El discurso de Felipe esta mañana ha sido otra demostración dolorosa de lo que ya conocemos, pero que conviene repetir con crudeza: en España no hay un rey, sino un lector aplicado del catecismo liberal, un maestro de ceremonias de la religión democrática cuya corona sirve para dar brillo a un sistema que nació precisamente para enterrar la Monarquía católica, y así, mientras pronuncia su elogio masónico de la democracia —con la unción del que cree estar impartiendo doctrina eterna— se confirma que la Corona ha elegido no ser cabeza de una Tradición sino del régimen que la tolera siempre y cuando mantenga la boca cerrada respecto a Dios, a la verdad y a la historia.
Pues el monarca constitucional vive del silencio igual que la mentira vive de la oscuridad, y en ese silencio Felipe encaja perfectamente, ofreciendo un discurso que podría firmar cualquier presidente de república progresista, lleno de lugares comunes, vaciado de sustancia, sin una chispa de aquello que distinguía a los reyes que daban forma a las Españas, porque si la Monarquía tradicional era un árbol cuyas raíces hundían en el altar, la de hoy es un bonsái decorativo al que solo se le pide no molestar, no recordar, no despertar, y esta mañana, efectivamente, no ha molestado a nadie, no ha recordado nada y desde luego no ha despertado a nadie, salvo a los que todavía sienten vergüenza ajena al ver cómo un Borbón celebra con entusiasmo esa democracia que ha degradado la moral pública, arrasado la unidad espiritual del país y convertido la vida política en un mercadillo de partidos.
Mientras el ciudadano Felipe, sonríe satisfecho, proclamando sus virtudes como si hablara en un templo masónico donde la única divinidad admitida es el consenso parlamentario, repitiendo el mismo mantra democrático cada año, asoman las virtudes laicas: dócil, inofensivo, perfectamente adaptado al libreto progresista, hablando de «valores constitucionales» con la solemnidad con que sus antepasados hablaban de Dios, de la Hispanidad o de la justicia.
Porque ahí está la tragedia: la Corona ha pasado de encarnar una misión sagrada a repetir una propaganda laica, y el rey ya no se comporta como defensor de España sino como portavoz de Bruselas, como alumno aventajado del pensamiento débil que confunde neutralidad con cobardía, consenso con verdad y democracia con idolatría, haciendo del trono un púlpito vacío donde se predica la nada con un entusiasmo solo comparable al esfuerzo con que se evita pronunciar la palabra Cristo, esa palabra que sostenía la monarquía tradicional y que hoy parece prohibida en Zarzuela, y por eso el discurso de esta mañana no decepciona: simplemente confirma que la Corona ya no es columna de España, sino su coartada, ya no su guía, sino su excusa, ya no su fuerza, sino su adorno, y así, mientras el monarca jura fidelidad al espíritu del 78, la España real —la que reza, la que trabaja, la que recuerda, la que conserva, la que todavía sabe distinguir entre un rey y un orador institucional— contempla con tristeza cómo el ciudadano Felipe, descendiente de un anónimo amante de la ciudadana Isabel (que algunos han decidió llamarle segunda, como afrenta a la primera), no molesta, no incomoda, no conserva, no estorba, porque ya no representa a España sino a su caricatura constitucional, a esa República coronada que quiere tener un rey siempre que actúe como un empleado bien pagado cuya función consiste en blindar con sonrisas y banderines una estructura política antinatural, anticristiana y antipatria (sin olvidar la ardua tarea de cortar cintas de inauguración y procrear) y así, mientras él habla de «democracia» como si pronunciara la palabra «eternidad», quienes amamos la verdadera Monarquía no podemos sino recordar que un rey que bendice lo que destruye a su pueblo se convierte, sabiéndolo, en ministro de la ruina, y que una Corona que adora la democracia deja de ser Corona para convertirse en un abalorio, un adorno, un sello complaciente estampado sobre la decadencia, una hojalata de fabricación china.
Manuel Gerpe Gutiérrez
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