España sin domingo (I)

los ayuntamientos y organismos públicos han asumido este «culto al ocio» como el mayor de los bienes económicos y turísticos para el municipio

Entorno de terrazas de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Valladolid, en una tarde fresca y tranquila de otoño. Foto: Javier S. Molina

Mi padre cuenta la anécdota de que en la década de los 60, siendo monaguillo en Alar del Rey, veía como algunos hombres del pueblo se quedaban apostados en el pórtico de la iglesia, de cháchara durante la misa, provocando que el cura saliera a amonestarlos y a dispersar la reunión a la voz de «¡Si queréis hablar os vais al bar!». Esto hoy en día resulta impensable, ¿quién iría hasta una iglesia en la que se está celebrando misa para quedarse fuera?

En aquella Castilla preconciliar, todas las familias acudían a misa los domingos y días de precepto. Algunos lo hacían movidos por verdadera piedad; otros, por la simple costumbre de una sociedad aún no secularizada, tenían una inercia de salir de sus casas para ir a la iglesia (aunque se quedaran en la puerta). Décadas después el panorama es bien distinto: La inercia social ya no conduce al templo, sino directamente al bar. En nuestras calles y plazas conviven iglesias vacías con bares y terrazas abarrotadas en derredor suyo, donde se apiñan por igual turistas y vecinos —imagen habitual del domingo—.

Hoy muchos nietos de aquellos abuelos piadosos ya no pisan una iglesia. Salen de casa los domingos y van directamente al restaurante o a la terraza de turno; si no es porque están corriendo en una carrera popular o haciendo una ruta de senderismo. Y aun cuando visitan un templo, lo suelen hacer como plan turístico, en un marco de visita cultural. Nuestros contemporáneos, tristemente, han buscado otros ídolos y vanidades a los que rendir devoción. No lo han hecho porque antes no hubiera bares, juegos, monte o bellos retablos en las iglesias, sino porque la sociedad española, por la ruptura de la tradición, se ha vuelto europea, irreligiosa y ensimismada.

Nave central de la iglesia de San Martín de Tours en Frómista, Palencia, abierta predominantemente para el turismo. Foto de Javier S. Molina

El domingo, para muchos, es un día de jolgorio y relajación, sin recogimiento ni Comunión. En este parque temático (culturalmente católico) en que están convirtiendo los restos de la patria usurpada, el ruido de los vasos, de los camareros y del parloteo elevado de las mesas viene a eclipsar el llamamiento de las campanas y el piadoso silencio de la misa rezada.

Por su parte, los ayuntamientos y organismos públicos han asumido este «culto al ocio» como el mayor de los bienes económicos y turísticos para el municipio, consolidando un modelo donde el negocio y los llamados turismos «de interior», «gastronómico» o «urbano» priman sobre el respeto a todo lo sagrado, reducido por nuestros gobernantes liberales y laicistas a una atávica e incómoda subcategoría de lo «cultural»: lo «religioso».

Las terrazas han transformado las plazas de nuestras catedrales en escenarios de ocio y el mal llamado «turismo religioso» ha convertido los templos en meros atractivos patrimoniales. Ambos fenómenos son dos caras de la misma moneda: lo sagrado subordinado al mercado. Nos quieren imponer un concepto de España falso y corrompido, una España donde los turistas perciben nuestros templos únicamente como arquitectura y escultura —un reclamo majestuoso para hacer fotos—, mientras los bares y restaurantes que se sitúan alrededor son lugares en torno a los cuales «religarse». Una inversión completa. Las propias gentes locales, que cada vez adolecen más de fe verdadera, imitan este modelo, especialmente auspiciado por las redes sociales, la cultura y las políticas del entretenimiento. La plaza de la iglesia, la del convento y la de la catedral, se resignifican como escenarios de ocio y hostelería. El turismo llena el vacío espiritual de España y es venerado como el nuevo motor económico del país. (Continuará)

Javier S. Molina, Círculo Tradicionalista Lirio y Burgoa

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