Santo Tomás, siguiendo el pensamiento de Aristóteles, establece que en el respecto de los derechos naturales que goza el hombre, se resumen todas las aspiraciones que pueda tener a tres exigencias legítimas jurídicamente encausables; el derecho a la verdad, el derecho a la bondad y el derecho a la belleza. Los dos primeros no suponen ninguna dificultad mayor para su comprensión, garantizando la adquisición de saberes (mientras no supongan error, obviamente) el primero y la capacidad para poseer medios para satisfacer las necesidades propias y sociales el segundo. El tercero, sin embargo, podría causar cierta intriga en aquellos que desconozcan el pensamiento escolástico, más es de suma importancia en el entendimiento tradicional de la persona humana. El derecho a la belleza implica «la garantía del cultivo de las satisfacciones espirituales que elevan al hombre por encima de la animalidad», como bien explica Francisco Elías de Tejada en la obra conjunta «¿Qué es el carlismo?» (p. p. 163). Esto se manifiesta por supuesto en el fuero interno del hombre, pero también posee un carácter social, por la propia naturaleza del hombre. La belleza material, entiéndase el arte, tiene una relevancia e influencia importantísima sobre la vida del hombre, no solo por ser en gran medida reflejo de la sociedad, sino porque, y sobre todo en el arte religiosa, la misma suele tener una función didáctica, exponiendo ideas y doctrinas a través de las diferentes representaciones artísticas.
Pocos habrán comprendido la importancia del arte como Juan Vázquez de Mella, en sus distintos estudios sobre la estética; a continuación reproducimos uno de sus escritos recopilados en sus Obras Completas, particularmente en el Volumen uno titulado «Selección de elocuencia e historia», dentro del apartado de «Religión», donde Mella resalta, con una habilidad y un estilo tan característico suyo, la importantísima faceta artística de la Iglesia, representado en la madre patria española con grandes como Velázquez, y, sobre todo, y en palabras del propio Mella, «aquel griego nacido corporalmente en Creta y espiritualmente en España».
José María Arizmendi, Círculo Tradicionalista San Felipe y Santiago de Montevideo
CÓMO EL AMOR RESULTA LA PRUEBA ESTÉTICA DE LA IGLESIA
El amor es la primera y la última palabra de la Iglesia católica. ¿Y cuáles son las causas del amor? La bondad y la belleza: dos hermanas gemelas que andan siempre juntas y abrazadas a la verdad, que es la hermana mayor. Dondequiera que veáis la belleza y la verdad, allí estará el amor para dirigiros a ellas y encenderos en sus llamas; y dondequiera que esté el amor, allí estarán la bondad y la belleza para inflamarle. Y la Iglesia, manifestación de la verdad absoluta, tenía que serlo de la bondad y reflejar su belleza; y por eso quiero poneros en presencia de un gran contraste que ilumina la faz de la Iglesia con una nueva luz que ella sola irradia.
Comparad los templos de todas las religiones con un templo católico, y veréis que solo en el templo católico se dan cita todas las artes, y que en los otros no están todas: están dispersas, o están proscritas. Como ella es manifestación de la suprema belleza, todas las bellezas, rayos del mismo foco, se sienten atraídas por ella. La pagoda oriental deforma la naturaleza con sus monstruos: la mezquita reniega de la estatuaria y la pintura: en la sinagoga actual encontrareis el germen, pero nada más que el germen, de las bellas artes, porque, como se apartó y no quiso seguir la corriente de la Iglesia, sólo conserva lo que anunciaba a la Iglesia en los serafines que guardan el arca de la alianza y en los comienzos de la ornamentación simbólica, que, no pudiendo ya expresar la verdad religiosa, copiaron como símbolo suyo las sectas secretas que la combaten. Ni siquiera las herejías que se llaman cristianas conservan las bellas artes. La Reforma, que las resume todas, es iconoclasta: proscribe la estatuaria, proscribe la pintura, y sus templos parecen templos profanos.
Y ¿Qué más? El mismo cisma griego, que conserva el dogma, como se ha apartado de la unidad, si reconoce la pintura, aunque petrificada en la rigidez bizantina, como si quisiera recordar siempre la fecha de la ruptura con Focio en el siglo IX y su consumación en el XI, no admite el relieve y reniega de la estatuaria. Sólo la Iglesia católica, sintiéndose obra del Artista supremo, congrega en derredor de su trono todas las manifestaciones de la hermosura en la naturaleza y en el arte. El mundo vegetal y animal, con las riquezas de su flora y de su fauna, está en los capiteles y en los pórticos, representando simbólicamente virtudes y pecados. La estatuaria se levanta en los altares: la pintura reproduce la vida entera y el triunfo de los mártires y de los santos, y la gloria, el purgatorio y el infierno en los tímpanos, en los muros, en las vidrieras y en los retablos, y todas las voces de la alegría y del dolor en el cántico, en la música del órgano, en la lengua de bronce de la campana, y hasta la danza sagrada y el arte escénico en el esplendor de sus ritos y ceremonias, que no en vano el drama litúrgico nació en el templo. Y por encima de las manifestaciones plásticas de la belleza, hace brillar todos los esplendores de la doctrina y de la poesía : si queréis la enseñanza didáctica, ella os la mostrara en lo que llama cátedra por antonomasia: y si buscáis el drama, y la epopeya, y el poema más heroico, todos los días y a todas horas está leyendo la tragedia suprema y la más grande de las epopeyas, porque en ella no está como protagonista un hombre, sino el Hombre; no una mujer, sino la mujer Virgen y Madre; no lo humano ni lo divino desfigurado y separado, de las antiguas teogonías, sino lo divino y lo humano unidos en el Dios-hombre.
Todas las formas literarias le rinden vasallaje para expresar la historia de los personajes superiores a todas las concepciones artísticas, y sentimientos que no caben en el alma y en la lira de los grandes poetas. Ella presenta dramas reales, a la vez humanos y divinos, y que superan a todas las creaciones de la fantasía. ¿Qué novela histórica ni caballeresca podrá compararse con la vida de los conquistadores y guerreros victoriosos como San Fernando, o vencidos como San Luis: ni qué aventureros heroicos podrán colocar sus hechos al lado de las empresas de San Francisco Javier? ¿Qué novela social puede acercarse a la vida de San Vicente de Paul o San Juan de Dios? ¿Qué novela psicológica, a esas súbitas conversiones como la de la Magdalena, San Pablo y San Agustín? Y si buscáis todas las formas y modelos de la poesía lírica, ella os ofrecerá las elegías desgarradoras y los himnos triunfales más grandes que han agitado el corazón y los labios de los hombres. Lanza imprecaciones terribles con la voz de los profetas, y es fúnebre en el Dies irae; se anega con el llanto en el Stabat Mater; suplica y ruega con todos los acentos de la ternura en la Salve Regina; pero canta en el Magnificat y expresa el triunfo en el Te Deum, porque tiene en sus manos el corazón de los hombres: y, como oye las solicitaciones de la vida divina en las voces de la gracia y escucha la confesión de todos los pecados y miserias humanas, lo abarca todo; y su templo, como el Universo, junta todos los contrastes y todas las armonías.
¿Hay derecho a privar al niño, a privar a la juventud, de esta síntesis suprema, la más grande que ha brillado en el mundo, porque descendió de los cielos, y la graban la razón y la fe en las almas de los hombres?
Juan Vázquez de Mella
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