Franco y Juan Carlos, artífices del regreso del liberalismo en su variante democrática

Entrevista de Stéphane Bern a Juan Carlos, retransmitida en "France 3" el 26 de noviembre de 2025.

El pasado 9 de noviembre el diario El País publicaba una de las incontables autoentrevistas del actual Presidente del Gobierno de Ocupación, Pedro Sánchez. Preguntado acerca de las memorias de Juan Carlos que acababan de ponerse a la venta en Francia cuatro días antes, el Sr. Sánchez manifestaba: «Todavía no he leído el libro. Pero también le diré que no va a ser uno de los que recomiende para estas Navidades, visto lo visto. La actual jefatura del Estado hace una labor encomiable. Responderé algunas de las cosas que, en fin, me han dejado sorprendido, sobre quién trajo o no trajo la democracia. La democracia no cayó del cielo: fue fruto de la lucha de los españoles y españolas, de la gente de a pie, de los peatones de la historia, que decía Vázquez Montalbán».

Estas memorias, cuya traducción ha salido en las tiendas españolas el día 3 de este mes, contienen, parece ser, algunas afirmaciones que no encajan con el relato oficial de la «memoria histórica» o «democrática», auspiciada por los dirigentes del PSOE a fin de cohonestar ante sus huestes el abandono de su tradicional posición antiisabelina (no diremos antimonárquica, porque la «dinastía» isabelina y el PSOE comparten una misma esencia liberal-republicana), esto es, su pragmática claudicación y aceptación, en tiempos de Felipe González, de la realidad política proveniente de la Dictadura franquista, como único medio de poder alcanzar las mieles gubernativas, que es en definitiva lo único que les ha importado siempre. (Sobre esto ya hablamos en el doble artículo «Seguimos en pleno franquismo, Sr. Sánchez»).

Que ahora aparezca Juan Carlos viniendo a reconocer que Franco fue objetivamente factor primordial para ese retorno del sistema demoliberal, es algo que acaso puede perturbar al Sr. Sánchez, ya que viene a dinamitar en su base todo ese relato «autojustificativo» de historia-ficción pergeñado por el PSOE. Dicho con otras palabras, no resulta agradable para este partido tener que reconocer que apoya y encumbra un régimen setentayochista, del cual es parte nuclear y central, que resulta tener su auténtico origen, en última instancia, en la mismísima Dictadura franquista, pues ello convertiría a dicha formación, a fin de cuentas, en un «hijo político» más de Franco, exactamente igual que como lo ha sido en todo momento el propio Juan Carlos.

En agosto de 2020, el ex Presidente moderador de la República abandonó suelo español, de manera mitad voluntaria, mitad forzada por la inquina del Gobierno sanchista, e incluso por cierto repudio de su mismo hijo, siempre a las órdenes de la Letizia, que es quien aparentemente lleva las riendas en el seno de su sociedad conyugal. Acogiéndose a la hospitalidad de los jeques de los Emiratos Árabes Unidos, consiguió un lujoso retiro en Nurai, uno de los islotes artificiales destinados al turismo por ese Petro-Estado árabe, y que se encuentra situado frente a las costas de la capital, Abu Dabi. Hasta allí se desplazó la escritora francesa Laurence Debray con el fin de confeccionar junto a Juan Carlos su nuevo libro de memorias, denominándolo Reconciliación.

