Don Antonio Gil Bueno (I): Convicción, actividad, eficacia

Fue, por esencia y característica de su vocación de servicio, el colaborador anónimo modelo.

Proponemos la lectura de este artículo de Manuel Fal Conde, que fue publicado en el periódico EL PENSAMIENTO NAVARRO núm. 21.958 (5 de abril de 1970)

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Imposible condensar en un artículo la multiforme personalidad de Don Antonio Gil Bueno: su amplísima aptitud para las más arriesgadas empresas de ideales; los más acusados contrastes entre la profundidad de los más aquilatados sacrificios y las más abiertas alegrías de la gracia de su tierra.

Adorador nocturno y ferviente reparador, como en la misión que dispuso el Cardenal Ilundáin en el Aljarafe en reparación de una profanación eucarística, guiando y conduciendo los rosarios de la Aurora, entre el estilo flamenquísimo de los «campanilleros», fácil era oírle el temblor de la voz cantando

«En Tu Cruz nuestros pecados Te clavaron»

Pero en otra misión por las Conferencias de San Vicente de Paul, en la cárcel provincial, en la que, cuando salían los presos del confesor solíamos ofrecernos a ayudarles a rezar la penitencia, Antonio Gil le preguntó a un gitano: «¿Qué penitencia le ha puesto?». Y contestó el cañí: «Seis años y un día».

¿Buscaba él estas chanzas jocosas o le saltaban pintorescas a su paso?

¿Era el mismo o se había fundido en distinto molde, el cofrade del Cristo de las Penas, descalzo y silente, y el de pocos días después en la caseta «El 85» de la Feria o en las marismas de carretas boyeras destino al delirante Rocío?

ERA EN TODO EL SEGUNDO, EL TERCERO Y EL CUARTO

Su intuición genial, su abnegación plena, su repentinización agilísima nunca le llevaron a cargos principales. Fue, por esencia y característica de su vocación de servicio, el colaborador anónimo modelo.

Defendiéndome yo en cierta ocasión de un homenaje –mi alergia a los homenajes no es por humildad sin llegar a máximo orgullo. Es por sentido de justicia a los colaboradores anónimos– derivé en pro de tres admirables carlistas sevillanos: Enrique Grande, el tesorero del Centro de calle Alfonso XII, al que le preguntábamos si asaltaba Bancos para sostenerlo; Enrique Barrau, el alma del Requeté andaluz; y Antonio Gil, el que estaba en todas las juntas, en todas las comisiones, en todos los bollos, pero siempre de segundo, de tercero y de cuarto. De primero, otros.

Nunca la humildad y la sencillez de su carácter le atrajeron dicterio humorístico que le asemejara a lo infantil y, en cambio, su sagacidad y su mano izquierda le acarrearon el calificativo de anciano decrépito, viejo zumbón.

SE ESCURRÍA, COMO UNA ANGUILA, ENTRE LAS MANOS DE LA POLI

Así resultó, en múltiples veces, que no había zafarrancho carlista en que no estuviera implicado, si no formaba parte de su más eficaz cuadro conspirador, y luego, por arte mágico de su astucia, burlaba la represión.

Dos ejemplos:

En la conspiración de agosto de 1932 en Sevilla, estuvo metido en todos los órdenes civil y militar. Aquel día lo pasó en grande viendo derrocada la República, y aquella noche él fue el enlace con quien el Marqués de Sauceda, Gobernador Civil de Sanjurjo, me avisó que todo había fracasado, y durante toda la noche fue mi gran elemento para quemar u ocultar lista y ficheros, poner a salvo a los más comprometidos carlistas; y luego quedó él en libertad, pero siendo el principal auxiliar en nuestras prisiones; en mis archivos, previniendo los registros que se me hicieron; en los preparativos y ambiente social ante el proyecto oficial, luego frustrado, de llevarnos a Villa Cisneros –¡qué serenatas aquéllas en proximidad de la vieja cárcel del Pópulo en las noches de septiembre!–; en la preparación de las evasiones de tres jefes militares de la prisión militar de la Plaza de España. Antonio Gil era el imprescindible.

Otro ejemplo: En la carlistada, a grito suelto, de San Javier del año 1945, en la plaza del Castillo, Antonio Gil gozó a sus anchas.

