Las mujeres y el sufragio universal

Tiene derecho a votar, sí; pero no derecho a ser lo que era: guardiana del alma, reina del hogar, sacerdotisa del amor y de la vida

Nos han contado el cuento de que la dignidad de la mujer empezó el día en que le dieron una papeleta para votar. Hasta entonces, según los manuales de la modernidad, todas las mujeres vivían encerradas, calladas, tristes, peinadas con moño y rezando el rosario sin entender muy bien por qué. Y de pronto —¡oh milagro democrático!— una urna se abrió, y las mujeres descubrieron que tenían alma, cerebro y derecho a equivocarse cada cuatro años, igualito que los hombres. Parece que no fueron ni Cristo ni la Virgen María ni Santa Teresa: el auténtico redentor femenino fue el colegio electoral.

Pero cuando Santo Tomás de Aquino escribió en el siglo XIII que «en la naturaleza humana, tanto en el varón como en la mujer, existe la misma dignidad, porque ambos participan de la razón», las sufragistas aún no habían aprendido a hacer pancartas. La Iglesia llevaba siglos venerando a mujeres fuertes, sabias, santas, mártires, reinas de países y también a reinas del hogar. Pero claro, esto no tiene «glamour»: ninguna de ellas llevaba pancarta de «mi cuerpo, mi papeleta».

El cristianismo elevó a la mujer del rango de objeto al de persona. El paganismo, ese que ahora vuelve disfrazado de «empoderamiento» —porque abandonado el cristianismo, volvemos inexorablemente a la caverna— la consideraba un mueble útil o una decoración griega. Como recordó Pío XII, «la verdadera emancipación de la mujer fue obra del cristianismo, no del feminismo». Pero hoy, en cualquier lugar donde lo recuerdes, serás acusado de «medieval» (el siguiente nivel en insultos, después de la acusación de machista). Lo curioso es que las medievales sabían latín y los modernos no saben ni conjugar en el idioma que hablan.

El sufragio universal no dio dignidad, dio un formulario. La mujer no entró en la vida pública como reina, sino como votante, es decir, como número, a igual que el hombre, pero (entonces) con falda. No conquistó el poder: conquistó la cola del colegio electoral. Una especie de igualación por abajo.

Y desde entonces, cada campaña, la política la corteja con flores, sonrisas y promesas que duran lo mismo que un esmalte barato.

El voto igualitario no la liberó del hombre: la encadenó al Estado, como a él. Pasó de oír al marido a oír al Presidente del gobierno, que vino a ser lo mismo, pero sin cariño ni desayuno por las mañanas. De ser madre, pasó a ser «recurso humano».

Eso sí: ahora puede votar para elegir qué burócrata le explica cómo debe criar a sus hijos. Todo progreso. El voto femenino no lo concedieron por amor a la mujer, sino por hambre de votos. Los mismos políticos que arruinaron familias descubrieron de pronto que las mujeres también podían votar…como ahora los niños también pueden comprar y pagar impuestos. Fue un gesto de ternura: ya que las despojaban de hogar, al menos que participasen en el despojo.

La modernidad necesitaba mujeres sin raíces: sin padres sin marido, sin hijos, sin rosario, pero con nómina y con urna. Ser libres… para elegir entre tres marcas de ideología que perpetuasen su soledad (como la del hombre).

¡Qué liberación! Ahora todas pueden ser iguales: igualmente solas, igualmente cansadas, igualmente clientes.

Y eso a través de algo tan en boga como el «feminismo», que nos ha venido como marea a tierra seca, dejado tanta espuma como poco fondo con las célebres «olas del feminismo». Porque si de mar se tratase, la primera fue un chapuzón frío; la segunda, un remolino de histerias; la tercera, una resaca; y la cuarta, un tsunami de confusión que ha anegado hasta el sentido común.

La primera ola (aproximadamente 1848-1920), dicen, trajo el «derecho al voto». ¡Como si el derecho empezara cuando metieron un papel en una urna! Antes de eso —qué horror, qué atraso— las mujeres solo fundaban órdenes religiosas, gobernaban reinos, administraban haciendas, dirigían hospitales y educaban generaciones enteras. Pero claro, les faltaba el supremo don democrático de tachar una papeleta cada cuatro años y aplaudir al político de turno.

La segunda ola (décadas de 1960-1980) llegó con minifalda y quemando sujetadores, no por castidad, sino por combustión ideológica. Aquellas heroínas, armadas con pancartas y eslóganes, reclamaban «liberarse del hombre». Y vaya si lo consiguieron: se liberaron del hombre que las amaba, del padre que las protegía, del hijo que las necesitaba y, finalmente, de sí mismas.

