Sociedad versus soledad
Múltiples pueden ser las causas de la disolución social. También el cansancio termina agotando las fuerzas morales de muchos que terminan rezagados y se van quedando atrás, como les sucede a los ancianos, pues descartados por la sociedad, tanto capitalista como socialista, al no ser productivos, son abandonados o eutanasiados, librados a su triste suerte.
¡Pobres ancianos! ¡Cuántos entre ellos sufren la soledad, en soledad, a causa de la soledad! Abandonados por hijos que consideran que acompañar a sus padres es algo opcional y accesorio. Más allá de los dolores del cuerpo, hay uno que tortura el alma y para el cual la cruel insensibilidad de los hijos no acude a poner remedio con un mínimo de generosidad. Esos hijos pasan los días, semanas, meses y años disfrutando de una existencia y de ciertos bienes que deben a sus padres. Vemos a los ancianos en gran soledad olvidados en los asilos. ¡Cuántos agonizan en los hospitales sin una mano amiga que cierre sus ojos y encomiende su alma en la hora de la muerte!
El cuarto mandamiento no dispensa de honrar, amar y estar atento a las necesidades en la ancianidad de aquellos a quienes debes la vida y que te protegieron en la infancia (esto muchas veces significa cuidar). Ese mandamiento no prescribe jamás, aunque la ley humana autorice la eutanasia que te permita eliminar a tu padre o emanciparte a los dieciocho años —no sé cuál de las dos es más cruel— para que hagas lo que te venga en gana y abandones a tu padre y tu casa como hizo el joven de la parábola, que no supo ejercer bien su libre arbitrio, delicado privilegio que tienen solo quienes son hijos y no quienes son esclavos. Ojalá todos los hijos que se alejan de los suyos, cuando no les quede otra opción que la del hijo pródigo[1], —hacer sociedad con los cerdos o sus sucedáneos contemporáneos, las mascotas, perrhijos y gathijos—, tengan el coraje de volver a su Padre, de retornar a su casa y así recuperar el anillo de su dignidad perdida.
Sabemos que la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, pero a veces no dejamos a la Trinidad realizar esa obra divina en nosotros, donde cada miembro, cada persona, cada misterio, cada cuenta, tiene su lugar específico en ese rosario que alegóricamente es la familia, esa congregación fundada por Dios.
Recordemos que cuando en una familia faltan los padres, el hijo primogénito está llamado a perpetuar la paternidad. Es un remedio previsto por la Divina Providencia para paliar, en cierto modo, la soledad causada por la ausencia de los padres. Los miembros de la familia, desde el mayor hasta el benjamín, son como cuentas de un rosario, pues están unidos por esa cadena, por ese vínculo perfecto que es la caridad, por la que el Espíritu santifica lo redimido por el Redentor y perfecciona la naturaleza establecida por el Dios Creador.
La Providencia, desde toda la eternidad, decide la cronología de entrada en la existencia y también indicará el momento de la partida. Un vínculo perfecto permite que ninguna cuenta se quede sola; al contrario, en comunión se dinamiza la fuerza orgánica que cada familia tiene en sí misma y cada individuo alcanza su plenitud en la pluralidad, sin aislarse ni debilitarse en la soledad del individualismo. El mundano, con los criterios inoculados por la revolución igualitaria, considera que todo orden jerárquico atenta contra el individuo y cree que el que es más lo hace de menos, cuando el Señor nos enseña, que el menos, en realidad, es más. En esta sociedad revolucionada, la primogenitura, que es expresión doméstica del principio[2] monárquico, cotiza actualmente a la baja, al igual que sucedió en tiempos de Jacob y Esaú, cuando este la vendió por un plato de lentejas. La primogenitura da cohesión, estructura, orden e impide la dispersión y la disolución de los lazos fraternos en la familia; de las familias que hacen pueblos, de los pueblos que hacen la Cristiandad. Si los problemas de las naciones son problemas de familia, podemos con toda lógica deducir cuál es el problema de las sociedades democráticas sin jerarquía, desestructuradas en su mismo origen.
Gracias a la fe en la vida eterna de nuestros mayores te invito a meditar y ponerte en su presencia, considerando que todo aquello que vivimos nosotros en esta tierra, sea gozoso, doloroso o glorioso, para nada les es ajeno. Mientras transitamos los senderos de esta vida, Dios que no rompe lo que en su Providencia ha relacionado, nos mantiene vinculados a nuestros ancestros, pues no tengo duda de que nuestros difuntos están más pendientes de nosotros aun que quienes están vivos. Ellos nos aguardan en la Jerusalén Celeste, pues, conjuntamente con los Apóstoles juzgarán las tribus de Israel[3] y en especial a nosotros, sus descendientes, para pedirnos cuenta de aquello que hicimos de su legado. Su autoridad se fundamenta en razón de su paternidad en cuanto son autores de un linaje. Ser autoridad significa ser autor.
