Don Antonio Gil Bueno (y II): la sal de la isla de San Fernando y la gracia de isla Cristina se encuentran

su carlismo ideológico lo debió a la cárcel

Publicamos hoy la segunda y última parte del artículo de Manuel Fal Conde publicado en EL PENSAMIENTO NAVARRO núm. 21.959 (7 de abril de 1970)

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No sagacidad socarrona, sino viveza de lince. Un gracioso incidente; a la memoria, a la vez, del insigne general, bilaureado, gloria de nuestra Cruzada, don José Enrique Varela Iglesias. Había éste conocido y admirado al carlismo militarmente al encontrar en la Escuela Superior del Ejército alemán, como prototipo de campañas militares, las de Zumalacárregui y la expedición del general Gómez.

Ahora el mundo militar vuelve a la admiración por las guerras. Ya Varela, en esos primeros años del treinta, adquirió, por esos estudios en Alemania, el conocimiento del valor estratégico de esa táctica, y luego la tomó como meta en su Ordenanza Táctica del Requeté.

Pero su carlismo ideológico lo debió a la cárcel. Los presos militares, sus compañeros de prisión en San Francisco el Grande o en Guadalajara, le metieron muy honda esa convicción. Dignos de especial relieve los queridos amigos sevillanos, entonces comandante y capitán de Artillería, Onrubia y García de Paredes.

Estábamos en el 34, en plena conspiración. Un día vino a Sevilla para tratar conmigo determinados puntos. Su novia de los años jóvenes, una distinguida señorita sevillana, me avisó su llegada.

Yendo yo para su casa, vi un policía que rondaba. Derivé por otro camino, y desde un teléfono le avisé encargándole que lo acompañara a casa de este modo:

«Mariquita: tú sabes donde yo vivo, Bailén, 6, pero no sabes que mi casa tiene una salida por su parte de atrás a un callejón de servicio de ésa y de otras casas de la misma calle. Mira: cuando hayas logrado despistar al poli, te sitúas en la plaza de la Magdalena, y tomando por la calle Murillo, dirección a la de Bailén, antes de ésta, a la derecha, según marchas en ese sentido, hay un callejón sin salida…».

«Sí, criatura, un callejón sin salida. Os metéis por él, y la última puerta a la izquierda es la trasera de mi casa. ¿Enterada?: callejón a la derecha, y puerta a la izquierda».

UN CONTRATIEMPO

Pero al aproximarme yo a mi casa, al pasar por esa calle Murillo, vi que la casa anterior a la mía tenía albañiles, y su puerta de acceso, un portalón igual de ancho que la callecita, estaba abierto, con lo que la última puerta a la izquierda era una fondita en la que había elementos peligrosos.

Entré en casa indeciso sobre lo que sería mejor para evitar aquel mal tropiezo cuando… Antonio en la cancela de Bailén. (Solíamos decirle que, o tenía pacto con el diablo, o si era el ángel de la guarda el que le deparaba tales oportunidades; tenía que ser un ángel gitano –ánge– con estudios especiales).

–«¡Antonio!, volando, échate por estas calles de la Magdalena, y al coronel Varela y su novia mételos por el callejón, pero cerrando la puerta de la fonda de al lado, que está obstruyendo el paso y confundiendo».

–«Pero si yo no conozco de vista al coronel».

–«Pues a Mariquita».

–«Tampoco».

–«Pues es necesario que te espabiles. Que esta tarde se te ve la vejez a leguas. ¡Por olfato de podenco! No hay tiempo que perder. Les despistas del policía y los metes por el callejón».

Salió con ese paso de burlerías que usaba en las ocasiones solemnes. Yo abrí con la llave la cancela trasera, apagando la luz del despacho.

Poco padecieron mis nervios. Pronto apareció en el despacho el coronel, con los ojos más desparramados que en una descubierta en los campos africanos que le conquistaron dos laureadas.

Ya le sobrecogió el golpe de cancela que cerrara Antonio desde fuera, dejándole a él encerrado dentro. Pero de signo contrario su sorpresa al aparecer yo encendiendo las luces.

EL DESENLACE

Aquí la sensacional revelación de José Enrique Varela Iglesias:

–¿Pero quién es este tío? Mira lo que nos ha pasado, como para reventar de risa.

Nos pusimos a dar vueltas hasta que nos pareció que habíamos despistado al poli. Y ya en esa calle, que dice Mariquita que se llama Murillo, y rápidamente, nos metimos por un callejón a la izquierda y en la última casa de la derecha. Y…

–No sigas. ¡Horrible!

(Porque en ese callejón opuesto al mío, que ya hoy ha perdido toda su fisonomía y ya no existe, la tal casa, entonces la última a la derecha, no era una santa casa).

–Al ver aquellas mujeres –siguió el coronel– el despiste en que estábamos, nos dijeron: «Ustedes se han equivocado». Y cuando salíamos, imagínate en qué grado de turbación, un tío relámpago me cogió por el brazo y me dijo: «Usted, sígame, y usted, señorita, puede irse a su casa». Me dejé detener, como mal menor, como manera de salir airoso de aquella turbación. Pero al conducirme aquí, veo que es elemento tuyo…

Volvió Gil Bueno, ya por la puerta principal, después de haber tranquilizado a la señorita María que caminaba hacia su casa, y comprobando que no había moros en la costa.

Los presenté. Se juntaron la sal de la Isla –San Fernando– con la de Isla Cristina, patria chica de Antonio Gil. Se dijeron lindezas. Se dijeron lindezas reventando en carcajadas.

–Pá meterse a policía se necesita tener cara de persona decente.

–Pos pá llegá a coronel se necesita no equivocar las vueltas a la derecha y a izquierda.

TODO ÉL Y TODA SU VIDA AL SERVICIO DE LA CAUSA

Vano intento sería el de una biografía. Mejor esta síntesis: Todo su genio, toda su constancia, toda su maravillosa intuición, estuvieron siempre al servicio de la amistad; de la familia; de la Comunión, no mixtificada con unificaciones ni distingos; de la Dinastía única Legítima, y todo ello sublimado por su pobreza espiritual y por su abnegado sacrificio al servicio de Dios.

A mi querido Gil Dauphin, en recuerdo de su buen padre, mi amigo entrañable: El carlismo es alegre porque es la verdad y es vida.

Manuel Fal Conde.

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