Juan Carlos, crónica de una traición anunciada (II). Breves apuntes galarretianos

El aspecto absolutamente central en los enjuiciamientos que hace Galarreta de la jefatura de Juan Carlos es el religioso

Juan Carlos sanciona la Constitución de 1978. Fuente: Biblioteca virtual Miguel de Cervantes

A modo de proemio, y enlazando con ese designio congénitamente revolucionario de la anti-dinastía liberal [1], comencemos diciendo que Alberto Ruiz de Galarreta no sólo analizó la ejecutoria de Juan Carlos, sino que advirtió también largamente sobre don Juan de Borbón y Battenberg, recordando que España y el Carlismo tenían graves cuentas pendientes con él [2]. En cuanto a lo primero, por su trayectoria anglófila y antinacional: «don Juan de Borbón, hijo de inglesa y oficial y almirante honorario de la Marina Británica, fue hombre de Inglaterra contra la España antiliberal y antimasónica surgida de la Cruzada de 1936». Recuerda también que sus partidarios recibieron el apoyo decidido de la embajada inglesa «para restaurar una monarquía constitucional de tipo inglés».

Respecto a lo segundo, «no sólo como españoles, sino también y además como tradicionalistas, tenemos cuentas pendientes con don Juan de Borbón por un asunto que historiadores y periodistas mercenarios omiten: trató de engañar al pueblo español y al pueblo carlista sosteniendo en un acto, celebrado en Estoril el 20-XII-1957, que había abrazado la doctrina tradicionalista; anduvo más de un año retratándose con boina roja, y así presidió una peregrinación a Lourdes. Para ello se apoyó en un grupo de tradicionalistas que hoy se llamarían “tránsfugas” y que no han querido redimirse de su conducta exigiéndole explicaciones cuando la contradicción con otras actitudes políticas suyas se hizo evidente». Muchas más cosas apuntó y documentó Manuel de Santa Cruz sobre don Juan, y particularmente sobre ese engaño, pero baste aquí con este botón de muestra. Para una información exhaustiva remitimos a los tomos correspondientes de su ópera magna. 

Pero entremos ya en la cuestión. Pues contra el panegírico que día sí, día también, cantaban esos periodistas «mercenarios» del 78, en unos años en que el sucesor de Franco gozaba de mucha mejor prensa que hoy, presentado como héroe de la Transición y reconquistador de la Libertad, don Alberto no tuvo empacho en criticar abierta, irónica y reiteradamente su figura: lo que hizo y lo que representó.

El aspecto absolutamente central en todos los enjuiciamientos que hace Galarreta de la jefatura de Juan Carlos es el religioso. Centralidad que es explícita, observando que ciertos católicos quisieran mezclar y diluir los asuntos religiosos con otros temas muy menores «para poder, en servicio a su mínimo esfuerzo, sumarse frívolamente a los festejos de este aniversario de la democracia, sin aguar tales fiestas con cavilaciones desagradables» [3].

La pregunta clave, pues, es muy clara: «¿España, se ha descristianizado en el reinado de Juan Carlos, sí o no? En este reinado, la situación religiosa ¿ha mejorado o ha empeorado? Claro está que las responsabilidades del poder civil son colaterales, pero existen, muy relacionadas con las eclesiásticas que son las fundamentales» [4].

Y también muy clara es la respuesta: Juan Carlos pilotó y promocionó la «apostasía del Estado», la completa separación de éste respecto de la Iglesia, el paso de una legislación que —con los múltiples y graves defectos que Galarreta denunció con insistencia— proclamaba la religión católica como «la única verdadera» a otra que se declara «neutral» en materia religiosa. Neutralidad postiza e imposible, pues la aconfesionalidad constitucional implicaba lógicamente una confesionalidad democrática y atea [5]. Consolidó, en fin, la libertad de cultos, liquidando la unidad católica de España y dando paso a la mayor proliferación de errores teológicos, filosóficos y morales vista en nuestra historia:

«La libertad para las religiones falsas, lenta y progresivamente presentada ya inmediatamente antes de este reinado, alcanza en él su plenitud y consolidación. ESPAÑA HA DEJADO DE SER OFICIALMENTE CATÓLICA. Es uno de sus contenidos principales y caracterizadores, definitorios. […] Don Juan Carlos I y sus gobiernos han sido absolutamente dóciles a la presión conjugada de las sectas, de la Santa Sede y de los políticos liberales apoyados por el extranjero. Las sectas más disparatadas han alcanzado todas sus pretensiones; si sus conquistas no han sido en algún caso aún mayores, se ha debido a su propia debilidad intrínseca». Con todo, «lo más grave es la colaboración de muchos eclesiásticos con la democracia, que es la supersecta que acoge y ayuda a todas las manifestaciones del mal. Pocos católicos se han pasado a las sectas, pero muchos se han hecho demócratas, a pesar del rapidísimo descrédito de la democracia en este reinado» [6].

Así, por obra de los fautores de la Constitución —empezando por Juan Carlos— y de los importantes eclesiásticos que la bendijeron u omitieron su condena, «el Estado arrastra a la sociedad y ésta al individuo; también hay influencias en dirección contraria de manera que se cierra un círculo vicioso. Son los mismos mecanismos de antes, pero ahora al servicio de la perdición de las almas» [7]. Y a pesar de todo ello, hoy, igual que ayer, el liberalismo conservador y muchos democristianos quieren fingir que la cosa no ha sido para tanto, o incluso animan a festejarlo: 

«Ahora que algunos abogan por condonar la deuda externa material de países remotos, los demócratas piadosos quieren condonar la deuda interna espiritual del régimen imperante; quieren una especie de amnistía y de indulgencia plenaria para los desvaríos ideológicos anticatólicos de estos veinticinco años de reinado, para que el pueblo español los asimile aún mejor. Preparan unos juegos florales y fuegos artificiales, para que toda España celebre su apostasía, su descristianización y su europeización. Será su divisa que aquí no ha pasado nada y que estamos en el mejor de los mundos» [8].

Pero sí ha sido para tanto, y los carlistas no lo pasaremos por alto jamás: la sangre de los mártires, de los requetés y de otros combatientes católicos en la Cruzada de 1936, y la labor político-bélica sostenida durante más de un siglo por el Carlismo en defensa de la Religión y de su proyección social —auténticas causas de la reversión del laicismo republicano tras la guerra— fueron frívolamente sacrificadas en pos del «nivel europeo» y de su reguero de libertades para el mal y el error. (Concluirá).

Julián Oliaga, Círculo Cultural Alberto Ruiz de Galarreta

[1] «Prólogo a la presente edición», en Luis Hernando de Larramendi, Cristiandad, tradición, realeza, Madrid, Fundación Ignacio Larramendi, 2011, p. XX

[2] «Don Juan de Borbón, hombre de Inglaterra», Lealtad, n. 77 (04-1994)

[3] «Las XI jornadas de Zaragoza y los XXV años del reinado de don Juan Carlos de Borbón», SP’, n. 408 (16-04-2000)

[4] «Don Juan Carlos y la religión», SP’, n. 720 (16-06-2014)

[5] «El imperialismo de la confesionalidad democrática», SP’, n. 777 (01-02-2017)

[6] «La libertad de las religiones falsas en el reinado de don Juan Carlos I», SP’, n. 422 (16-12-2000). Mayúsculas en el original. Las cursivas son nuestras.

[7] «XXV años de democracia», SP’, n. 15 (01-09-2000)

[8] «Las XI jornadas…», loc. cit.

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