Cuando se acerca la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración del Día de los Difuntos en nuestra tradición católica, surge casi con inevitabilidad el recuerdo de una obra que, más allá de su valor literario y teatral, se ha convertido en parte viva del alma española: D. Juan Tenorio, de José Zorrilla, estrenada en 1844 en plena efervescencia del Romanticismo español, una obra que articula el viejo mito del burlador pero le añade una novedad decisiva, la del arrepentimiento y la salvación, convirtiéndolo en un canto a la misericordia divina y a la esperanza eterna que late en el corazón de nuestra fe. Don Juan, el libertino que hace de la vida un juego de apuestas, duelos y seducciones, termina encontrándose con la muerte, con el juicio y con Dios; la estatua del Comendador cobra vida, el cementerio se convierte en escenario y las sombras se pueblan de símbolos de eternidad, de justicia y de perdón, porque todo en la segunda parte del drama respira el sentido católico del alma que busca redención. En uno de los momentos más intensos, Zorrilla pone en boca del protagonista aquellas palabras que resumen todo el drama de la humanidad:
«¡Aparta, piedra fingida! Suelta, suéltame esa mano, que aún queda el último grano en el reloj de mi vida. Suéltala, que si es verdad que un punto de contrición da a un alma la salvación de toda una eternidad, yo, Santo Dios, creo en Ti; si es mi maldad inaudita, tu piedad es infinita… ¡Señor, ten piedad de mí!».
Es la confesión última, la rendición del hombre ante el Amor que perdona, la afirmación de que la misericordia vence incluso al pecado más hondo.
Por eso, D. Juan Tenorio no es una simple pieza romántica ni un recuerdo escolar: es una obra católica, hondamente española, vinculada al calendario espiritual de nuestras fiestas y conmemoraciones, porque nada hay más apropiado para las noches del 31 de octubre, el 1 y el 2 de noviembre que sentarse en un teatro (o visionar por algún medio) y dejarse envolver por este misterio escénico que une el arte, la fe y la memoria de nuestros muertos. Mientras otras culturas llenan nuestra sociedad de disfraces y máscaras, España tiene su propia tradición, y esa tradición se llama D. Juan Tenorio. En esas fechas dedicadas a los santos y a los difuntos, el pueblo cristiano recuerda la comunión entre los vivos y los muertos, reza por las almas del purgatorio y se afirma en la esperanza de la resurrección; y precisamente esos mismos temas son los que laten en el drama de Zorrilla, porque allí están la muerte y la vida, el juicio y la gracia, la culpa y la absolución, la memoria de los que nos precedieron y la promesa de la eternidad.
Durante generaciones, ver D. Juan Tenorio en torno al Día de Todos los Santos fue un rito, una cita ineludible, una costumbre que llenaba los teatros de familias, de jóvenes, de estudiantes, de ancianos, de todo un pueblo que se reconocía en esas palabras, en esas sombras y en esa música del alma española. En muchas ciudades todavía se mantiene la tradición, como en Alcalá de Henares, donde se representa al aire libre, o en Sevilla, donde algunos grupos lo interpretan entre los muros del cementerio o en los patios de antiguos conventos. Esa persistencia demuestra que la obra trasciende el ámbito literario y se convierte en una verdadera liturgia del espíritu nacional. Ir al Tenorio no es simplemente asistir a una función teatral: es participar de una herencia, es renovar una memoria, es vivir un acto de fe en forma de poesía y drama.
Y quizá hoy, más que nunca, necesitamos recuperar ese gesto sencillo y hermoso, donde resuena la misma verdad eterna: que la muerte no es el final, que existe el juicio, que existe el perdón, que la vida humana tiene sentido porque hay un Dios que salva. Zorrilla, sin proponérselo tal vez del todo, nos dejó en su obra una catequesis poética, una lección de teología vivida, una representación del alma pecadora y del Dios misericordioso que la busca. Frente al vacío espiritual de la cultura moderna, D. Juan Tenorio nos ofrece el camino del arrepentimiento y de la esperanza. Por eso cada año debemos acudir, debemos llenar los teatros, debemos enseñar a los niños y a los jóvenes que esta es nuestra tradición y que verla es una forma de rezar por los muertos, de afirmar la vida eterna, de mantener encendida la llama de la Fe en medio de la oscuridad del mundo.
¡Que nadie diga que no hay tradiciones españolas para estas fechas! Las hay, y son bellísimas. D. Juan Tenorio es una de ellas, quizá la más nuestra, la más católica, la más viva. Que este año, en vez de máscaras y calabazas, haya versos de Zorrilla; que en vez de ruidos vacíos haya silencio atento ante la palabra poética que nos recuerda que incluso el peor pecador puede salvarse; que en vez de frivolidad haya arte, belleza y Fe. Que las familias vuelvan a llenar las butacas, que en los colegios, los padres pidan que la representen sus hijos, que los jóvenes descubran el temblor de aquellos versos, que las ciudades hagan del Tenorio una cita habitual de otoño, como se hacía antaño. Porque si España vuelve al teatro para ver D. Juan Tenorio, tengan por seguro mis pacientes lectores, España volverá también a recordar quién es: un pueblo de alma creyente, que honra a sus muertos, que ama la belleza y que confía en la misericordia de Dios.
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
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