Funeral de Estado

convienen algunas reflexiones. Nada es casual en este tipo de eventos

Felipe Juan, jefe del Estado, ejecuta saludo oficial acompañado por su cónyuge, Letizia. Los escolta Sánchez. Foto ABC/Mikel Ponce

El laicismo es la puerta de entrada de todos los males que acechan a la sociedad. El otro día en Valencia fuimos testigo de una consecuencia más del laicismo lacerante en el que España lleva hundida décadas.

Al cumplirse un año de las inundaciones que devastaron los pueblos y las tierras de Valencia, el gobierno central organizó un funeral de Estado por las víctimas que fallecieron tras la inacción y la desidia de los gobiernos central y regional. El «evento» fue patrocinado como un «Inicionaje de Estado en memoria de las víctimas de la DANA» y «presidido» por Felipe y Leticia que han estado acompañados por el presidente del Gobierno y por representantes de los distintos poderes del Estado y altas instituciones.

El acto se desarrolló como suele ser habitual en los estados laicos y masonizados: saludo a las víctimas, interpretación del Himno Nacional y otras piezas musicales, discursos llenos de reproches de familiares de las víctimas, ofrenda floral a un monumento aséptico, una especie de estrado vacío de estética masona, minuto de silencio…

Pero tras la descripción, convienen algunas reflexiones. Nada es casual en este tipo de eventos. Galarreta lo recordaba muchas veces. Es bueno buscar el origen de los actos, las causas de este tipo de eventos, las personas que hay detrás, los que han tomado las decisiones. Podemos imaginarlo, pero, lamentablemente, no lo sabremos con seguridad. Pero nada está puesto al azar.

Familiares de las víctimas. Foto El País/Mónica Torres

Hasta hace poco estábamos acostumbrados a ceremonias religiosas católicas que eran ofrecidas por las almas de los difuntos de una tragedia. Quizá no todos los presentes eran católicos fervientes, tampoco los gobernantes eran especialmente piadosos ni ejemplares, pero se ofrecía lo mejor que teníamos que era la fe católica heredada de nuestros padres. Tras la epidemia de covid se inauguró una nueva época en España en la que se han venido desarrollando diversos actos que han sustituido a la Santa Misa y que se han popularizado bajo el nombre de «funeral laico».

No existen los funerales laicos, entendidos éstos como rituales asépticos. Todo acto humano, nos enseña Aristóteles, tiene un fin. De manera análoga, podemos afirmar que todo ritual tiene un fin. El de ayer lo tenía; no uno, sino varios: desterrar a Dios del corazón de los que sufren, la mayoría culturalmente católicos y presentar a los «jefes estatales» como nuevos sacerdotes. Ellos conducen y guían al rebaño, cada vez más borrego, a los prados de fresca hierba de la sociedad «dismórfica» a la que nos dirigimos. Algunos dirán: «España no es un país laico es un país aconfesional» intentando apuntalar el fallido régimen del 78. En la práctica, todos sabemos que es lo mismo. Ambos tienen la misma pretensión, destronar a Cristo.

El acto pretendía también ser un ajuste de cuentas político. Nada mejor que las masas exaltadas para atacar al enemigo político, por muy inútil que sea, Y he aquí una diferencia enorme entre un funeral católico y un acto de este tipo. El funeral católico, la misma liturgia, las palabras, los gestos y el rito, tienen como fin rezar por las almas de los fallecidos e infundir en los fieles que asisten la esperanza en la Vida Eterna; ambos fines son capaces de operar un cambio en el ánimo y el alma de los fieles: consolar el corazón del hombre entristecido por el drama de la muerte y encauzar y moderar sus pasiones y sus rabias.

Este tipo de eventos consiguen lo contrario. Dirigidos por hombres y ofrecidos a la nada, pues son un mero recordatorio de una existencia que ya no tiene ningún tipo de continuidad, provocan en las personas más débiles una exaltación tal de las pasiones más bajas que anidan en su corazón, que convierten la ceremonia en un acto violento y bochornoso. Quien visualizase lo que el otro día ocurrió, los gritos e insultos que se profirieron, las caras de los asistentes, se dará cuenta de una violencia que es difícil de contemplar.

Una última reflexión, sobre el «espacio litúrgico». El lugar escogido, un pabellón de la «selenítica» Ciudad de las Artes de Calatrava, blanco y frío hormigón, una «asamblea» cerrada sobre sí misma, el monumento central, la cadena de ADN al fondo… todo humano, todo frío, sin ninguna esperanza, sin ninguna referencia a algo que pueda sostener nuestras vidas fuera de nosotros mismos.

Un católico no puede participar en este tipo de eventos. Es un acto más que deslegitima al presidente del gobierno y a la monarquía liberal. Es una novedad que va afianzándose en nuestro país y que no puede pasar inadvertida. Los católicos deberíamos haber contraprogramado. Se debería haber hecho un funeral oficial por las víctimas de la DANA, el mismo día, a la misma hora, en la S.I. Catedral y presidida por el Arzobispo de Valencia o el Nuncio o el mismísimo Santo Padre. Sólo este tipo de actos, que los católicos debemos exigir a los obispos, pueden frenar la apostasía y la perversión que generan este tipo de actos de Estado.

P. Juan María LatorreCírculo Cultural Alberto Ruiz de Galarreta (Valencia)

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