Hasta entrados los años 80 del pasado siglo, las canonizaciones de los mártires españoles en la guerra de 1936-1939 fueron paralizadas por el Vaticano para evitar politizaciones. Lo que no decían era que la no-canonización ya suponía otra politización, esta vez a favor de los herederos espirituales de los verdugos de estos mártires. Mucha gente, incluso entre los católicos, tenían la osadía de defender esta postura. Bajo el paraguas de un falso «espíritu de reconciliación», evitaban pronunciarse sobre lo que ocurrió en España entre 1931 y 1939. Sin embargo, después de las sucesivas canonizaciones (maquilladas y disimuladas en algunos aspectos), la esquizofrenia de este pensamiento ha dado un paso hacia delante.
El pasado 7 de noviembre Monseñor Munilla hizo unas declaraciones en su relativamente popular programa diario Sexto Continente dignas de reseñar. En los primeros diez minutos recordaba a Pedro Poveda y los mártires «de España en el siglo XX» (terminología que, por sí sola, daría para varios artículos), narrando algunos de los espantosos episodios en los que miles y miles de españoles dieron su vida por ser fieles a Cristo. Pero en ese contexto, Munilla toma la postura de los exquisitos, de la que ya hablara Vicente Marrero, explicando que para llegar a la reconciliación no se puede plantear la historia (y, en este caso, la guerra de España) como una guerra de malos y buenos y haciendo ver que solo la equidistancia es la postura razonable a la hora de acercarse a este conflicto.
Pero, ¿cómo va a ser posible la equidistancia en un conflicto así? ¿Cómo se puede recordar a los más de 10.000 mártires que murieron por no renegar de Nuestro Señor y acto seguido decir que no podemos posicionarnos? En pocos momentos de la historia de España fue tan sencilla la toma de posición para un católico como lo fue en el verano de 1936. Mientras que un bando se dedicaba a exterminar a todo lo que oliera a católico, a tradición, personas y cosas, el otro bando salió para defender justo a esa España que se resistía a morir.
Los carlistas distinguimos muy bien entre el Alzamiento, la Guerra y el Régimen que lo siguió, tampoco podemos caer en el error grosero y derrotista de mantenernos en la equidistancia. Como escribía Manuel de Santa Cruz, es preferible «la guerra civil a la pérdida de la civilización cristiana».
Si monseñor Munilla hubiera sido obispo hace 90 años, probablemente habría muerto asesinado por uno de los dos bandos, y no por el otro. Es un deber de justicia y un deber de piedad el reconocer la labor de tantos y tantos españoles y católicos que dieron su vida para que la Iglesia católica siguiera existiendo en España. No odiamos a los enemigos y perdonamos a los que nos persiguen, pero en ningún caso vamos a poner en pie de igualdad a los que trataron de destruir España y a los que lucharon por defenderla. No, los victimarios y las víctimas no son iguales.
La equidistancia de la que hace gala una buena parte del mundo católico (empezando por las jerarquías) alrededor de la guerra de España, podía sostenerse con menor vergüenza intelectual antes de las canonizaciones realizadas por Roma. Pero después, lo único que queda es la incongruencia del pensamiento o la cobardía frente a la izquierda.
Joaquín Barella, Círculo cultural Alberto Ruiz de Galarreta
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