En los últimos tiempos en España aparecen recurrentemente curiosas noticias de osos pardos, solos o en familia numerosa, que acuden a diario a muchos pueblos del Norte de España. La intención de los plantígrados estriba en alimentarse en contenedores, naves con almacenes de piensos y granjas, colmenares, etc., así como en los últimos vergeles de frutales, huertos de hortalizas o jardines de chalets con un cuidado cerezo. Incluso se ha registrado su entrada en centros comerciales a la búsqueda de la opípara sección de carnes y pescados o al puesto de cortador de jamón. En alguna casa rural el objetivo del atrevido úrsido ha sido el espléndido frigorífico. Ante todo esto, los eco-urbanitas y pálidos animalistas de grandes ciudades exigen a los del pueblo que no se asuste al hambriento animalito y se le permita escoger lo que más le guste. Se da el caso de un oso en el centro de la populosa ciudad de Ponferrada, que acudió a través de una avenida principal rumbo a los cubos de una conocida red de hamburgueserías. En un pueblo del Reino de León una osa «vegana», que todas las noches acudía a las huertas a comer lechugas, se ganó el mote de Lleituguina (Lechuguina) y otra de Güertona, con todo el merecimiento. En los últimos viñedos lebaniegos bajan los osos a merendar los maduros racimos todas las tardes, infligiendo cuantiosos daños a los ya mermados ingresos de los viticultores montañeses. En un caso reciente y más dramático, un joven ganadero leonés recibía todas las noches la visita de un gran oso capaz de entrar por las ventanas de su propia granja o destrozar el tejado para atacar y alimentarse de las ovejas. Lo más calamitoso es que, en medio de los reiterados y múltiples ataques, falleció de infarto.
Por supuesto que estas interacciones entre el hombre y el plantígrado no son nuevas. Los colmenares tradicionales de muchas de nuestras comarcas estaban preparados para prevenir la gran afición del oso por la miel y se construían altos corrales fortificados de infranqueables muros de piedra (cortines, hornos, etc), verdaderos fortines y ciudadelas. También se sabía que los osos pardos son muy aficionados a las bellotas dulces, hasta el punto de que trasmochaban los robles de fruto más delicioso (carbayos castañeiros). Los plantígrados también se alimentaban de miel de las abundantísimas colmenas silvestres que proliferaban en los robledales trasmochos y glandíferos de los montes y dehesas comunales.

Algunos comentan que es lo lógico, pues hay más osos que hace años. Pero, ¿qué es lo que ha ocurrido realmente? Ha tenido lugar un desplome en la producción de plantas y frutos silvestres comestibles, como consecuencia del abandono y cierre total de copas en robledales, hayedos, avellanedas y prados, en lo que se conoce por los técnicos como «fase de exclusión de copas». El cese de la siega y riego de prados, así como el abandono de pomaradas y frutales también colabora. Otro factor limitante es que la enfermedad de la varroa, ácaro asiático que ataca y aniquila las colmenas silvestres, ha tenido como consecuencia que solo haya colonias de abejas en los colmenares de la apicultura, en donde se realizan tratamientos para atajar esta grave afección. La consecuencia es que los osos únicamente disponen de miel en los apiarios o abeyeiras rurales, instalaciones apícolas a las que atacan inmisericordes.
Por otro lado, la proliferación brutal del jabalí compite desfavorablemente con el oso, pues aniquila cualquier disponibilidad de bellotas y toda suerte de frutos y carroñas. Las invasoras y excluyentes piaras de puercos salvajes acaban materialmente con toda la cosecha, expulsando a los osos del monte a los pueblos.
En la montaña, los alimentos que constituían la mayor parte de la alimentación del oso pardo ha caído en picado. Muchos frutos del monte han desaparecido por diversas razones. En la sociedad tradicional se fomentaba, sobre todo, que el monte mantuviese su capacidad productiva de alimentos para el hombre y sus ganados. A través de las antiguas ordenanzas que regían el funcionamiento de los pueblos se realizaba una auténtica gestión de fruticultura silvestre a todos los niveles. Así, se aclaraba y podaba el robledal, el hayedo, el pinar, el castañedo o las avellanedas para potenciar la super producción de bellotas, hayucos, avellanas, arándanos, grosellas, fresas silvestres, mostajas, maíllas, perucos, majuelas, etc. Cuando se cerraba el monte, se adehesaba para mantener la producción de hierba para el ganado, pero también para promover numerosas verduras comestibles buscadas por la gente. La técnica de artigueo o lantegui servía para recuperar prados comunales y favorecer a la flora melífera. Un sinfín de actividades que promovían la producción de alimentos silvestres potenciaban indirectamente la alimentación de los osos. Por ejemplo, se protegían, podaban y abonaban los árboles muy productivos de fruto (llandeiras, ezcurtze) o de melada para las abejas (carbayos meleiros, eztaritzac), prohibiendo su corta y favoreciendo su multiplicación a través de siembras y viveros del concejo. A través del fuero de pozneira, poznera, ondacillegui, ipiñalde o ipintoquia, los habitantes podían plantar y cuidar miles de árboles fructíferos en los comunales y montes vecinales en mano común.
Con la llegada del Estado Liberal todo cambió. Con la excusa del beneficio económico, el bosque alimenticio europeo pasó a ser monte de objetivo industrial, pues la madera se requería en gran cantidad para traviesas de ferrocarriles, construcción y combustible para las nuevas y grandes industrias creadas por los burgueses enriquecidos por la Desamortización. Como consecuencia, se despoblaron las aldeas castellanas y gallegas, pues la siderurgia decimonónica de Bilbao exigía mucha y miserable mano de obra. Se anularon los fueros y sabias ordenanzas locales insultándolas como «residuos feudales del Antiguo Régimen» y se abatieron todos los árboles respetados de antiguo. En multitud de lugares en los Reinos de León y Galicia, las mujeres de la aldea suplicaron llorando a los que talaban los grandes carbayos de llande (bellota) dulcísima, empleada para hacer tortas y dulces, pero todo resultó inútil. Su madera sirvió para proveer a los ferrocarriles y lucrativas industrias europeas, a manos de los astutos y prósperos Schwartz, Rothschild, Müller….
Hoy, en los mismos pueblos donde lloraron el derrumbe de los grandes carbayos y castañales del comunal, bajan los osos, y, al no encontrar alimento alguno en el monte, se meten en las casas, jardines y polígonos industriales, buscando pienso para perros en las naves o de los comederos para gatos que los ayuntamientos suministran a las «colonia felinas oficiales», síntoma de una sociedad enferma.
Juan Andrés Oria de Rueda Salgueiro, Círculo Lirio y Burgoa de Valladolid
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