A modo de promoción, el sucesor de Franco concedió sendas entrevistas para los semanarios Le Figaro Magazine y Paris Match, que aparecieron a finales del pasado mes de octubre. El reportaje de la primera, a cargo de Charles Jaigu, fue traducido en la edición digital de El País del 28 de octubre, de la cual citamos. El periodista comenta: «Esta vida, que de repente se ha convertido en un libro abierto, reabrirá las polémicas del siglo XX español. Los lectores antimonárquicos [rectius, revolucionarios de tendencia antiisabelina] denunciarán la relación entre el rey y Franco. Estos profesores moralistas se negarán a ver lo que el dictador aceptó al nombrar sucesor a Juan Carlos, porque conocía sus convicciones liberales. El padre de Juan Carlos, que debería haber sucedido a Franco, enseñó a su hijo que había que aceptar la realidad y arreglárselas en lugar de manejar grandes ideas abstractas y principios morales. También le enseñó que todo ello estaba al servicio de una única causa: la democracia». Y más adelante, añade el reportero: «Juan Carlos [traza] un retrato muy matizado de Franco, sin caer en un relato simplista. “¿Por qué mentir si fue él quien me convirtió en rey y, en realidad, lo hizo para crear un régimen más abierto?”, insiste cuando le señalamos que su relato escandalizará a los españoles, a quienes se les ha enseñado que Franco era comparable a Mussolini o incluso a Hitler. La historia de esta relación ambigua se plasma magistralmente en estas páginas que se leen de un tirón».   

Pero el plato fuerte de las presentaciones lo constituye una entrevista dada en francés al periodista Stéphane Bern, que se emitió el 26 de noviembre en el canal 3 de la televisión pública francesa. La interview está dividida en secciones. La primera lleva por epígrafe «Juan Carlos y el General Franco», y en ella se encuentran algunos de esos asertos que «descolocaban» al Sr. Sánchez cuando ojeaba el libro. Ateniente a nuestro asunto, extraemos el siguiente fragmento de la entrevista:

«Stéphane Bern.– En 1969, Franco decide que usted es su heredero. ¿Es duro callarse tres pasos detrás de un dictador? Usted ha aprendido a callarse.

Juan Carlos.– Es difícil hablar cuando hay otro régimen, y como se me había nombrado heredero para ser rey y mi idea era la democracia, yo tenía la impresión de que había verdaderamente que preparar el futuro y quedarse tranquilo hasta ese momento. No era fácil porque había mucha gente que demandaba cosas, pero yo creo que en aquel momento había que estar de acuerdo con lo que pasaba… y el momento que se pasaba en España, yo debía aceptar las cosas como ellas venían.

S.B.– Lo que se descubre en el libro, es que él estaba al corriente de lo que usted iba a hacer.

J.C.– Todo, lo sabía todo porque la gente que yo tenía era del régimen. Entonces él sabía, no tenían sino que decir lo que yo hacía en la casa.

S.B.– Sí. Sí. Usted estaba espiado por todas partes.

J.C.– La reina y yo sabíamos que se lo decían todo, pero había que vivir normalmente.

S.B.– Y hay incluso esta anécdota. Usted da una larga entrevista en los Estados Unidos y usted dice: “cuando yo sea rey, restauraré la democracia”, y después se fue usted a ver a Franco.

J.C.– Sí, bueno, naturalmente. La publicaron en España, y el ministro de asuntos exteriores me deja un mensaje en el aeropuerto diciendo: “Franco tiene la entrevista sobre su mesa”. Entonces, yo me dije: “Oh, Dios mío, ¿qué es lo que voy a decir?”. Y reentro en casa, me lavo todo, y me voy a verle. Y él me dice: “¿Cómo fue el viaje?”. Yo dije: “Muy bien. Escuche, me han entrevistado allí y se lo voy a contar porque está en inglés”. Él me dice: “No, no. Siéntese, siéntese”. Y, bueno, yo me digo: “Ahora verdaderamente va a enfadarse conmigo”. Y él me dice: “Alteza, hay que decir allá lo que no se puede decir aquí, y hay que decir aquí lo que no se puede decir allá”. Nada más. Yo le dije: “Mi general, ¿por qué es que usted no me ayuda para el futuro?”. Y él me dice: “Usted debería hacerlo, yo no puedo hacerlo”. Yo me decía: “Bueno, él comprende muy bien lo que va a ser el futuro”. Y la prueba es que el día antes que él muriera, me coge la mano y me dice: “Alteza, la única cosa que le pido es mantener la unidad de España”.

S.B.– Lo que usted ha hecho.

