Vivimos tiempos en que el hombre debe disculparse por serlo. La llamada «nueva masculinidad» no nace del deseo de mejorar al varón, sino de su demolición sistemática. Bajo la máscara de la autocrítica y la deconstrucción, se esconde una pedagogía del desarraigo: un varón que no protege, no guía, no asume su responsabilidad, no representa un principio de autoridad, sino que se convierte en una sombra de lo que fue.
Roger Scruton lo advirtió en su obra The Uses of Pessimism, avisando de que cuando se destruyen las formas de respeto hacia lo masculino, la sociedad pierde el sentido de la protección, del sacrificio y de la responsabilidad (Lo masculino, en su sentido pleno, no es brutalidad, sino capacidad de dominio de sí y entrega hacia el otro. Pero la cultura contemporánea confunde fuerza con opresión, autoridad con autoritarismo, virilidad con violencia.
Carl Gustav Jung señaló en Arquetipos e inconsciente colectivo que la desaparición del arquetipo paterno genera hombres inseguros, incapaces de orientar su propia energía. Esta desaparición ha sido deliberada. El feminismo radical y la ingeniería social posmoderna han orquestado una campaña contra el padre, símbolo del límite y de la ley. Alexander Mitscherlich en Sociedad sin padre llega más allá considerando que cuando la figura paterna es ridiculizada o ausente, los hijos quedan sin brújula interior. Y ese vacío lo llenan las ideologías, los influencers o los discursos victimistas.
Hoy el varón educado en la «nueva masculinidad» no protege, sino que pide perdón; no lidera, sino que se justifica; no enseña, sino que se disuelve, parafraseando, en una empatía líquida, incapaz de comprometerse con nada sólido. La masculinidad ya no se transmite, sino que se corrige con manuales de «deconstrucción del machismo».
Lo que se presenta como avance es, en realidad, un experimento antropológico. La «nueva masculinidad» forma parte del proyecto gramsciano de transformar la cultura y los valores tradicionales. Antonio Gramsci escribió que quien conquista la hegemonía cultural, conquista el alma de una civilización (Cuadernos de la cárcel). Y nada hay más decisivo que redefinir al hombre y la mujer, destruyendo su complementariedad natural. Ernesto Laclau afirmaba que toda identidad es una construcción discursiva y que debe ser permanentemente desestabilizada (La razón populista). De ahí que hoy se hable de «masculinidades múltiples»: ya no hay una naturaleza humana, sino narrativas negociables.
Pero el resultado es devastador. Como advierte Jordan B. Peterson, a los jóvenes se les enseña que su deseo de ser competentes y fuertes es opresivo; y después nos preguntamos por qué desaparecen los hombres responsables (12 Rules for Life, 2018). Se pretende un varón sin impulso, sin jerarquía, sin espíritu de lucha; un hombre neutralizado.
La escuela y los medios de comunicación se han convertido en instrumentos de esta pedagogía del arrepentimiento. Se enseña a los niños a cuestionar su masculinidad, a revisar sus privilegios, y a sentirse potencialmente culpables de todo mal histórico. Pero ningún pueblo puede educar a sus hijos en la culpa sin destruir su porvenir.
Christopher Lasch afirmaba que una cultura basada en el narcisismo y la autocompasión incapacita para el sacrificio, la paternidad y el deber (La cultura del narcisismo, 1979). Esa es, precisamente, la meta de la nueva masculinidad: fabricar varones dóciles, desprovistos de la autoridad moral y espiritual que sostenía la familia y la comunidad.
Frente a este modelo blando, conviene recordar lo que el mundo clásico y cristiano entendía por virilidad. Para Aristóteles, la andreia (virtud viril) no consistía en la violencia, sino en el coraje para defender lo justo. En el cristianismo, la virilidad fue elevada a su sentido más alto: Cristo, varón perfecto, une la fuerza y la mansedumbre, la autoridad y la caridad. No humilla, sino que se entrega.
Pío XII, en un discurso a los hombres católicos (1941), exhortaba que no se dejaran arrebatar la nobleza de la misión de varones: la familia y la sociedad esperan de ellos fortaleza, pureza, sacrificio. Palabras imposibles de pronunciar hoy sin ser acusado de «patriarcales».
S. Lewis tituló uno de sus ensayos La abolición del hombre. En él describe al «hombre sin pecho»: criatura instruida para sentir vergüenza de sus instintos nobles. Tal es el fruto de la «nueva masculinidad»: hombres sin pecho, sin trascendencia, sin padre, sin Dios.
Recuperar la masculinidad no es camino al machismo, sino a la verdad del varón: fuerza al servicio del bien, razón iluminada por la Fe, amor dispuesto al sacrificio. En una civilización que ha confundido ternura con debilidad, quizá el acto más contrarrevolucionario sea volver a ser hombre.
Manuel Gerpe Gutiérrez
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