(Entre paréntesis: pasados los años ya puede serme permitido declarar que ni Don Javier, Regente, ni yo, su Delegado, la habíamos autorizado. Simplemente para no malgastar a la Navarra carlista magnífica. Dos miembros de la Junta Nacional, sus promotores contra mi expresa oposición en nuestra intimidad, ya hoy están fuera de nuestras líneas. El error táctico nuestro permitió al Ministro don Blas Pérez aquella insidiosa acusación del «falcondismo recalcitrante». Indefensos, por la falta de libertad de prensa, de prensa y de todo, no pude rechazar la especie).

Terminada la manifestación y sus desórdenes, la policía empezó las detenciones. La pista de hoteles y fondas era segura para atrapar carlistas venidos de fuera.

Antonio Gil, en el cuarto de un hotel, preparaba la maleta. Entró la poli intimidándole:

«¡Alto! ¿Qué hace Vd.?».

Contestación meritoria para un doctorado cara dura honoris causa:

«¿No lo está Vd. viendo?» –señaló unas botellas de vino que había puesto sobre la mesa para ordenar la maleta, en la que ya había guardado la boina–. Y siguió: «Representante de vinos de Jerez que se va porque con estos bochinches no se puede trabajar».

«Tiene usted razón. Usted perdone».

Y se fueron.

También desapareció el supuesto representante de vinos, pero no a Jerez, sino a ganar distancia para poder volver a los dos días a interesarse por los detenidos. Nuestro largo centenar de detenidos.

MIEDO PÁ PARÁ UN TREN

Desde que en los años veinte nos hermanamos en las propagandas religiosas y de caridad, pasando por nuestra integración en la disciplina carlista en 1930, hasta su muerte en 1966, los momentos de más intenso dramatismo, sobre el que flotara su alegría congénita, fueron los del inicio de la malhadada República.

El naciente Requeté velaba iglesias y conventos. Pero la noche del 15 de abril, anunciada que estaba la proclamación del soviet en una concentración magna en la plaza Nueva, quedamos fuera de las casas religiosas dos o tres parejas, para entre la multitud defender mejor desde fuera lo que fuere menester.

Antonio Gil y yo formábamos pareja. La Guardia Civil, que todavía lo era, disolvió la enormísima concentración a tiro limpio. Lo pasamos mal. Debíamos mantenernos en la calle entre los grupos dispersos, entonces más peligrosos para las casas religiosas.

Así, en La Campana, por mano del diablo, nos vimos envueltos en un crecido número de presidiarios, que aquella mañana habían soltado los manifestantes proclamadores de la Niña. En La Campana nos vimos envueltos en un tremendo tiroteo entre la Guardia Civil y los comunistas. Al escapar de aquel horquillamiento nos dimos de cara con la Guardia de Seguridad que perseguía al grupo de presos, nuestros inevitables compañeros de aventura.

Corrimos por la calle Sierpes. Pero ellos, corrían velozmente, sí, pero haciendo increíbles zig-zags para cambiar a los guardias el blanco. Antonio Gil, en el acto, les imitó, les mejoró y les ganó terreno. Yo quedé el último. Torpe, pesadote, a la velocidad que podía, pero en línea recta. La sección, que luego resultó mandaba un teniente tradicionalista, el teniente Trigo, me obsequió con toda su función de artificio. Se comprende que tirarían al aire o al suelo.

Casi al tiempo que yo, entraron los guardias en el Centro de Telégrafos, hoy Círculo de Labradores. Causaban asombro las caras de los forajidos. Tanto que, al verlos irrumpir en el patio del edificio dos señoras, madre e hija, que habían salido a celebrar una conferencia telefónica por telégrafo, que era modalidad que entonces había, la madre cayó desvanecida en los brazos de Antonio Gil que, a cara descubierta frente a la turba insolente, hizo ademán de ampararla. Yo me incorporé en el acto a su actitud, y tan pronto me reconoció el teniente, mientras los guardias esposaban aquella gente, nos ampararon para que acompañáramos a las cuitadas a su casa.

Al día siguiente en casa, ante mi mujer y los P.P. Jesuitas que teníamos refugiados, contamos la escena y sus impresiones:

«¡Sinvergüenza, le dije, tú antes de carlista has sido presidiario fugado de la cárcel, porque había que ver cómo corrías! ¡Mejor que ellos!».

«¡Sinvergüenza tú, me replicó, porque en el reparto de las señoras de los patatús, yo cargué con la madre, pero la niña te la reservaste tú».

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