La mentalidad apolítica en la tradición católica

Frente a los apolíticos, responde el Arzobispo Lefebvre

El Arzobispo Marcel Lefebvre. Foto: Alamy, extraída de la revista The WM Review

Triunfo del liberalismo es también la creciente mentalidad apolítica de muchos católicos tradicionales. Con un acertado análisis de la crisis eclesiástica con ocasión del Vaticano II y la asunción del triunfo casi total de la herejía modernista en sus diversos grados progresista o conservadora, en muchos fieles la posibilidad de lograr una restauración del orden social cristiano en España (y demás naciones que otrora conformaron la Cristiandad) resulta una tarea colosal y casi imposible de realizar. Y, ciertamente, si sólo contáramos con nuestras propias fuerzas humanas así sería, pero de este correcto análisis no se justifica en modo alguno llegar a conclusiones erradas, tales como que del mantenimiento de la fe católica de siempre se siga necesariamente la ortodoxia católica en materia política. Ya tenemos y conocemos ejemplos suficientes a lo largo y ancho de la historia que dan muestra de que esto no es así. Pero incluso aunque así fuera, no sería de suyo aceptable pues implicaría la negación de los dos poderes, de las dos espadas, otorgando solamente a una, la que es superior, la exclusividad de la que brotarían ambas, cayendo así en un clericalismo craso.

Reconociendo que no tiene sentido procurar la restauración de la sociedad tradicional contra la tiranía liberal si uno no pretende lo mismo para con la Iglesia que ha sufrido y sufre de la misma revolución, no es menos cierto también considerar que, de la sola restauración de la Iglesia se logrará la restauración de la Ciudad Católica, desinteresándose de lo propio que es social y político. Por ello vemos la paradoja de que existan católicos tradicionales que, públicamente apoyan a partidos políticos liberales, o bien defienden abiertamente un clericalismo apolítico de raíz protestante y americanista y que, por acción u omisión, acepta la política de los hechos consumados. O bien que, en el mejor de los casos y legitimando la opción política tradicionalista, imprudentemente permiten el apoyo a opciones políticas revolucionarias y accidentalistas simplemente porque hayan rescatado algunos elementos propios del tradicionalismo político, desvirtuándolo.

No olvidemos, pues, que el modernismo viene del liberalismo y que fue el derrocamiento, por parte de la Revolución, de las murallas que suponían las monarquías cristianas lo que dejó libre el camino para asaltar el Castillo (la Iglesia) que por esas murallas era defendido. Sin revoluciones liberales no hubiera habido Vaticano II. Del liberalismo en el mundo católico nació el modernismo posterior.

El hecho anterior es el hilo narrativo del Arzobispo Marcel Lefebvre en una de sus obras más célebres: Le destronaron, del liberalismo a la apostasía – La tragedia conciliar. Las siguientes citas están extraídas del capítulo VII, titulado: Jesucristo, ¿Rey de las Repúblicas? Frente a los apolíticos, afirma el Arzobispo Lefebvre, refiriéndose al que tuvo como rector del seminario francés de Roma, el Padre Henri Le Floch:

«El Padre Le Floch, que era entonces el superior, ha tenido en efecto una reputación muy marcada de tradicionalista. Se dirá entonces de mí: “¡Fue influenciado por lo que se le dijo en el seminario!” Y bien, no niego esta influencia, más aún, agradezco todos los días a Dios el haberme dado como superior y maestro al Padre Le Floch. Se lo acusó entonces de hacer política ¡y Dios sabe que es todo lo contrario a un crimen el hacer la política de Jesucristo y suscitar hombres políticos que usen todos los medios legítimos, incluso legales, para expulsar de la sociedad a los enemigos de Nuestro Señor Jesucristo!».

Más adelante, refiriéndose a la posibilidad teórica de una democracia no liberal, recuerda igualmente el Arzobispo la necesidad de que el poder no retorne al pueblo una vez elegido gobernante:

«[…] es de Dios que viene el poder al pueblo, de Dios Autor de la naturaleza social del hombre y no de los individuos-reyes. Y una vez que los gobernantes son elegidos por el pueblo, este último no conserva el ejercicio de la soberanía».

Y poco antes de la mención anterior, afirmaba:

«[…] el Doctor común estima que el mejor régimen político es concretamente una monarquía en la cual todos los ciudadanos tienen cierta participación en el poder, por ejemplo, eligiendo a aquellos que han de gobernar a las órdenes del monarca. Es, dice Santo Tomás, un régimen que alía bien la monarquía, la aristocracia y la democracia».

¿Qué es sino esto que la soberanía social esbozada por Vázquez de Mella? ¿Qué no es sino el régimen de sociedad tradicional corporativo-gremial, orgánica y foral que corona nuestra monarquía católica que los carlistas, por derecho, defendemos?

Ricardo Guillérmez

Deje el primer comentario

Dejar una respuesta