Junto a la cuestión principal que, ya hemos dicho, es la religiosa, en la valoración de Alberto Ruiz de Galarreta hay otros dos elementos que aquí apenas podemos apuntar, sirviéndonos de un manojo de textos: la descomposición de España potenciada por el europeísmo y la falsificación de la Monarquía tradicional. Así pues, podemos decir que el envés de su análisis no es otro que el eterno Dios-Patria-Rey, que en el fondo es el quicio y el criterio de su crítica. Veámoslo.
Causa y, a su vez, consecuencia de la descristianización de España auspiciada por Juan Carlos, es su integración en la Europa moderna; la cancelación de los últimos restos de castiza diferenciación respecto del proyecto europeísta, el de Ortega y Gasset y compañía, que el anterior Jefe del Estado hizo suyo y proclamó reiteradamente:
«don Juan Carlos se muestra fervoroso demócrata europeizante, como siempre en la segunda mitad de su vida, y pronuncia algunas frases que conviene guardar para la historia; las tomamos de las páginas 17 y 19 del diario ABC, de Madrid, de 9/6/1995: “España es una posibilidad europea. SÓLO MIRADA DESDE EUROPA ES POSIBLE ESPAÑA”. (¿?) Será una casualidad, pero los separatismos han alcanzado sus más altas cotas coincidiendo con el acercamiento de España a Europa. Ni Europa podía llegar a más, ni España a menos. Repetimos, para la historia: “SÓLO MIRADA DESDE EUROPA ES POSIBLE ESPAÑA”. […] “Hoy —concluyó— lo que celebramos es la RECONCILIACIÓN con el proyecto natural e histórico de España”. Es el proyecto del impío Ortega y Gasset, de las generaciones del 98, que fue esencialmente europeizante, izquierdista y anticristiana» [1].
El discurso recién citado, que Galarreta consideraba digno de una «antología» del pensamiento de don Juan Carlos, fue pronunciado en la conmemoración de los diez años de adhesión del Estado español a la entonces llamada Comunidad Europea. Y también otros pasajes de esa intervención merecieron comentario de nuestro autor:
«“España en Europa es ya una realidad irreversible que nos vertebra, Y NO SOLO FÍSICAMENTE, con nuestro entorno”. Estas palabras, “NOS VERTEBRA Y NO SOLO FÍSICAMENTE”, dan a entender que además nos vertebra espiritualmente. Y es verdad: estamos vertebrados espiritualmente a Europa por la apostasía de las naciones, por la democracia, por la pornografía, el divorcio, el aborto, las parejas de hecho, etcétera. Esa es, ciertamente, la realidad. Otra cosa es que se reconozca sin llorar, con jactancia, como si fuera una gloria. Otra vez, LAS DOS ESPAÑAS. Verdaderamente, España es un país de eterna Cruzada. Ya vemos en cuál de las dos acaba de alinearse, una vez más, don Juan Carlos de Borbón» [2].
Centrándonos ya en el tercer y último aspecto mencionado, hemos de comenzar diciendo que, a pesar de que se refiera a ambas como «Monarquías», el maestro al que venimos siguiendo recuerda que entre la liberal y la tradicional hay un abismo insondable: el que separa la verdad del error; lo auténtico y genuino de lo tramposo. Y no sólo en su configuración institucional, sino también en su personificación. Así, el historiador del Carlismo considera que Juan Carlos «ha iniciado otra dinastía nueva y distinta, nacida de la Ley de Sucesión de 1947 y de los Principios Fundamentales de Franco, en vez de continuar la Ley de Sucesión de 1713 de Felipe V y de la monarquía española» [3].
E insiste siempre que tiene oportunidad en diferenciarlas, pues considera una injusticia que la mala reputación que la «Monarquía» liberal y su dinastía se han granjeado afecte a los auténticos representantes de la realeza cristiana:
«Los Borbones tienen hoy en España mala prensa y mal ambiente, a los cuales arrastran a la Monarquía y a la Aristocracia, si bien éstas ya tienen sus propios motivos. Es una situación injusta, propia del error de generalizar, porque en la Casa de Borbón ha habido y hay de todo, desde los excelsos a los desechables. Pero la realidad es la dicha. Y no se arregla convocando a los periodistas mercenarios de la prensa del corazón, sino sólo y únicamente estudiando y popularizando con toda la profundidad con que se expone, la filosofía al respecto de la Cristiandad» [4].
A punto tal llega su profundo rechazo de la confusión de unos y otros, que cuando empezó a cundir la idea de inhumar a los Reyes legítimos en El Escorial, nuestro hombre expresó su más rotunda negativa [5]: «Sigan en paz los reyes carlistas en sus tumbas de la capilla de San Carlos de la catedral de Trieste, y en Puchheim. Ellos fueron Borbones gloriosos y admirables paladines de la fe católica y de las Españas. Que nadie profane sus restos con sombras de liberalismo. Sigan allá, puros y tranquilos, hasta el día en que se instaure la Monarquía tradicional, católica, social y representativa».
