En la primera parte de este artículo, veíamos cómo la percepción del domingo como día del Señor va desapareciendo en una sociedad ya altamente secularizada y europeizada, y se concibe como día de ocio, fenómeno visible en bares y terrazas, pero también en los templos que se erigen en medio de estos lugares, muchas veces ya no conocidos como lugar destinado al culto divino, sino como un reclamo para que los turistas entren y vean arte sacro en medio de su dilatada y autocomplaciente agenda cultural. La familia media de los años 50 ó 60 iba a misa —aunque después fuera a tomar algo en los bares del pueblo—, las familias actuales son más propensas a profanar por completo el domingo (por ignorancia, a saber si invencible) y dedicar el día a ir de cañas, tapas y copas entre carcajadas y rostros disolutos, y a no pisar una iglesia salvo que entre dentro de sus planes turísticos.
Así, en Valladolid (Catedral de Nuestra Señora de la Asunción), Palencia (Catedral de San Antolín) o Segovia (Catedral de Santa María de la Asunción y San Frutos), o ya no digamos Burgos (Catedral de Santa María), los templos se presentan en folletos oficiales como un recurso cultural —muchas veces con entrada de pago—, para quien quiera visitar sus tesoros como un museo más, sin contemplar que todavía existan fieles que quieran «únicamente» entrar a orar, a encender unas velas a un santo o a dar limosna, sin pagar la visita. Con el respaldo de sus respectivos cabildos, estos espacios sagrados se abren al público como museos diocesanos o culturales, entregándose a la tutela de la Junta de Castilla y León, el Ministerio de Cultura, diversas fundaciones patrimoniales y, cómo no, la Unión Europea, siempre ávida de conceder subvenciones a cambio de que seamos «estómagos agradecidos», afianzando así el pretendido sector turístico-religioso nacional.
La religión queda reducida a reclamo, a espectáculo para el viajero; se dejan de percibir las capillas y retablos, o las casullas del rito romano, como algo hecho para la liturgia, se fomenta su contemplación pasiva, como si fueran antiguallas expuestas, que se miran pero no se tocan porque tienen valor artístico. Pero la religión no puede ser un producto para turistas. Transformar el templo en mero recurso cultural, o el domingo en jornada de ocio, desnaturaliza nuestra identidad y nuestra relación con Dios, arrancando a España de sus raíces católicas y debilitando la patria «Christianitas minor »para injertarla en el tocón muerto de Europa y su patrimonio pretérito. Frente a este modelo de la España europea, urge recordar la vieja España como cabeza de los reinos cristianos, en la que el domingo es, primero y ante todo, para el Señor. El día del Señor, el día de la Iglesia. Vivirlo así, como transmisión y testimonio a hijos y coetáneos, constituye también un acto de coherencia y de lealtad patriótica.
Y para ir finalizando aclaramos que bares y terrazas, de por sí, como lugar de reunión, no tienen nada de malo; al contrario, frente a los antros y las «trampas» para turistas, el carlista probablemente sea un gran conocedor de los sitios decentes a los que ir con sus correligionarios, suficientemente aptos y convenientes como para llevar también a mujeres y niños, sitios en los que se coma y se beba razonablemente bien, donde se pueda conversar tranquilamente… ¡e incluso fumar!
La diferencia es clara: el carlista —al igual que aquellas familias de los años 60 que no se dejaban distraer por una sociedad cambiante— sabe que el domingo comienza en el altar, y que sólo después viene el bar; y la iglesia no puede ni debe ser un mero reclamo turístico, donde reinen el bullicio, el paseo, la cámara de fotos ni la cháchara. No denunciamos el vermú compartido tras la misa, sino la inversión de prioridades que domina hoy en la sociedad, donde el ocio y el turismo —sectores en los que los gobernantes que padecemos quieren poner la virgulilla de la eñe de Ex-paña— se anteponen al domingo santificado, epicentro de la semana para el español tradicional.

Javier S. Molina, Círculo Tradicionalista Lirio y Burgoa
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