J.C.– Es lo que he tratado de hacer».

Es preciso recalcar que ninguna de estas aserciones constituye en absoluto ninguna novedad, sino que han venido repitiéndose constantemente desde pocos años después de la muerte de Franco por diversos escritores o historiadores, y han sido corroboradas otras tantas veces por el mismo Juan Carlos o sus allegados.

En concreto, y remontándonos a las fuentes primarias, lo concerniente tanto al episodio de la entrevista estadounidense, así como sobre la conversación con el dictador acerca del futuro, fue referido primariamente por el periodista Joaquín Bardavío en su libro titulado Los silencios del Rey (1979), en el Capítulo III que llevaba por encabezamiento: «Franco: “¡Si usted no podrá gobernar como yo!”».

Respecto al tema del futuro, señalaba Bardavío (pp. 50-52):

«Cuando empecé a concebir este libro pensé darle gran relieve a las relaciones Franco-Príncipe. Durante años había estado atento a cualquier filtración sobre las conversaciones y múltiples encuentros de ambas personalidades y apenas pude tomar un par de apuntes. Pensé que tema tan delicado se sustraía incluso a la observación incisiva y las presuntas y sustanciosas conversaciones quedarían entre ellos, sin apenas trascendencia a sus círculos más cercanos.

Sin embargo, una investigación centrada en el tema y con posibles informadores seleccionadísimos me ha llevado a la conclusión, absolutamente ratificada en su certeza, de que, en las relaciones Franco-Príncipe, apenas se habló de política. Y lo que es más importante. Franco nunca adoctrinó al Príncipe y ni siquiera le sugirió lo que tenía que hacer una vez que le sucediera. Por extraño que parezca.

En más de una ocasión Don Juan Carlos se mostró preocupado, e incluso molesto, por no encontrar en el Generalísimo respuesta a interrogantes sencillos sobre su actuación en el futuro. Franco le decía invariablemente:

– ¿Para qué quiere que le diga algo? ¡Si Vd. no va a poder gobernar como yo!

Esta frase, que casi me atrevería a calificar de textual, es el resumen definitivo de la actitud de Franco con el Príncipe. El Generalísimo era perfectamente consciente de que su “personalidad” y todo lo que ello significaba, era intransferible. Y que, por tanto, el Príncipe debería actuar sobre nuevos supuestos y ante nuevas circunstancias.

Y nótese que Franco se refería a “gobernar”, a que el Príncipe tendría el Poder en sus manos y por eso también le decía:

– El Poder tiene recursos para todo, Alteza.

Realmente el Príncipe, al hacer un análisis de sus conversaciones con Franco sobre temas políticos, llegó a la conclusión de que le dejó en total libertad, de que no quería hipotecarle el futuro y de que era muy posible que Franco, honestamente, no se atreviera a condicionar a un hombre que tendría que enfrentarse con un porvenir que él no podía adivinar.

O quizá pensara que el Príncipe, en su silencio, en su talante observador, estaba empapado hasta la médula del espíritu franquista y que eso le llevaría a maniobrar hábilmente sin mover los pies de la ortodoxia del Estado del 18 de Julio. Es muy difícil, por no decir imposible, saber qué pensaba Franco. Es fácil, sin embargo, saber cómo actuaba. Y con Don Juan Carlos actuó sin agobios, sin siquiera presiones, con indicaciones muy vagas, con consejos paternales que fueron sugerencias orientativas en algún tema concreto. Pero nunca le adoctrinó. Nunca le dijo lo que tenía que hacer.

En cierta ocasión tuve la oportunidad de explicarle personalmente a Don Juan Carlos estas observaciones mías. Y me las ratificó absolutamente».

Por otro lado, en cuanto a la entrevista americana, agrega Bardavío (pp. 52-54):

«Políticamente entre Franco y el Príncipe fueron mucho más importantes los silencios que las conversaciones. Me he planteado el espigar, de entre lo inédito, de entre lo que llevo recogido en años, algunos pasajes significativos que podrían constituir la sencillamente espina dorsal que vertebró la relación verbal y política entre el Jefe del Estado y su sucesor.

