La historia reciente del atuendo femenino no es una historia de libertad, sino de demolición. No hay revolución más sutil que la que se disfraza de escaparate. Desde que las pasarelas sustituyeron al sentido común, las mujeres han sido reeducadas para vestir como víctimas felices, convencidas de que los diseñadores las empoderan cuando, en realidad, las utilizan como instrumentos de marketing ideológico. No se trata solo de telas: se trata de símbolos. Lo que antes cubría ahora exhibe, lo que antes ennoblecía ahora caricaturiza, lo que antes protegía ahora expone.
El psiquiatra Rollo May advertía ya en Man’s Searc.h for Himself (1953) que la cultura del exhibicionismo es una forma de desesperación disfrazada de libertad. La moda contemporánea, diseñada por hombres que odian a la mujer tradicional y por mujeres que compiten por destruir su diferencia, ha convertido la feminidad en un carnaval erótico sin alma. Se ha pasado del vestido como signo de decoro al look como estrategia de provocación. El filósofo Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno con precisión quirúrgica: vivimos en la sociedad de la exhibición, donde el cuerpo se convierte en mercancía de autopromoción y el pudor, en obstáculo para la visibilidad (La sociedad de la transparencia, 2012).
El feminismo de los años sesenta, ansioso por demostrar que la mujer podía ser igual que el hombre, comenzó a despojarla de todo signo externo de pudor, dulzura o misterio. La minifalda de Mary Quant no fue una prenda: fue una bandera. El sociólogo Gilles Lipovetsky, en El imperio de lo efímero (1987), reconocía que la moda se había vuelto una institución de desindividualización, donde la mujer pierde su identidad en un desfile infinito de tendencias que se autodestruyen. Cada temporada, una nueva versión de lo mismo: la servidumbre de estar a la moda.
A fuerza de seguir los dictados de París (o de donde haya una pasarela) y de los conglomerados del lujo —propiedad de fondos de inversión y multimillonarios que explotan mano de obra femenina en Bangladesh—, la mujer contemporánea se ha convertido en esclava del artificio. Los altos tacones, símbolo de poder, son también símbolo de dolor; los corsés modernos son fajas de silicona y cirugía; las modelos que se dicen «inclusivas» obedecen a algoritmos publicitarios que las usan como estandartes de la diversidad rentable. En nombre de la libertad, la moda ha eliminado toda referencia al pudor, a la diferencia sexual y a la maternidad, los tres pilares del orden natural.
La socióloga Eva Illouz ha explicado que el capitalismo emocional mercantiliza los sentimientos y el cuerpo de la mujer bajo la forma de consumo (Cold Intimacies, 2007). Lo que se llama autoestima es, en realidad, dependencia de la mirada ajena. Las prendas se diseñan para que el cuerpo se vuelva pantalla, no persona. La moda, que antaño respondía a una antropología cristiana del pudor y la belleza, hoy responde a una economía del deseo y la envidia. El estilo ya no busca resaltar la dignidad, sino estimular la codicia. (adaptado de Cold Intimacies, 2007).
La ironía es cruel: la moda que presume de liberar a la mujer la obliga a vivir pendiente de su apariencia. El feminismo, aliado con la industria, ha reemplazado el velo de la Virgen por el maquillaje permanente y los filtros de Instagram. En el siglo XIX, las damas vestían con sobriedad porque entendían que el cuerpo era templo. Hoy las niñas se visten como caricaturas eróticas antes de tener uso de razón. La banalización del cuerpo femenino, plasmó Christopher Lasch en La cultura del narcisismo (1979), es el resultado de una sociedad que ha perdido la noción del alma.
Detrás de cada tendencia hay una estrategia cultural. Gramsci ya había explicado que la hegemonía no se impone con fusiles, sino con modas. Cuando la falda se acorta, también se acortan las convicciones; cuando la estética se vuelve transgresora, la moral se vuelve maleable. No es casualidad que las mismas empresas que promueven la moda neutra sean las que financian campañas feministas y transgénero: su objetivo es disolver la identidad femenina natural, la mujer-madre, la mujer-esposa, la mujer que no necesita travestirse para ser digna (Cuadernos de la cárcel).
La moda actual no libera: desarraiga. No embellece: despersonaliza. Es un campo de batalla ideológico donde la mujer es a la vez soldado y víctima, convencida de que la esclavitud de la imagen es autonomía. Mientras tanto, las viejas virtudes del pudor, la elegancia y la modestia —que Pío XII llamó las guardianas de la dignidad femenina en su discurso a las mujeres católicas de 1957— han sido ridiculizadas como anticuadas. Pero eran esas virtudes las que distinguían a la mujer libre de la mujer usada. (Discurso a las mujeres católicas, 1957).
Hoy, tras medio siglo de emancipación cosmética, la paradoja se consuma: la mujer moderna está más cosificada que nunca. No necesita un amo; se lo fabrica a sí misma cada vez que se mira en el espejo de la moda.
Manuel Gerpe Gutiérrez
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