Arraigo en la tierra propia

El remedio para estas ansias migratorias lo vemos en el arraigo, en el propiciar el afincamiento de la persona

El fenómeno migratorio ha sido una constante en la humanidad. Los motivos para abandonar el solar, esto es, la tierra en la que Dios nos puso y que nos vio crecer, han sido en el pasado y son en la actualidad multicausales. A nadie escapa, por otro lado, las consecuencias negativas que ha traído el fenómeno en años recientes, al convertirse en un instrumento del globalismo para la destrucción de las identidades y civilización cristiana, fundamentalmente en Europa.

En lo que hace a las migraciones desde la península hacia el continente hispanoamericano y desde éste hacia la península, por tanto en el ámbito de lo hispánico, las migraciones revisten otro carácter que atenúa sus aspectos negativos pero que no está exento de ellos, como veremos a continuación.

El primer flujo migratorio que evocamos tuvo lugar desde fines del siglo XIX hasta mediados del siglo XX y respondió a las guerras del viejo continente, a las penurias económicas subsecuentes y a un afán de prosperar en el nuevo. Los inmigrantes hicieron grandes aportes, tenían incorporados hábitos de trabajo y eran portadores de una civilización que, si bien ya se encontraba en peligro, no había perecido aún. Así, contribuyeron a que los países hispanoamericanos alcanzaran gran prosperidad material. Por ejemplo, Buenos Aires tuvo un impresionante desarrollo arquitectónico, influenciado por el estilo europeo, y Montevideo, se convirtió en la «tacita de plata» en la expresión del compositor Romeo Gavioli.

Este primer flujo migratorio no nos merece casi reproche, al contrario, fue beneficioso para nosotros, los habitantes de este lado del Atlántico; no obstante, pudo representar una mengua para la península. La «patria» española iba a precisar a sus hijos para defenderla de la agresión «republicana» y para la reconstrucción posterior tras la victoria.

El segundo flujo migratorio (de los países de Hispanoamérica hacia la España peninsular y también hacia otros países del viejo continente), se desarrolló en las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI hasta la actualidad y está motivada en razones que podrían englobarse en un querer mejorar la «calidad de vida».

A primera vista, estas razones pueden llegar a ser comprensibles. Quién no desea mejorar sus ingresos (aunque esto requiere verificación en la práctica), gozar de una seguridad con la que no se cuenta en el país de origen, servirse de una infraestructura de primer orden por ejemplo en lo atinente al transporte.

Pareciera que, siendo la migración hacia la «madre patria», no hay conflicto, dado que se produce en el ámbito de la común civilización hispánica. Salvo, como se ha apuntado por otros correligionarios, los males de una inmigración con notas importadas, como ciertas expresiones musicales o la pertenencia a sectas provenientes de otros lares, ajenas a la cultura hispánica.

Pero aun si validamos en principio esta motivación, vemos en ella una confirmación del adagio «ubi bene ibi patria», lo que sí nos ha parecido siempre utilitarista y sobre todo, que va en desmedro de la propia patria (en este caso de la «patria chica» que nos vio nacer), la que precisa de nuestra mano de obra y de nuestra empresa para crecer en lo material y aún de nuestra presencia para defenderla in situ de los ataques del globalismo que, valga la redundancia, son mundiales.

Claro está, podemos argumentar que la migración se hace con un deseo ya no de gozar de bienes exclusivamente materiales sino culturales o, aún más, espirituales. Sería el caso de quienes tienen como objetivo el maravillarse con todo el patrimonio arquitectónico presente en la península (y convengamos, en la «vieja Europa» en general) o con los templos que, aunque la mayoría ha perdido el alma por la crisis sobrevenida en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, aún permanecen como vestigios vivientes de la cristiandad.

Pero nuevamente, esto puede hacerse sin necesidad de emigrar, y también nuestra presencia es exigida en la «patria chica» para la defensa de estos mismos bienes culturales y espirituales.

Este problema que ponemos de manifiesto es muy similar a otro, que es el fenómeno de la migración que se produce esta vez dentro de un país, del campo a la ciudad, con todas las repercusiones negativas que ello apareja, tanto por el abandono de las formas de producción tradicionales como por el mal moral que implica en ocasiones la vida en las grandes ciudades. La comparación viene al caso, tanto más cuanto que la península era denominada «metrópolis», en este supuesto como cabeza del resto de las regiones.

El remedio para estas ansias migratorias lo vemos en el arraigo, en el propiciar el afincamiento de la persona. En lo cual el principio de subsidiariedad y de autonomía regional que propicia el carlismo ha de jugar un rol esencial.

Este sentimiento virtuoso debería nacer de la propia voluntad del ciudadano. Pero de lo contrario, debe ser objeto de regulaciones migratorias específicas, de un lado y de otro del Atlántico. Pensemos que una aplicación demasiado generosa del ius sanguinis como fundamento para la ciudadanía, pudiera derivar, por esas mismas ansias migratorias y las ventajas materiales o de otro orden que presenta uno de los lados, en el abandono y precariedad del otro.

Luego, potenciar y poner de relieve lo que es propio de cada región o Estado, esas señas de identidad a veces insignificantes pero que mueven al arraigo en la propia tierra, desde expresiones culturales o musicales, peculiaridades arquitectónicas o culinarias, etc. Todo ello, sin perjuicio del patrimonio común, en concreto de la unidad católica que nos debe unir por encima de todo.

En suma, una migración que no responda a imperiosas necesidades sino a impulsos de índole material o superficiales conllevan, a nuestro juicio, un doble potencial inconveniente, por un lado una deserción y empobrecimiento de la tierra que nos es propia y, por otro, el peligro de la centralización en la «ciudad» en su doble acepción, contra la cual ha prevenido de sobra el carlismo.

Círculo Tradicionalista San Felipe y Santiago de Montevideo

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