde el cientificista proclama ruptura, el sabio veía unidad. Así queda al descubierto que lo que se presenta como defensa de la ciencia no es más que un pretexto para expulsar a Dios de la razón.

Más frecuente es el ateísmo práctico, ese que no se formula en tratados, pero se respira en las calles: vivir etsi Deus non daretur, como si Dios no existiera. Se dice libre, pero en realidad es parasitario: vive de los dividendos de una herencia que asegura no haber recibido. Quiere dignidad sin el Creador del hombre, justicia sin Legislador, libertad sin Verdad. Es como proclamar la libertad desde la celda de la propia incoherencia. Y por eso Donoso pudo afirmar: «Cuando los pueblos dejan de confesar a Dios, empiezan a confesar a los ídolos». Porque el hombre sin Dios no es ateo: es idólatra.

Las causas del ateísmo se repiten como síntomas de una enfermedad espiritual. Hay causas intelectuales, cuando la razón abdica de su capacidad metafísica y se reduce a calcular y pesar. Hay causas morales, cuando la voluntad viciada busca negar al Legislador para eludir su ley. Y hay causas sociales, cuando la cultura decreta la invisibilidad de Dios en la vida pública. Intelecto, voluntad y sociedad forman un círculo vicioso: la falsa filosofía legitima el pecado, el pecado exige un ambiente que lo aplauda, y la sociedad así deformada produce nuevas filosofías falsas. El ateísmo no se explica: se contagia.

¿Y cuáles son sus consecuencias? Para el individuo, el ateísmo es la gran ironía: promete libertad y entrega cadenas. Cree ser autónomo y acaba prisionero de lo inmediato. Cree ser libre y se convierte en esclavo de sus apetitos. Cree ser dueño de la verdad y se precipita en el vacío del nihilismo. El «hombre libre» se revela, en la práctica, como el más encadenado de los seres. Lo anticipó Santo Tomás: «El hombre no puede vivir sin esperanza, y si carece de la verdadera, se precipita en las falsas» (S. Th. II-II, q.18, a.2, ad 3). El ateo niega a Dios, pero acaba creyendo en cualquier superstición de moda.

Para la sociedad, las consecuencias son aún más graves. Una comunidad sin Dios destruye la ley natural y convierte la justicia en convención mutable. Donoso Cortés lo advirtió con voz profética: «Donde no hay Dios, la sociedad no puede menos de ser esclava». Y así sucede: la sociedad que proclama emancipación se convierte en sierva. Oscila entre dos extremos igualmente destructivos: el despotismo del Estado absoluto o la anarquía del individuo sin ley. Una sociedad sin Dios no es ni libre ni justa: es esclava de un déspota o anárquica en su disolución. Despotismo en un extremo, anarquía en el otro. En ambos, la justicia desaparece y la fuerza manda.

El ateísmo de hoy rara vez se confiesa. Prefiere las máscaras. A veces es agnosticismo práctico, que reduce la fe a lo privado. Otras veces es secularismo cultural, que organiza la vida pública sin lo eterno. Otras, nihilismo posmoderno, que ni siquiera discute a Dios porque ha perdido la noción de verdad. Y cada vez más, es agnosticismo militante: no duda, censura. Declara que Dios es «incognoscible» y convierte la duda en dogma y el dogma en prohibición. Lo que se desconoce se ordena callar.

Pero el ateísmo no vive sin absolutos: los multiplica. No suprime la religión, la pervierte. El hombre que expulsa a Dios termina adorando ídolos de yeso y de acero. Dinero, técnica, ideología, placer: todos compiten por ocupar el trono vacío. Es el absolutismo de lo relativo. Donoso lo había previsto: «El hombre, cuando no cree en Dios, se convierte en el más crédulo de los seres». El incrédulo absoluto se convierte en el creyente más ingenuo.

Y entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿existen los ateos? El ateo puro, el que no adora nada, no existe. Existe, sí, el hombre que niega a Dios para adorar a sus ídolos; el que proclama emancipación y recibe cadenas; el que grita libertad y se encierra en su celda. El ateísmo no es negación de Dios, sino la prueba más clara de que el hombre no puede dejar de buscarlo. Como enseña Santo Tomás: «El orden de la criatura depende del orden del Creador» (S. Th. I, q.103, a.8). Negar al Creador es intentar abolir lo que sostiene todo lo creado.

El ateo niega la existencia de Dios con tal vehemencia que, en su negación, lo convierte en el centro de su vida. La obsesión de su combate es la prueba más clara de que el Dios que rechaza lo sostiene incluso en su rechazo.

La paradoja final es la más trágica. El que se dice ateo no es el hombre sin fe: es el hombre que ha elegido construir su casa sobre un vacío, y se sorprende cuando se derrumba. El ateísmo se proclama como emancipación y es esclavitud; se anuncia como luz y es tiniebla; se predica como negación de Dios, y en realidad es la confesión más clara de que el hombre no puede vivir sin Él. El ateísmo, en última instancia, no existe: lo que existe es la necesidad inextinguible de Dios en el corazón humano, disfrazada de rebelión.

Oscar Méndez

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