Franco prefería que Don Juan Carlos evitara las declaraciones a la Prensa tanto nacional o internacional, o que las redujera a un mínimo indispensable. En cierta ocasión el Príncipe se vio comprometido por unas preguntas que le colocaron en situación difícil. Contestó como pudo, pulcramente, pero con excesiva prudencia y, a la postre, de manera irremediablemente confusa. Franco aprovechó para subrayarle sin acritud:

– Hay muchos asuntos importantes en los que usted no puede ni debe decir claramente lo que piensa. Es mejor que no diga nada. Por eso le recuerdo lo que le he dicho alguna vez: prefiero un Príncipe mudo a un Príncipe tartamudo.

En efecto, la inseguridad que produce la distancia entre lo que se quiere y lo que se puede decir provoca una tartamudez conceptual. Y Franco no deseaba que Don Juan Carlos apareciera como un tartamudo ante los políticos y la opinión pública. Prefería su silencio.

Sin embargo, en otras ocasiones, muy contadas, le parecía bien que Don Juan Carlos explicara sus puntos de vista, aunque en principio pudiera parecer que se contraponían a los del Jefe del Estado. Por ejemplo, cuando el Príncipe, acompañado de la Princesa, hizo su primera visita oficial al extranjero, a los Estados Unidos, y fue recibido con honores de Jefe de Estado. Allí hizo unas “avanzadas” declaraciones al Washington Post [rectius, al Chicago Tribune, publicadas en su edición de 25 de enero de 1971], uno de los diarios más influyentes del mundo.

A la vuelta del viaje fue confidencialmente prevenido de que Franco estaba que “bramaba” por tales declaraciones. El Príncipe no se preocupó y pensó en adelantarse inmediatamente a una posible crítica. Telefoneó al Generalísimo para pedirle ser recibido con urgencia. La cita fue para ese mismo día. Don Juan Carlos, apenas sentado en el despacho del Jefe del Estado, y antes de explicarle con detalle el viaje y los asuntos políticos más importantes que había tratado, extrajo de su bolsillo el recorte de sus declaraciones al Post:

– Mi General, creo que ya conoce esto que he dicho en Washington y me gustaría saber su opinión.

Por supuesto Franco conocía perfectamente las ideas expresadas por el Príncipe; y utilizó su vena gallega para responder:

– Hay cosas que usted puede y debe decir fuera de España y cosas que no debe decir en España. Lo que se dice fuera puede no ser conveniente que se difunda aquí. Y, a veces, lo que se dice aquí mejor sería que no se supiera fuera».

El asunto de las conversaciones con el Dictador acerca del futuro, fue ampliado posteriormente por el mismo Juan Carlos en un documental emitido por la BBC el 23 de enero de 1981, y reproducido en TVE, bajo el rótulo «Juan Carlos I, Rey de España», en la madrugada del 7 al 8 de febrero (apenas dos semanas antes de los famosos sucesos del día 23). De sus declaraciones políticas a lo largo de la entrevista con el periodista Jack Pizzey, se recogió una transcripción traducida en el semanario Cambio 16, en la página 27 de su número 479 (2 de febrero de 1981). De ella extraemos el siguiente fragmento:

«BBC.– En todos esos años que estuvo con el general Franco, ¿cómo se llevó con él?

Juan Carlos.– Tengo que decirle que muy bien. Hablábamos de una manera muy familiar y, claro, él era mucho mayor que yo y me trataba un poco como si fuera un nieto. Probablemente, al principio, no me prestaba mucha atención, pero siempre fue muy buen conmigo y cuando me casé también se portó muy bien con la Reina.

BBC.– ¿Discutían sobre el futuro de España?

