Hay momentos en la vida de la Iglesia y este es uno de ellos en los que uno se pregunta si la prudencia consiste en callar o en hablar, y pronto descubre que el silencio sería complicidad con el engaño, pues pretender canonizar a Isabel la Católica precisamente en el momento histórico en que la propia jerarquía parece avergonzarse del título de «católica» resulta un ejercicio de humor involuntario tan intenso que merecería ser estudiado por sociólogos antes que por teólogos. No se trata de discutir la santidad personal de una reina que vivió la fe con una seriedad que hoy llamarán rigidez y que ayer llamaban virtud, sino de examinar qué tipo de canonización puede fabricarse en un ambiente eclesial que ha decidido renunciar sin rubor al Reinado Social de Cristo para abrazar, con gesto emocionado, una fraternidad universal tan gaseosa que no podría sostener ni el peso de una oración de la mañana.
No es que Isabel no sea digna de los altares, sino que los altares, tal como los están redecorando en estos tiempos de liturgia líquida y teología biodegradable, ya no son dignos de ella, y no porque hayan sido destruidos por enemigos declarados, sino porque sus propios guardianes han sustituido el mármol por cartón reciclado y el incienso por nebulosas de conceptos sociológicos, de modo que canonizar hoy a Isabel equivaldría a vestir con tul progresista a quien jamás jugó a disfrazarse de nada que no fuera verdad.
Así pues, tiene su gracia que una jerarquía muy dispuesta al abrazo interreligioso —aunque ese abrazo les deje enredados sin saber quién sostiene a quién— quiera elevar como modelo a una reina que jamás confundió el mandamiento de la caridad con la obligación de renunciar a la verdad. Isabel no practicó el diálogo con el error, sino la defensa de la fe; no consideró que la herejía fuera una opinión respetable, sino una traición al Evangelio; no imaginó que el islam fuera un simpático interlocutor para congresos de espiritualidades alternativas, sino la fuerza que durante siglos puso a España bajo la espada y a la Iglesia bajo amenaza. Tampoco se planteó que el Estado debiera ser neutro ante las religiones, pues sabía —como sabía toda Europa antes de volverse tibia— que la neutralidad religiosa del Estado es una fantasía destinada a favorecer la hegemonía del error.
Y por todo ello, León X, al ver concluida la unidad religiosa de España, decidió que ella y Fernando no serían recordados como reyes cualquiera, sino como Católicos. No se les concedió tal título porque fueran simpáticos ni porque promovieran derechos humanos anacrónicos, sino porque construyeron una política al servicio explícito de Cristo, y no de las encuestas, razón por la cual su memoria resulta tan incómoda para quienes hoy proclaman, con sonrisa beatífica, que la misión es proselitismo y que la verdad divide.
Porque ahí está la ironía de fondo: pretenden canonizar a quien edificó un reino confesional en el preciso instante en que la mayoría eclesial se apresura a demoler todo vestigio de confesionalidad, sustituyendo el Quas Primas de Pío XI —«es necesario que Cristo reine en la sociedad»— por un catálogo de buenas intenciones horizontales en el que Cristo aparece como un animador comunitario, elevado a figura inspiradora pero privado de su realeza. Y así, ¿cómo tomar en serio una canonización de Isabel cuando quienes la promueven no pueden pronunciar sin temblar la palabra «Reinado», no sea que algún teólogo progresista los acuse de nostalgia medieval y los cuente entre quienes todavía creen que Cristo es Señor también de las leyes, de los gobiernos y de las naciones?
Sin embargo, esa misma Iglesia que teme decir que Cristo debe reinar se atreve a considerar santa a quien vivió precisamente para ese reinado y lo defendió con la espada jurídica, política y espiritual propia de un Estado cristiano, de modo que canonizarla sería reconocer como virtud lo que hoy denuncian como pecado: la supremacía de la verdad católica sobre el error, la misión como deber y la unidad religiosa como fundamento del bien común.
Y aquí conviene recordar, para completar el cuadro, que Isabel y Fernando recibieron el título de Católicos porque lograron lo que ningún otro monarca europeo había logrado en siglos: restaurar en su territorio la unidad de la fe, reformar un clero que necesitaba disciplina y santidad, consolidar la Reconquista, asegurar la presencia del cristianismo en toda la vida pública y, además, abrir el Nuevo Mundo no a mercados, sino a misioneros.
Sí, misioneros, esa palabra que hoy provoca urticaria en quienes prefieren hablar de acompañamiento intercultural para no mencionar la conversión, pues para ellos la evangelización es un gesto de ternura ecológica y la misión una propuesta poética. Sin embargo, para Isabel y para la Iglesia de su tiempo, la evangelización era lo que siempre fue: la obediencia al mandato de Cristo de hacer discípulos a todas las naciones, y lo que hoy llaman imperialismo ella lo llamó obediencia, y lo que hoy llaman error cultural ella lo llamó paganismo que debe ser iluminado por la gracia.
Por tanto, canonizarla ahora sería un ejercicio de prestidigitación simbólica cuya intención real no sería honrar a la reina, sino reinventarla, domesticarla, pulir su filo, convertirla en un icono multicultural que nunca fue y presentarla como precursora de lo que habría detestado. Para hacerla canonizable en este clima habría que arrancarle todo aquello que la hizo ser quien fue: su defensa del orden cristiano, su convicción de que Cristo debe reinar en la sociedad, su certeza de que la verdad no tiene competidores legítimos y su decisión de gobernar no según modas ni sensibilidades, sino según la ley divina.
Así que quizá lo más piadoso que puede hacerse con la reina Isabel es, justamente, evitar que quienes han renunciado a Cristo Rey la utilicen para dar una pátina de tradición a una teología que ya no cree en la tradición. La ironía final es que Isabel merece los altares por ser Católica con todas las letras, y quienes hoy la proponen solo podrían canonizarla traicionando su catolicidad, convirtiendo a la reina en un holograma de su propia sombra y a la Iglesia en una oficina de propaganda de lo políticamente correcto. Y ante tal espectáculo, uno solo puede concluir que no es Isabel quien no está lista para la canonización, sino la Iglesia que, habiendo perdido el sentido del Reinado de Cristo, ya no sabe qué hacer con una reina que llevó ese título no porque fuera simpática, sino porque fue fiel.
Roberto Gómez Bastida, Círculo Tradicionalista de Baeza
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