El pasado veintidós de noviembre, fuimos pocos. Muy pocos. Y no importa.
Porque en la historia de la Iglesia, los grandes virajes no los iniciaron nunca las masas, sino los fieles verdaderos: los que permanecen cuando todos los demás han dado un paso atrás.
Entramos en la Catedral de Baeza como simples turistas —pagando entrada, entre cámaras y visitantes— mientras buscábamos la Capilla Dorada, cerrada con su verja como un símbolo doloroso de esta época que guarda tesoros sagrados… pero los esconde. Nadie nos esperaba, ningún sacristán abrió puertas, ningún clérigo se unió, ninguna cofradía, ninguna asociación. Un templo de siglos, que fue testigo de la grandeza mariana de España, nos recibió como a forasteros.
Y sin embargo España volvió a jurar.
Porque aunque solo fuéramos unos pocos correligionarios, aunque los «católicos respetables» no se dignaran a venir, aunque los que hablan de Tradición en tertulias no fueran capaces de defenderla con su presencia, la llama no se apagó.
Otros no vinieron.
Otros no fueron dignos.
Otros no tuvieron valor.
La Universidad de Baeza, en 1654, juró la Inmaculada Concepción con solemnidad, muchedumbres y autoridad académica. Nosotros, casi cuatro siglos después, repetimos el espíritu con nada más que un rincón, unas oraciones en voz baja y unos corazones decididos. Y esto basta. Porque los tiempos heroicos no nacen de los aplausos, sino de los restos que se mantienen firmes cuando todo lo demás cae.
Ante la verja cerrada de la Capilla Dorada —como si el mundo quisiera impedir que nos acercásemos a la Madre— pronunciamos el Stabat Mater con una dignidad casi clandestina. El templo estaba lleno de turistas indiferentes, pero aquello no disminuyó la fuerza del momento: cada palabra era un desafío silencioso, una afirmación de que España sigue siendo tierra de María aunque muchos lo hayan olvidado.
Y después, uno por uno, pronunciamos el juramento.
No había solemnidad exterior.
No había micrófonos.
No había «actos oficiales».
Pero sí había hombres y mujeres dispuestos a comprometer su alma.
Y eso vale más que cualquier ceremonia vacía. Porque en tiempos de apostasía blanda, permitirse creer es ya un acto de guerra.
Esta jornada no será recordada por números ni por multitudes, sino por su esencia: un puñado de fieles plantando cara al desierto espiritual, defendiendo los títulos de Corredentora y Medianera de la Virgen en un mundo que ya no sabe ni qué es una madre.
Y aquí está la esperanza. No la esperanza ingenua de que mañana vendrán todos. No la esperanza sentimental de que la multitud se convertirá por arte de magia. Sino la esperanza cristiana, la que nace de saber que la fidelidad de los pocos es la semilla de los muchos.
Toda restauración comenzó así: los mártires, solos; las órdenes religiosas, con uno o dos; la Reconquista, con Pelayo en Covadonga, abandonado por casi todos. También hoy, en esta pequeña Covadonga baezana, unos pocos mantuvimos el puesto. Que la Capilla Dorada estuviera cerrada no fue una derrota: fue una profecía.
Porque cuando llegue el día —y llegará— en que vuelva a abrirse para acoger un juramento multitudinario, podrá decirse que unos pocos, en un día frío y turístico, sostuvieron la antorcha.
Nada está perdido mientras quede un español que, ante la Virgen, aún sabe arrodillarse y jurar. Y nosotros, aquel día, acompañamos a la Virgen María Corrdentora y Mediadora de todas las Gracias.
Texto de la Jura Corredencionista:
«Yo, N., en presencia de Dios todopoderoso, uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y ante la Bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios, cuyos santos Evangelios toco con mi mano, prometo, hago voto y juro que defenderé, sostendré y confesaré siempre, con toda mi fuerza, poder y entendimiento, el título y misterio de la Santísima Virgen María como verdadera y propiamente Corredentora, por haber cooperado de modo singular, único y subordinado a Cristo en la obra de la Redención del género humano; y juro igualmente que no enseñaré, permitiré ni toleraré en público ni en secreto doctrina alguna contraria a tan piadosa y antiquísima verdad, sino que la rebatiré y refutaré con firmeza cuando mi deber de estado o la caridad cristiana así lo exigiere.
Prometo además promover, honrar y propagar, según mis fuerzas y condición, la devoción y reconocimiento del papel corredentor de María Santísima, exhortando a los fieles con palabra y ejemplo a venerarla como Madre Dolorosa que, al pie de la Cruz, se unió de manera singular al sacrificio redentor de su Hijo.
Y declaro que cuanto aquí prometo y juro lo hago en la medida en que lo permita la Santa Iglesia Católica y Apostólica y en obediencia a los Sumos Pontífices, a cuyo juicio y autoridad me someto enteramente.
Si —lo que Dios no permita— faltare a este voto y juramento, quedo sujeto a las penas y correcciones que la Iglesia estableciere contra quienes menoscaban los privilegios y títulos de la Virgen Madre de Dios.
Así lo prometo, voto y juro; y para cumplirlo pido el auxilio de Dios todopoderoso y la intercesión de María Santísima, Corredentora del género humano.
En señal de ello beso estos santos Evangelios que toco con mi mano. Amén».
Círculo Tradicionalista de Baeza
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