J.C.– No mucho, no mucho. Pero una cosa que no mucha gente sabe es que cuando hablaba con él o él conmigo… Una vez le pregunté: “¿Por qué no me explica un poco cómo maneja los asuntos de Estado y cómo se enfrenta a los distintos problemas?”. Él me miró, sonrió y me contestó: “¿Por qué?”. Y yo le dije: “Bueno, porque estoy interesado, tengo ganas de aprender, quiero saber cómo lo hace usted”. No le dije más. Y entonces él me respondió: “No es interesante porque cuando tengas que hacerlo tú lo tendrás que hacer de una manera completamente diferente a como yo lo he hecho”. Mucha gente dirá que eso no es cierto, pero es verdad que me lo dijo. Eso fue una verdadera experiencia para mí a la que no presté atención hasta que no me convertí en rey y él ya había muerto».

Por otra parte, en el libro-entrevista de Pilar Urbano titulado La Reina (1996), la periodista señala que Juan Carlos, en su consabido viaje a los Estados Unidos a finales de enero de 1971, «despachó algunas declaraciones en prensa escrita», y pone a continuación el siguiente comentario en boca de Sofía (pp. 244-245):

«Fueron muy importantes […] las que hizo en The Chicago Tribune. Decir entonces que la gente en España quería más libertades era muy atrevido. Pero él lo dijo. Y habló de apertura y de democracia. De regreso ya aquí, en Madrid, vino un día Castañón de Mena, muy alarmado: “Alteza, Franco tiene sobre su mesa esas declaraciones”. Y mi marido dijo: “Ah, ¿sí? Pues muy bien: voy a leérselas en castellano yo mismo”. Cogió la hoja del periódico, se la metió en el bolsillo, y se fue a verle a El Pardo. Nada más llegar, le dijo: “Mi general, he hecho estas declaraciones en Chicago”. Franco no estaba molesto. Sonrió y le dijo: “Sí, alteza, hay cosas que se pueden decir allí, y no pasa nada; en cambio, aquí no se pueden decir porque sí que pasa… No sería apropiado repetir aquí lo que se dice fuera. Y, a veces, sería mejor que fuera no se supiera lo que se dice aquí”. En opinión de Franco, España no estaba preparada para una democracia “a la americana, o a la francesa, o a la inglesa…”. Eso lo repetía muchas veces.

Él apreciaba de verdad al príncipe. Yo notaba en su cara que se alegraba de verle, de tenerle cerca.

Un día le preguntó: “Mi general, ¿cuándo me va a llevar a un consejo de ministros?” Y Franco le contestó: “¿Para qué? ¿De qué le va a servir? Vuestra alteza no podrá hacer lo que hago yo. Vuestra alteza tendrá que hacer cosas distintas, y hacerlas de otra manera”».

Relacionado con el mismo tema, Urbano transcribe al instante el siguiente intercambio con Sofía (p. 245):

«– Majestad, ¿en aquellos años, como príncipes de España, se sentían vigilados a distancia por los servicios de información, o ya Franco se fiaba de don Juan Carlos?

– Franco se fiaba, sí; pero una cosa era Franco, y otra cosa todo el sistema del régimen. ¿Que si nos sentíamos vigilados a distancia…? ¡Nada de a distancia! ¡Aquí, dentro de nuestra casa, delante de nuestras narices, nos espiaban! Todas las personas que pasaban por aquí, quedaban “fichadas”. Había un conserje que todos los días enviaba a El Pardo una nota poniendo quiénes habían venido, a qué hora entraron, a qué hora salieron… Muchas veces sorprendimos al personal de servicio escuchando detrás de las puertas. Ah, y cuando quisimos aclararlo, nos enteramos de que lo hacían porque se lo habían mandado de arriba, y tenían que cumplir su deber. Vimos que ellos lo hacían porque tenían que hacerlo. Pero ¿qué ibas a hacer? Vivías con ello. Viajábamos mucho, salíamos mucho…

– ¿Estaban, si se me permite decirlo así, en una especie de campaña de marketing, anunciando un “producto” nuevo…?