Precisamente la completa falta de representación de la democracia, igualitarista y masificadora por definición, le llevó a don Alberto a denunciar mil veces la falaz disyuntiva, que la falsa Monarquía de Juan Carlos favorece, entre sufragio universal o dictadura. Problema doctrinal agravado por el hecho «de que Franco llamara a su dictadura “democracia orgánica”, cuando no lo era. La verdadera representación orgánica es de abajo arriba y mediante instituciones independientes y libres, sin enredos ni trampas, con mandato imperativo» [6]. Por ello propugna la sustitución de la Monarquía parlamentaria por la Monarquía de verdad: concreción española de esa «tercera opción, distinta, que es la organización tradicional de la sociedad, que es, además, la buena y la católica. Es cuestión, sencillamente, de estudiar derecho político y, además, historia, porque la solución tradicional no es una teoría en las nubes, sino que ha tenido felices encarnaciones en la historia de España» [7].
Destacaremos, finalmente, que cataloga a la Monarquía liberal como un «régimen impío», asociado a la democracia y al relativismo, en que moralidad y legalidad quedan disociadas a consecuencia de su desterramiento explícito de la ortodoxia pública católica:
«Se dice escuetamente que no hay que confundir lo legal con lo moral, y punto final. Habría que seguir, diciendo que las divergencias entre lo legal y lo moral suceden en el Estado ateo, son propias de él y lo caracterizan. Se encuentran en la democracia, en la Monarquía liberal y, en general, en todos los regímenes impíos. Más aún: esos regímenes presumen de no sujetar su legislación a la moral cristiana, sino a otras cosmovisiones y a la dictadura de la mitad más uno. Esta característica indeleble es una de las razones, entre muchas más, por la que los católicos deben ser orientados, no ya a abstenerse de apoyar a esas formas políticas, sino a combatirlas activamente y directamente.
» En cambio, en la Monarquía Tradicional, que se titula y es Católica, y en todo grupo de variados regímenes católicos, ese divorcio entre lo legal y lo moral, ni se da, ni puede darse» [8].
***
Para terminar esta sucinta y sencilla síntesis, que abríamos con una mención a don Juan, permítasenos cerrarla ahora con otra al sucesor de Juan Carlos. Podríamos aducir una decena de textos que sobre él escribió el carlista donostiarra desde finales de los ochenta. Pero bástenos, para no abrumar al lector, con uno sólo, fechado menos de dos años antes de su muerte. Se trata de una concisa glosa a las palabras que Felipe le dirigió a su hija Leonor, en la concesión del collar de la Orden del Toisón de Oro, el 30 de enero de 2018 [9]. Fueron éstas: «deberás respetar a los demás, sus ideas y creencias, y, además, la cultura, las artes y las ciencias, pues ellas nos dan la mejor dimensión humana para ser mejores y ayudar a progresar a nuestra sociedad. Te guiarás permanentemente por la Constitución, cumpliéndola y observándola». A lo que Galarreta apostilla:
«dentro de entre esas fuentes para ser mejores quedó silenciada la Religión, también excluida de la Constitución. De pasada, don Felipe se refirió, sin especial necesidad, a su padre don Juan Carlos, como “impulsor y promotor imprescindible de la Transición española, y a quien tenemos que agradecer su liderazgo para lograr el sistema democrático en que vivimos”. El laicismo se ha consolidado. ¿En qué se diferencian esta ceremonia y sus discursos de los que hubiera podido pergeñar para la misma ocasión y a su completa satisfacción, el Gran Oriente de la Masonería Española?»
Julián Oliaga, Círculo Cultural Alberto Ruiz de Galarreta
[1] «La España invertebrada, de don José Ortega y Gasset», Lealtad, n. 90 (06-1995)
[2] «El retorno de Ortega y Gasset», SP’, n. 303 (01-07-1995)
[3] «Cada cual en su sitio», El Pensamiento Navarro, n. 27006 (15-02-1980)
[4] «Prólogo a la presente edición», en Luis Hernando de Larramendi, op. cit., p. XXVIII
[5] «Cada cual en su sitio», loc. cit.
[6] «La representación social y el Derecho Público Cristiano», SP’, n. 136 (19-12-1987)
[7] «El cambio de Régimen», Lealtad, n. 110 (04-1997)
[8] «Lo legal y lo moral en la monarquía liberal y en la monarquía tradicional», SP’, n. 306 (16-09-1995)
[9] «En la monarquía laica», SP’, n. 800 (16-02-2018)
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