Los materialistas consideran que, una vez muertos nuestros mayores, ya no existen; como los viñadores homicidas, que se creyeron dispensados de rendir cuentas a su Patrón lejano[4], porque actuamos como si no tuviéramos un día que responder por los talentos confiados [5] por Dios, a través de nuestros mayores. San Pablo pregunta: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?[6]
Este debe ser un aliciente para ser leales a nuestros mayores, teniendo en cuenta sus consignas y consejos, sin disgustar sus amores ni traicionar las misiones encomendadas, ni deshonrar su memoria con malos comportamientos. Hoy desde el cielo, incluso aún más de lo que pudieron ser en esta tierra, son testigos de nuestras vidas. Somos el espectáculo de los santos y de los ángeles[7], y sobre todo…de nuestros padres, agregaría yo, con toda modestia, al texto de San Pablo. Es una noble y saludable idea inspirada en la esperanza de la resurrección[8]. Rezamos por su descanso eterno, los tenemos siempre presentes en nuestras oraciones y en todos nuestros actos, en perspectiva del futuro reencuentro, no solo en tanto cuanto son nuestros mayores, sino también en tanto cuanto serán nuestros jueces, a quienes deberemos rendir cuentas. El cuarto mandamiento, no prescribe ni en la eternidad y Nuestro Señor nos dio ejemplo de honrar siempre a su Padre[9], no como aquel pueblo de dura cerviz[10], nostálgicos de las cebollas egipcias, ingratos manávoros del desierto, que optaron por afiliarse a la paternidad del diablo[11].
Soledad en las urbes
Vemos cómo la noche de la soledad se cierne particularmente sobre las ciudades, resulta paradójico que sea allí donde hay mayor número de personas. Las causas son numerosas, algunas razonables otras no tanto, unas veces es por ganarse la vida otras por no perderla, debido a guerras y persecuciones. Son muy dolorosos casi todos los éxodos por los que muchos dejan atrás sus pueblos, sus aldeas, sus familias y su patria, con rumbo hacia hipotéticos y oníricos Dorados.
El-que-desparrama desintegra comunidades con el fascinante canto de las sirenas seductoras del capitalismo, que arrastran a tantos a negros abismos. Los espejismos de la riqueza y el consumo fácil centellean, seductores, en las pantallas, tan fascinantes como la manzana propuesta por él en el paraíso. Quienes le dieron crédito, como incautas gallinas pensaron que podían confraternizar con los zorros, como inocentes corderos buscaron la seguridad junto a los lobos. El mundo mentiroso prometió vanidades, pero los pobres emigrantes terminan en la miseria perdiendo su propia identidad, pagando con la dignidad que les quedaba un poco de chatarra.
¡Cuántos emigrantes abandonan hoy su patria y continentes, dejando detrás ancianos sin asistencia, esposas sin consuelo y huérfanos sin rumbo! Sin las tradiciones que les daban identidad terminan amontonados como resaca de aluvión o sumergidos en las miserables cloacas urbanas. Algunos dejaron la selva o el monte con sus fieras, pero se metieron en la más terrible y peligrosa de todas: la selva de cemento, donde en cada esquina, en cada mostrador o ventanilla, oficina o taller, y hasta en las buhardillas, agazapada al acecho del incauto, se encuentra la peor de todas las fieras: homo homini lupus. Jacob, ante la túnica ensangrentada de José, no podía creer que sus propios hijos, presas de una envidia criminal, fueran más crueles que las mismas fieras. Pero José, por Providencia Divina, estaba aún vivo, esclavo en el exilio de Egipto[12]. (Continuará).
P. José Ramón Ma. García Gallardo
[1] Lc. XV, 11-24.
[2] Lc. IX, 48: Porque el que es más pequeño entre todos vosotros, ese es el más grande.
[3] Mt. XIX, 28.
[4] Mc. XII-1-12.
[5] Mt. XXV-14-30
[6] I. Cor. IV, 7.
[7] I Cor. IV, 9.
[8] II Mac. XII, 43.
[9] Jn. VIII, 49.
[10] Ex. XXXIII, 5.
[11] Jn. VIII, 44.
[12] Gen. XXXVII, 33: Este, al reconocerla, exclamó: «¡Es la túnica de mi hijo! Un animal salvaje lo ha devorado. ¡José ha sido presa de las fieras!».
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