– Bueno… había que dar la imagen de que lo que vendría sería muy diferente de lo que había. Pero no lo podíamos decir con discursos, ni con declaraciones. Teníamos que salir, estar en la calle, ir por las ciudades, dejarnos ver, hablar con todos…».

Finalmente, en lo que atañe a la última conversación de Juan Carlos con el moribundo Franco, este dato, que sepamos, apareció por vez primera en 1993. En primer lugar, el escritor José Luis de Vilallonga, en su libro-entrevista titulado El Rey. Conversaciones con Don Juan Carlos I de España, cuya primera edición apareció en marzo de ese año, consigna el siguiente diálogo con el hijo de Juan Battenberg (p. 86):

«– ¿Pensáis que Franco creía de verdad en su célebre frase: “Lo dejo todo atado y bien atado”?

– Nunca escuché esa frase de sus labios, y pienso que no hay que tomarla al pie de la letra. Creo que con esas palabras el General quería dar a entender que dejaba detrás de él las estructuras que el país necesitaba. Era demasiado inteligente como para creer que a su muerte las cosas se quedarían tal como estaban.

– Encuentro curioso que Franco, teniendo la intención de hacer de vuestra majestad su sucesor, no os pidiera colaborar con él en las funciones del Estado, que no os diera más explicaciones, más consejos.

– Franco sabía muy bien que yo no podría seguir la mayor parte de sus consejos. En cualquier caso, no todos. Pero me acuerdo de que, cuando ya estaba él gravemente enfermo, acudí a visitarle, me acerqué a su cabecera y entonces me cogió la mano, la apretó muy fuerte y me dijo en un suspiro: “Alteza, la única cosa que os pido es que mantengáis la unidad de España”. Es cierto que a menudo le pedí que me permitiera asistir a un Consejo de Ministros para ver cómo los lidiaba. Él me respondía siempre: “No os serviría para nada porque no podréis hacer lo que yo hago”».

Y hacia el final del libro, Vilallonga recoge las siguientes frases en torno a lo mismo (p. 228):

«– Lo que voy a decirte, José Luis, no lo comprenderá todo el mundo… Pero si uno lo piensa bien… A menudo me he preguntado si la democratización de España hubiera sido posible al finalizar la guerra civil.

– Probablemente no, Señor.

– Eso creo yo. Todo lo que hice en cuanto me vi con las manos libres pude hacerlo porque antes habíamos tenido cuarenta años de paz… Una paz, estoy de acuerdo, que no era del gusto de todo el mundo… pero que, de todos modos, fue una paz que me transmitió unas estructuras en las que me pude apoyar…

[…]

– ¿Cuáles fueron las últimas palabras que os dirigió Franco antes de morir?

– La última vez que le vi ya no se encontraba en estado de hablar. La última frase coherente que salió de su boca en mi presencia, cuando ya se hallaba prácticamente en la agonía, es la que he mencionado ya, referida a la unidad de España. Más que sus palabras, lo que me sorprendió sobre todo fue la fuerza con que sus manos apretaron las mías para decirme que lo único que me pedía era que preservara la unidad de España. La fuerza de sus manos y la intensidad de su mirada. Era muy impresionante. La unidad de España era su obsesión. Franco era un militar para quien había cosas con las que no se podía bromear. La unidad de España era una de ellas».

En segundo lugar, paralelamente, Laureano López Rodó, en el cuarto y último Tomo de sus memorias, Claves de la Transición, cuya primera edición salió en mayo de 1993, relata que tuvo una entrevista con Juan Carlos en la tarde del día 18 de noviembre de 1975, y escribe (p. 168):

«A Don Juan Carlos no se le podía borrar de la memoria lo que le dijo Franco cuando fue a verle y se colocó a la cabecera de su cama. Franco le cogió la mano, se la estrechó fuertemente y le hizo esta última recomendación: “Alteza, la única cosa que os pido es que mantengáis la unidad de España”».

