¿A quién pertenece el crédito real de una comunidad política? (I)

«El Crédito Social –concluía el Sr. McKenna– no es crédito. Es una frase sin sentido y eso es todo»

Reginald McKenna (1863-1943)

A principios de septiembre de 1937 pasó por la Provincia canadiense de Alberta Reginald McKenna, antiguo Ministro de Hacienda británico entre mayo de 1915 y diciembre de 1916, quien andaba ostentando desde julio de 1919 la presidencia del, por aquel entonces, mayor banco comercial del mundo en volumen de depósitos, el Midland Bank, cargo que continuará desempeñando hasta su muerte en 1943. Unos meses antes, el principiante Gobierno albertano de Crédito Social había empezado a adoptar por fin una política decidida contra la Finanza Internacional bajo el asesoramiento de dos hombres de confianza (George Frederick Powell y Leslie Denis Byrne) enviados por C. H. Douglas, reavivándose así al máximo la campaña mediática que los poderes financieros venían infligiendo contra dicho Gabinete desde su establecimiento en agosto de 1935.

El Sr. McKenna no dejó de contribuir a esa campaña con unas declaraciones contra el Crédito Social, vertidas en el marco de una entrevista, y que fueron recogidas en la Prensa canadiense el día 7 de septiembre. Tomando como muestra el ejemplar de esa fecha del diario The Winnipeg Evening Tribune, vemos que el entrevistador principia recordando de manera resumida al Sr. McKenna unas antiguas afirmaciones suyas que solían repetir los creditistas en apoyo de sus tesis. En efecto, en su discurso a la asamblea general ordinaria de los accionistas del Midland Bank, habida el 25 de enero de 1924, el Sr. McKenna realizó el siguiente aserto: «La cantidad de dinero en existencia varía solamente con la acción de los bancos al incrementar o disminuir los depósitos. Sabemos cómo se efectúa esto. Todo préstamo bancario y toda adquisición bancaria de títulos-valores crea un depósito, y toda devolución de un préstamo bancario y toda venta bancaria [de títulos-valores] destruye uno» (Reginald McKenna, Post-war Banking Policy. A Series of Addresses, 1928, p. 76). Y en su discurso a la asamblea del año siguiente, habida el 27 de enero, reafirmaba: «Me temo que a los ciudadanos ordinarios no les gustará que se les diga que los bancos o el Banco de Inglaterra pueden crear o destruir dinero» (ibid., p. 93).

En las declaraciones de septiembre de 1937 se ratifica nuevamente en sus pasadas aserciones, pero añade que «ni el Mayor Douglas, ni el Sr. Aberhart, ni ningún otro creditista que yo conozca, jamás [las] han entendido realmente». Y trata de aclarar su posición con el siguiente ejemplo: «Supongamos que el Sr. Aberhart, en calidad de particular, viniera a mí, un banquero, con un depósito de $1.000, y yo los recibiera. Supongamos que él entonces, en su calidad pública de Primer Ministro de Alberta, me instara a adelantar un préstamo de $1.000 a algún digno pero apurado ciudadano que no pudiese proporcionar garantía alguna. Yo podría decirle: “Ciertamente, Sr. Primer Ministro, siempre que usted esté dispuesto a que yo no honre sus propios cheques mientras el préstamo esté pendiente, pues sus $1.000 es todo el dinero que yo tengo en depósito”. “Pero –exclamaría él– este préstamo de $1.000 creará un depósito adicional de $1.000. Usted mismo lo dijo así una vez”. “Cierto –replicaría yo–, pero el depósito del que usted habla no sería un activo en mis libros, sino un pasivo: un pasivo que yo debo estar preparado a satisfacer a la vista tan pronto como se firmen cheques contra él. Sería exactamente como su propio depósito a ese respecto; y yo no puedo hacer el préstamo a menos que esté seguro de que tengo suficiente efectivo o títulos-valores en mi cámara acorazada para satisfacer todos los cheques que usted y el prestatario puedan desear librar”. Y ése es todo el punto».

Y a continuación acaba señalando McKenna: «Es verdad que un préstamo crea un depósito; pero todo depósito es un pasivo para el banquero: dinero que él debe al depositante y que debe estar listo para pagar al instante. Lo que un banquero presta no es habitualmente efectivo en el momento del préstamo, sino su capacidad de pagar efectivo en cualquier momento: en otras palabras, su crédito. Es verdad que las demandas realizadas sobre el banquero en forma de cheques se esparcen y no vienen todas a la vez. Pero si los bancos de cualquier país prestasen demasiado libremente contra una pobre o morosa garantía, crearían una inundación de depósitos que no podrían ser capaces de satisfacer. Consecuentemente, la capacidad de los bancos de prestar depende no sólo de la garantía que se les ofrece, sino también de su capacidad de mantener una segura y adecuada reserva de efectivo [cash reserve]».

Finalmente, McKenna apunta en su entrevista que «el problema de Alberta en los años recientes […] no ha sido la falta de crédito, sino la falta de cosechas». Y denuncia al Crédito Social como una política económica de «crédito ilimitado». «Toda moneda –recalca– debe su valor, en parte, a la ley que la hace dinero de curso legal, pero también al mismo hecho de que su emisión es restringida. Si fuera emitido en cantidades ilimitadas, el dinero, igual que cualquier otra cosa, se volvería barato. Lo cual es sólo otra forma de decir que los precios subirían. Esto es exactamente lo que ocurrió en Rusia y Alemania. El rublo y el marco se quedaron sin valor porque se volvieron demasiado abundantes». McKenna, según extracta el artículo, terminaba reiterando que «el Crédito Social, tal como es prometido a los albertanos, no era crédito en absoluto, y no tenía conexión con el crédito en ningún sentido real de la palabra». Y se citaban seguidamente las siguientes palabras del financiero: «El crédito real […] debe implicar un compromiso de pagar efectivo en alguna fecha futura; respaldado por la capacidad de hacerlo. El trabajo de un banquero, tratando con crédito, es el de juzgar tanto el compromiso como la capacidad de cumplirlo. La única vía por la que puede realizar algún ingreso es extendiendo el crédito. Por tanto, cualquier banquero normalmente egoísta está naturalmente tentado a prestar tanto como pueda. Pero debe asegurarse de tener suficiente efectivo para satisfacer los cheques que le vengan; y por esa razón él debe estar lo más seguro posible de que los préstamos que realiza serán devueltos. El Crédito Social –concluía el Sr. McKenna– no es crédito. Es una frase sin sentido y eso es todo. […] solamente puedo deplorar el hecho de que algunos de ellos [los albertanos] hayan sido tan groseramente extraviados por esta panacea, que no tiene relación ninguna con el crédito, y que aparentemente ni siquiera es entendida por sus propios autores».

(Continuará).

Félix M.ª Martín Antoniano

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta