Al salir de misa

Ninguna dimensión del hombre escapa a la eficacia de la acción redentora de Cristo

«El beso de la reliquia», por Joaquín Sorolla

Los últimos años hemos observado un incremento en el número de fieles que participan en la Santa Misa tradicional. Los recién llegados suelen aludir, como motivos del cambio, la belleza del rito y la huida de la confusión doctrinal. No obstante, hay una queja común en muchos de ellos. Denuncian lo que denominan un fariseísmo notorio en muchos de los habituales asistentes, manifiesto en las conversaciones que surgen con ellos. Critican que, en el seno de las mismas, hay una tendencia a calificar con excesiva vehemencia, tanto en sentido positivo como negativo, diversos elementos que —consideran— no tienen que ver con la salvación, sino que se encontrarían en el plano de las simples preferencias personales. 

Me atrevería a agrupar estos elementos generadores de fricción en dos grandes grupos. Por un lado, el primer grupo abarcaría aquellos asuntos que se relacionan directamente con la adhesión a unas u otras corrientes filosóficas o políticas. Por otro lado, el segundo grupo estaría caracterizado por la afinidad o el rechazo hacia tendencias artísticas y estéticas de cualquier índole: desde la poesía, la narrativa, la cinematografía, la gastronomía; hasta las preferencias en el área del aspecto personal, incluyendo la indumentaria, tatuajes, perforaciones, etcétera. Los elementos del segundo grupo están en directa conexión con los del primero, puesto que las ideas filosóficas y políticas se han encarnado en la Historia mediante acontecimientos concretos, los cuales han dado lugar a su vez a corrientes culturales, a una cosmovisión, y a unos usos y costumbres particulares.

Es frecuente escuchar que, para el católico, todo aquello que no cuestione directamente los artículos de Fe, los diez mandamientos y los sacramentos, son asuntos discutibles e indiferentes para el progreso espiritual y, por tanto, son vanos los posicionamientos y las disquisiciones acerca de ellos. Esta actitud esconde, a mi parecer, un cierto escepticismo, una desconfianza en la razón natural de tendencia fideísta que a menudo se combina con planteamientos liberales. Desde una óptica conformista, existe un desprecio por el estudio y análisis crítico de la Historia y de la Filosofía, y además se asume que los aprendizajes extraídos estarán del todo despojados de implicaciones prácticas en la vida cotidiana del católico. En algunos casos —los más— procurar la propia formación en aspectos del orden natural no se considera una de las obras determinantes por las que se pueda merecer para la vida eterna. En otros casos —los menos— sí se valora el estudio, pero se ve con gran reserva el intento de ajustar la vida cotidiana a los nuevos conocimientos que se van obteniendo, por considerarse algo artificioso y fútil. Se piensa que, por no haber sido criados en una cultura empapada de dichas costumbres, hay algo de postizo en ello, con lo que la actitud más honesta y valiosa sería ni siquiera intentarlo, manifestación de un derrotismo combinado con tintes de sola fide. Otras personas califican de farisaico el intento, dado que consideran que las costumbres heredadas de los hombres tienen un papel irrelevante en el progreso espiritual.

El descubrimiento de las enseñanzas filosóficas y políticas de la Tradición ha supuesto, para muchos, la definitiva caída del velo que ocultaba a nuestros propios ojos la insondable precariedad formativa en la que hemos crecido. Así, cada vez más católicos sedientos de verdad, movidos por la máxima de que la gracia ha de edificar necesariamente sobre la naturaleza, van capacitándose para no tolerar afirmaciones que contrarían a la razón, aunque se enuncien desde los púlpitos. Cada vez más católicos han empezado a ver la Historia como una sucesión de movimientos animados por diferentes ideas filosóficas, verdaderas o erróneas, que han acercado o alejado a las poblaciones humanas del plan divino de salvación. Y por tanto, comienzan a ver sus días como sembrados de decisiones, de disyuntivas aparentemente menores que, si bien quizás no supongan la diferencia entre permanecer en gracia o pecar, pueden contribuir o no con un devenir histórico que puede trabajar a favor o en contra de la obra redentora. 

La participación en las corrientes culturales que se despliegan desde constructos filosóficos erróneos tampoco es indiferente o inocua. En este sentido, lejos de proceder de un esnobismo o de una adolescente necesidad de interpretar un rol para pertenecer a una hipotética tribu urbana (conocida con el vocablo tradi),  si bien es cierto que hay personas concretas que buscan ese encasillamiento —quién sabe si por compensar necesidades insatisfechas de integración social en el pasado—, el refinamiento estético y la selección cuidada de recursos en los que se deleita durante su ocio tampoco es algo caprichoso ni arbitrario en el católico, sino que responde a la necesidad del alma de alimentarse de estímulos que sabe están en línea con la recta antropología; por ejemplo, cine y literatura que armoniza con los anhelos verdaderos del hombre y no trata sutilmente de pervertir su entendimiento. 

Procedamos con un ejemplo para ilustrar lo expuesto en párrafos anteriores. Sabemos que ninguna dimensión del hombre escapa a la eficacia de la acción redentora de Cristo. Los clérigos no temen alegar en sus exhortaciones —especialmente cuando se dirigen a jóvenes— motivos para la esperanza en este sentido: se puede suplicar el auxilio de la gracia para combatir los desórdenes en el orden natural, muchos relacionados con las inclinaciones básicas del hombre a la preservación de sí mismo y de la especie (trastornos de alimentación, desórdenes del impulso genésico…). No obstante, en las prédicas no suelen ser mencionadas las implicaciones de la acción redentora del Señor sobre una característica constitutiva fundamental del hombre: su natural politicidad

Si, como sentenció Aristóteles, el hombre es animal político por naturaleza y, si esta realidad, herida como las demás por el pecado original, también es sumergida en las aguas del bautismo con cada hombre, cabe deducir que los distintos modelos sociales, las diferentes formas de estructurar una sociedad, deben someterse al mismo imperio redentor al que procura, siempre con la ayuda divina, someter el hombre todas sus potencias. Y en tanto que el hombre, por su misma naturaleza —no por causa del pecado—, debe llegar a ser lo que es, precisando una arquitectura social jerárquica, el católico no puede considerar la política como una mera materia de opcional interés para aquellos a quienes les guste su estudio, como una forma de pasatiempo bibliotecario, una afición comparable al ajedrez o al tenis. Si bien habrá personas con mayores talentos y capacidad para su estudio y práctica, desentenderse de la comunidad política a la que uno pertenece conforma una falta a la justicia en el orden natural.

La revisión de todos los aspectos de la propia vida, el procurar orientarlos en consonancia con las verdades de Fe y de orden natural, la lucha por superar los condicionamientos adversos y la influencia del Mundo, son tarea del católico de todas las épocas, pese a que tal empresa sea tildada por algunos como «ambiciosa» o «insaciable» en sentido peyorativo.

Carmen Giménez, Círculo Cultural Alberto Ruiz de Galarreta

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