Juan Carlos insistió en los mismos testimonios en un documental emitido el 15 de febrero de 2016 por la tercera cadena de la televisión pública francesa, no reproduciéndose en TVE hasta el 6 de agosto de 2020, bajo el título «Yo, Juan Carlos, Rey de España». La entrevista, en esta ocasión, fue llevada a cabo por la mentada Laurence Debray, quien verterá más tarde su contenido en un libro publicado en 2022 con el encabezamiento Mi Rey caído.

En torno a la media hora del programa, hablando de sí mismo, Juan Carlos declara: «Sabía más o menos lo que quería. Pensaba que España había que… que tenía que tener otro régimen, y había que hacer algo completamente diferente, ¿no? ¿El cómo? Pues ya lo vendría… vendría después». Seguidamente, su hermana Pilar añade, hablando de sí y los demás vástagos de Juan Battenberg: «La democracia la habíamos “mamado”, como se dice en España vulgarmente y con perdón. Era a lo que [Juan Carlos] estaba educado. Mi padre, por mi padre, por supuesto». Y continúa refiriendo el protagonista del documental, en relación al conocido episodio americano:

«Venía de un viaje en que tuve un desayuno llamado “off the record”. En ese desayuno dije algunas cosas sobre la democratización de España, y la apertura de España. Y Franco me dijo: “Alteza, hay cosas que se pueden decir ahí que no hay que decir aquí, y hay otras que se tienen que decir aquí que no se pueden decir ahí”.

Yo le decía: “Pero, mi general, usted ¿por qué no abre un poco, y por qué no tal?”. Y él me decía: “Eso tendrá que hacerlo usted. Yo no, yo no lo puedo hacer”. Él me lo decía. Me decía: “Yo no puedo cambiar”».

Y hacia el minuto cuarenta del programa, confirma Juan Carlos:

«El día antes de morir, yo me acuerdo que me cogió la mano. Él estaba en una cama, y yo estaba al lado, sentado al lado. Me cogió la mano y me dijo: “Alteza, lo único que le pido es que mantenga la unidad de España”. Y eso, si lo piensa uno, quiere decir muchas cosas. No me dijo: “Mantenga esto, mantenga lo otro, o no haga esto”. No, no. La unidad de España. Lo demás… [hace un gesto con las manos, como diciendo “nada”]».

No sabemos si, en el nuevo libro de memorias, Juan Carlos traerá revelaciones desconocidas o recuerdos inéditos, aunque por los adelantos promocionales que hemos visto la cosa más bien parece apuntar a una simple reiteración de noticias que son de dominio público desde hace varias décadas. De hecho, se podría aumentar la información, en la misma línea, con multitud de otros datos igualmente bien conocidos. En este sentido, ya pusimos en su día un botón de muestra más en nuestro triple artículo «La política europeizadora de la Dictadura franquista», cuando trajimos a colación otras aseveraciones de Juan Carlos ante la televisión alemana, también a la vista y ciencia de Franco.

La Dictadura liberal-constituyente del General irá forjando unas estructuras económicas y políticas que servirán como base y fundamento para una progresiva asimilación doméstica con los regímenes del entorno occidental, iniciando así un proceso de democratización a la europea cuya consumación (sobre todo en el aspecto político) quiso reservársela el Dictador a su digno sucesor Juan Carlos.  

Ignoramos cuáles puedan ser las respuestas que el Sr. Sánchez tiene prometidas respecto a esas «cosas que […] me han dejado sorprendido, sobre quién trajo o no trajo la democracia», tras su somera lectura del volumen. Aunque, teniendo en cuenta que la idea que, a este respecto, parece traslucirse en sus páginas, coincide justamente con la tesis principal que sostiene la «Fundación Nacional Francisco Franco», lo más cómodo y sencillo, para el actual Primer Ministro del Presidente republicano Felipe Schleswig, sería limitarse a aplicar al progenitor de éste la «ley de memoria democrática», al igual que viene haciendo con la susodicha Fundación.

Félix M.ª Martín Antoniano     

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