La cuestión del cumplimiento por parte de España de los compromisos en gastos armamentísticos recientemente aprobados por la OTAN ha vuelto a salir a la palestra tras que el presidente de los EEUU, Donald Trump, en una reunión en la Casa Blanca con el presidente finés, Alexander Stubb, sugiriese la posibilidad de expulsar a España de la organización en caso de que su resistencia a implementar las nuevas exigencias fiscales continue.
Todo el reguero de noticias a este respecto se caracteriza por la habitual incontinencia verbal de Trump, y este caso no iba a ser diferente, puesto que, como es de sobra conocido, ni existen ni existirán consecuencias de ningún tipo sobre su persona a razón de sus actuaciones. Al menos, en el plano terreno. Quizás el único hecho particular, y en gran medida cómico, sea que el estadounidense se las tenga que ver con Pedro Sánchez, una figura cuya grandiosa habilidad como trilero está fuera de toda duda. Por contrapartida, Alberto Núñez Feijoo se ha limitado a declarar que el compromiso de España con la OTAN es total y que el problema es Sánchez. Llegados a este punto, tales planteamientos producen más aburrimiento que otra cosa.
Al final, ¿cómo tomarse en serio lo que no deja de ser una bravuconería de tantas a las que nos tiene ya acostumbrados Donald? ¿Verdaderamente es creíble que la OTAN va a dejar a su suerte (léase en manos de actores como, por ejemplo, el grupo BRICS, cuya importancia mundial no hace más que incrementarse) a uno de sus miembros de mayor relieve? ¿Acaso hemos olvidado también nuestro papel fundamental desde el punto de vista geográfico por lo que toca al Mediterráneo y al Atlántico? ¿O es que el castellano no es ya una de las lenguas más habladas del orbe? ¿Pudiera ser que recientemente nuestro pasaporte no permitiese ya el acceso a 188 países en comparación con 180 que permite el estadounidense (y en continuo descenso año tras año)? ¿Qué decir de nuestro, en gran medida deshonroso, papel en el comercio armamentístico internacional? Modesto si se compara con el de Estados Unidos, pero potente en su liga.
Una vez más, se está, pues, ante el típico matonismo yanqui que busca imponerse a través del miedo. Nadie va a expulsar a España de la OTAN, pero viene bien plantear la posibilidad para llamar al orden a cualquier otro gobierno que pudiera plantearse tomar los mismos derroteros, incluso a pesar de que España pueda beneficiarse ya del privilegio de la costumbre asentada para flexibilizar los compromisos según considere oportuno la facción de turno que usurpe el gobierno del país.
¿Qué decir, en suma, ante una amenaza vacía de tal calibre? Posiblemente, que, independientemente de las circunstancias actuales, pues sería ingenuo pensar que la posición geopolítica de España es de primer orden, hay foros de los que conviene, para mayor gloria, ser expulsado con deshonor.
Ricardo Toledano, Círculo Cultural Antonio Molle Lazo (Madrid)
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