Luego vino la tercera ola (década de 1990-2010), que ya no sabía muy bien a quién liberaba ni de qué. Todo se volvió una sopa de letras: sexo biológico, género fluido, empoderamiento líquido. En resumen, el feminismo se volvió tan inclusivo que ya no sabía si defender a las mujeres o competir con ellas en concursos de belleza… con barba.

Y por fin, la cuarta ola de feminismo (desde 2012 hasta hoy), digital y viral, que navega en Twitter como barco sin timón. Sus piratas son influencers de pestaña postiza que bloquean a quien disiente. Claman contra el patriarcado desde un iPhone fabricado por hombres explotados en China, y se declaran «libres» mientras mendigan «visibilidad», «likes» y muchísimo dinero público.

Pero, eso sí, todo en nombre de la dignidad femenina. Esa dignidad que antaño resplandecía en una Santa Teresa que corregía teólogos, una Isabel la Católica que fundaba naciones, una Catalina de Siena que reprendía Papas, o una Juana de Arco que mandaba ejércitos. Ninguna de ellas necesitó un «ministerio de igualdad» para brillar: les bastaba la gracia de Dios y el deber cumplido.

Hoy, en cambio, las nuevas amazonas del progreso confunden virtud con victimismo, maternidad con opresión y modestia con delito. Reclaman «igualdad» con tanto ardor que han terminado por ser todas iguales entre sí: un mismo discurso, la misma consigna, el mismo aburrimiento.

Así que, si alguna de estas olas llega a su puerta, no se alarme. No es el mar de fondo: es la marea de un siglo que ha perdido el rumbo. Y mientras ellas siguen gritando «mi cuerpo, mi decisión», la Tradición responde serenamente: «mi alma, mi salvación».

Porque, dicho sea de paso, si de poder se trata, las mujeres católicas lo han ejercido con más elegancia, firmeza y éxito que muchas de estas féminas. Insisto: Santa Isabel de Hungría, sin necesidad de sufragio, gobernó un reino y fundó hospitales; Santa Brígida aconsejó a Papas; Santa Catalina de Siena los reprendió —¡y la escuchaban!—; Santa Teresa de Jesús reformó conventos, escribió mejor que media Real Academia y fundó más «sedes» que cualquier partido político.

Isabel la Católica, sin hashtag ni cuota, unificó reinos, conquistó Granada y financió el descubrimiento de América, todo ello sin interrumpir el rosario.

Y por si alguien cree que sólo reinaban en altares o tronos, ahí están Sor Juana Inés de la Cruz, que discutía con teólogos y ganaba, o la Beata Mariana de Jesús, que hizo temblar a los virreyes con su virtud.

Ninguna necesitó «empoderarse»: estaban ya empoderadas por la gracia. No necesitaban escaños: tenían alma, y eso pesa más que el voto en la urna.

Las santas y reinas de la Cristiandad gobernaban sin partidos, reformaban sin subvenciones y conquistaban sin eslóganes. Y no piense nadie, estimados lectores, que las demás mujeres, en sus familias, eran menos.

Mientras tanto, hoy se celebra como gran triunfo que una ministra logre presidir un comité que no decide nada, pero con perspectiva de género y rueda de prensa. ¡Otra vez el progreso!

Hoy, cuando la mujer moderna presume de tener «voz», conviene preguntarse si la voz es suya o del algoritmo. Tiene derecho a votar, sí; pero no derecho a ser lo que era: guardiana del alma, reina del hogar, sacerdotisa del amor y de la vida.

Ahora puede elegir qué ideología le explica por qué debe avergonzarse de tener hijos.

Resumiendo, el sufragio no fue una conquista, sino una capitulación con confeti. La mujer, en lugar de elevar la política, fue arrastrada por ella. Lo que perdió fue su trono.

Y lo más cómico de todo: el feminismo, después de dos siglos de lucha, ha logrado que la mujer pueda hacer todo lo que hacía el hombre… menos ser feliz, pese a las cuotas.

Frente a las olas pasajeras del feminismo, permanece la Roca de María, la Mujer por excelencia, la que no reclamó derechos, sino que cumplió su deber con perfección divina. No escribió manifiestos, pero su «fiat» cambió la historia del mundo. No buscó empoderarse, porque era ya la llena de gracia.

Ella, que con su humildad aplastó la soberbia de Eva, muestra a todas las mujeres el camino verdadero: el de la pureza, la fortaleza, la ternura y el sacrificio. Si el feminismo promete igualdad bajando al barro, María ofrece reinar subiendo al cielo.

Mientras el mundo celebra cada 8 de marzo su carnaval de consignas, los católicos celebramos cada día el Magníficat de la verdadera liberación: «Ha hecho en mí cosas grandes el que es poderoso».

¿Y los hombres? Embarcando en la «nueva masculinad».

Manuel Gerpe Gutiérrez

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