«Nosotras parimos, nosotras decidimos»

la introducción del «nosotras» en el matrimonio no es un accidente semántico, sino la consecuencia lógica de un proceso ideológico que ha socavado las bases mismas de la familia cristiana y natural

Desde la psicología del sistema familiar se advierte un fenómeno que explica en gran medida la crisis del matrimonio contemporáneo: cuando el vínculo entre esposo y esposa, que debería constituir una unidad de decisión y de afecto, se ve invadido por un tercer polo de poder —ya sea la madre, la hija, las amigas o los grupos digitales que conforman el llamado «nosotras»— se produce lo que Murray Bowen denominó la triangulación.

Este psicólogo norteamericano, fundador de la teoría sistémica familiar, define el triángulo como «una relación de tres personas que constituye la molécula mínima de los sistemas emocionales» y añade que «cuando la tensión es demasiado alta para que una díada la contenga, se introduce un tercero». Según Bowen, esa interferencia estabiliza momentáneamente las tensiones, pero al precio de destruir la diferenciación del yo y de minar la relación primaria de la pareja.

Estudios contemporáneos sobre la «diferenciación del yo» (differentiation of self, DoS) confirman que cuanto más se protege la díada conyugal de intromisiones externas, mayor es la calidad marital y la salud psicológica de ambos esposos. Desde la sociología clásica, Talcott Parsons y Robert Bales ya advertían que la familia nuclear cumple una función de integración y socialización fundamental y que cualquier fragmentación interna rompe su equilibrio funcional. Cuando aparece un «nosotras decidimos», se produce una subversión de los roles naturales y una crisis de autoridad: el esposo queda relegado a una posición de espectador, mientras la mujer actúa como portavoz de un colectivo externo que pretende cogobernar el hogar. La psicología familiar -como ya hemos visto- lo llama triangulación; la sociología, pérdida de la función integradora; y la filosofía tradicional, desorden del principio de autoridad. Todo ello es fruto de una mutación cultural que no es espontánea, sino que responde a una estrategia ideológica que desde los años sesenta ha hecho de la familia el campo de batalla principal.

Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, ya había comprendido que para transformar la sociedad no bastaba con conquistar el poder político: era necesario conquistar la hegemonía cultural, penetrar en las conciencias, reeducar los hábitos y reformular los vínculos naturales. La familia, la escuela y la religión debían ser sustituidas por nuevos instrumentos de socialización conformes al proyecto revolucionario. De esta semilla gramsciana surgirán más tarde las teorías posmarxistas de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, quienes plantearán la política como una «articulación de demandas» entre grupos oprimidos: obreros, minorías étnicas, «colectivos sexuales» y, por supuesto, mujeres. Laclau sostiene que «la identidad política se construye en la diferencia» y que la hegemonía se logra cuando un conjunto de identidades parciales se agrupan contra un enemigo común. El feminismo asumió ese esquema al pie de la letra: el «nosotras» debía enfrentarse al «ellos», y el primer «ellos» a abatir era el varón, símbolo de la autoridad, del orden y de la jerarquía. El liberalismo, por su parte, proporcionó el combustible individualista que faltaba al marxismo cultural. Si Gramsci enseñó a conquistar la familia desde dentro, el liberalismo enseñó a disolverla desde fuera, sustituyendo el deber por la elección, la obediencia por la autonomía y el bien común por el interés individual. En los años sesenta, la llamada «segunda ola» del feminismo, inspirada por Simone de Beauvoir y su célebre sentencia «no se nace mujer, se llega a serlo», impuso la idea de que el hogar y la maternidad eran construcciones patriarcales destinadas a oprimir. A partir de ahí, la liberación femenina se entendió como ruptura con el esposo o con el padre. La consigna «lo personal es político» transformó el ámbito íntimo en campo de batalla ideológica: cada decisión conyugal, desde la economía hasta la educación de los hijos, debía someterse al juicio del colectivo. Esa es la raíz cultural del actual «nosotras decidimos», que en su origen aludía al aborto, pero hoy impregna la vida doméstica: ya no decide la pareja, sino el grupo, la tribu, el movimiento. La socióloga feminista Betty Friedan, en La mística de la feminidad (1963), afirmaba que «el problema que no tiene nombre» era que el ama de casa dependía emocional y económicamente de su marido, siendo interpretado como situación de opresión y explotación, proponiendo que la mujer abandonara el hogar para realizarse profesionalmente y, en términos simbólicos, para emanciparse del varón. Desde entonces, la figura del esposo proveedor y guía espiritual del hogar fue presentada como un vestigio del patriarcado, y la familia pasó a concebirse como una asociación reversible de individuos autónomos. El resultado fue la progresiva desinstitucionalización del matrimonio, el aumento de divorcios, la banalización del compromiso y la aparición de un nuevo fenómeno: la mujer que, lejos de hallar liberación, se encuentra desgarrada entre las exigencias del trabajo, la presión del colectivo y la ausencia de arraigo familiar.

Anthony Giddens, en La transformación de la intimidad (1992), observó que las relaciones modernas se basan cada vez más en lo que llama «relación pura»: un vínculo mantenido solo mientras produce satisfacción emocional. Es el triunfo de la lógica liberal dentro del amor. Pierre Bourdieu, por su parte, describió en La dominación masculina (1998) cómo los campos sociales imponen habitus, pero él mismo reconocía que el intento de destruir toda estructura jerárquica acaba generando nuevas formas de poder disfrazadas de igualdad. Así, el feminismo, al pretender abolir la diferencia sexual como principio de orden, ha generado una confusión que destruye tanto al varón como a la mujer: al primero lo despoja de su función de guía y protector; a la segunda, de su vocación de colaboradora y madre. En el plano psicológico, esto se traduce en una generación de mujeres sobrecargadas, hiperexigidas, dependientes de la aprobación grupal y, paradójicamente, más solas que nunca. El «nosotras» colectivo, que prometía sororidad y empoderamiento, se ha convertido en una cárcel emocional que priva a la mujer de su individualidad amorosa y la enfrenta al hombre en una lucha de poder sin salida. La filósofa francesa Élisabeth Badinter reconocía en Fausse route (2003) que «el feminismo contemporáneo ha convertido a la mujer en víctima permanente» y que la hostilidad hacia los hombres ha destruido la posibilidad de reconciliación entre los sexos.

En suma, la introducción del «nosotras» en el matrimonio no es un accidente semántico, sino la consecuencia lógica de un proceso ideológico que ha socavado las bases mismas de la familia cristiana y natural. Allí donde antes había una comunidad de amor regida por la jerarquía del servicio y de la caridad —«el marido es cabeza de la mujer como Cristo es cabeza de la Iglesia», dice san Pablo— hoy se impone una lógica de competencia y sospecha. El resultado es el empobrecimiento espiritual de ambos, la desintegración de los hogares y la multiplicación de conflictos intrafamiliares que ni la psicología moderna logra resolver porque ignora su raíz moral. Solo un retorno al orden natural, al «nosotros» legítimo del matrimonio —un hombre y una mujer que buscan juntos el bien común del hogar bajo la ley de Dios— podrá sanar la herida abierta por medio siglo de ingeniería ideológica. Lo demás son parches: terapias, talleres de comunicación y discursos de igualdad que ignoran lo esencial. La familia no es un pacto entre individuos o colectivos, sino una comunión de almas. Y esa comunión se destruye en cuanto el «nosotras decidimos» sustituye al «decidimos juntos, como una sola carne».

Manuel Gerpe Gutiérrez

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