Soledad espiritual
Cuando veía a un chico que estaba solo, San Juan Bosco decía de él que «o está enfermo de cuerpo o está enfermo de espíritu», e inmediatamente iba a verlo y le preguntaba: «¿Qué te pasa?». La tristeza nos aleja, la melancolía, el silencio, nos apartan del prójimo.
Es cierto que hay quien se aparta, pero hay quien es apartado por crueldades insospechadas. En ocasiones, el orgullo se complace haciendo daño a compañeros o camaradas, a quienes se aísla y posterga, como al pollito pequeño en el gallinero de la clase o el recreo, aplicando con ferocidad humana, superior a la ferocidad animal, la ley de la selva, picotazo tras picotazo. Su motor es la envidia diabólica que busca apagar los talentos de quien brilla. Esa ley de la jungla impera no solo en algunas familias, también en muchos colegios —lo que hoy se llama «bullying»—, oficinas y talleres —conocido como «mobbing»—, regimientos y congregaciones; ley cruel que se aplica sobre el que está solo, porque los tibios de cobardes omisiones no tienen alma de caballeros cristianos, que eran aquellos que defendían con su coraje y espada a la viuda y al huérfano, que estaban solos. Ahora, nadie los defiende. Frente a ese comportamiento, el apóstol Santiago nos recuerda que la religión perfecta es apartarse del mundo y defender al huérfano y a la viuda[1].
Otros resultan apartados por nosotros, para evitar la obligación molesta y aburrida de ejercer la misericordia y la paciencia, haciendo oídos sordos cuando el amigo inoportuno golpea nuestra puerta o cuando el viajero imprevisto nos pide tres panes[2]. Tenemos la tentación de esquivar a ese amigo pesado que viene a incordiarnos con su osadía, a deshoras, al pretender que salgamos de nuestra zona de confort.
El individualismo moderno nos ha metido en alojamientos cada vez más exiguos, donde ya no podemos recibir forasteros, y simultáneamente nuestro corazón se ha vuelto más estrecho para acoger las gracias celestiales. Por lo tanto, cada día es más difícil ser hospites sine murmuratione[3]. El Dios Grande, el Fuerte, el Terrible, que no hace acepción de personas ni recibe sobornos; que hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al extranjero y le da pan y vestido. Amad, pues, al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en el país de Egipto[4].En este mismo orden de ideas, fijémonos en la exhortación de San Pablo: Perseverad en el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad; gracias a ella algunos hospedaron a ángeles sin saberlo[5].Esta cita hace alusión a lo que le sucedió a Abraham, quien acogió a unos peregrinos que llegaron en su tienda, mientras acampaba en Mambré y, en ellos, la Tradición nos enseña que acogió a la misma Trinidad Sacratísima[6]. Otro ejemplo de visita inoportuna, lo tenemos en la llegada de un profeta peregrino, San Elías, a la casa de una viuda que padecía una extrema necesidad en la ciudad de Sarepta. Ella tenía motivos más que suficientes para cerrarle la puerta, pero no cedió a su egoísmo individualista y fue recompensada con abundante harina y aceite, pero, sobre todo, con la vida de su hijo, a quien el Profeta[7] resucitó. Y el que era más que todos los profetas, Jesús, visitaba a sus amigos de Betania, a quienes retribuyó su hospitalidad como puede hacerlo quien no se deja jamás ganar en generosidad[8]. En Jericó, Nuestro Señor se hizo invitar por ese hombre pequeñito de corazón grande que era Zaqueo, y desde ese día, en aquella casa entró la salvación[9]. Esa misma salvación se la comunicó la Virgen María en su visitación a su prima Isabel en Ain Karim. Estas son algunas de las innumerables visitas aleccionadoras que encontrarás en las páginas de Sagrada Escritura.
San Juan se lamenta de que el Señor vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; su luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la percibieron[10]. San Agustín decía que temía mucho al Señor que pasa[11] y no regresa. Seamos hospitalarios, no sea que el Divino Juez nos diga un día:
— Porque llamé a tu puerta y no me abriste.
— ¿Cuándo, Señor, llamaste y no te abrí?
— Cuando no la abriste al más pequeño, a Mí me la cerraste.
Si damos muchos portazos en las narices, nos lamentaremos luego de que nadie se acerque a visitarnos, porque no hay nada más huraño que un corazón egoísta. No nos resistamos a acompañar una milla cuando el Señor nos alienta a acompañar dos[12]. El que ama su vida la perderá[13], pues si el grano de trigo no muere, se queda solo[14], pero el amor hace fecunda la abnegación y así se multiplican talentos y gracias.
Él llama a nuestros corazones y si no le abrimos, porque aturdidos no le oímos, distraídos no lo atendimos u oyéndole no quisimos abrir, seremos como aquellos familiares que cerraron las puertas de sus hogares a María y a José en Belén. Tenían el corazón muerto al amor, a la Caridad de Dios que se terminó manifestando en la soledad de un pesebre, y por ese ostracismo, se vieron privados de la más sublime de las compañías.
Las personas aisladas y solas son como un herido, al que nadie le pregunta «¿dónde te has lastimado?». Apaleado por la vida, ese herido, casi vivo, yace abandonado y solo a la vera del camino, únicamente el buen samaritano no lo miró con indiferencia, sabiendo que era su prójimo[15]. ¿No será mejor frenar el paso en tu viaje, para llevarlo a la posada?[16] Si llegas allí donde la caridad te llama, ya has llegado al destino que Dios te ha preparado, has sobrepasado los horizontes terrenales, tus metas personales, para adentrarte en la eternidad del Cielo, en el Dios de Caridad.
¿Qué está sucediendo en esta sociedad postrevolucionaria? Recordemos unas inundaciones que hubo en un pueblo en Francia no hace mucho. Se dieron cuenta al evaluar los destrozos de las casas arrasadas por el agua que allí, en una de ellas, había una anciana que llevaba quince años muerta. Es cierto, que ella estaba muerta dentro de una casa, pero sus vecinos, y muchos en esta sociedad, son muertos vivientes, porque tienen ojos y no ven tienen orejas, pero no oyen, tienen nariz, pero no huelen; tienen manos, pero no palpan, tienen pies, pero no caminan; ni un solo sonido sale de su garganta[17], han abandonado el buen uso de sus sentidos y facultades. Los ojos fijos en las pantallas, las manos en el teclado y los oídos aturdidos por los auriculares y ellos, abstraídos. ¿Qué tendría de extraño que esta civilización artificial genere un hombre artificial, que tiene inteligencia pero que no piensa? Queda incapacitado para toda filosofía y le resulta imposible analizar causas y efectos, acaba viviendo al margen de toda lógica y analogía. Tiene voluntad, pero no sabe o no quiere amar, más que a sí mismo. Termina siendo incapaz de perseverar en el deber de estado y, sobre todo, en el deber-ser. La empatía natural fue reemplazada por la apatía. Si quitara los ojos de la pantalla podría ver si la higuera tiene hojas tiernas en los nuevos brotes; esto le permitiría saber si el verano está cerca[18], y el fin de los tiempos…pero tendrá que sacar los ojos de las pantallas si quiere enterarse. Qué tristeza causa en el sentido natural y en el sentido sobrenatural, esa victoria del diablo de separar a los hombres entre sí y también de Dios y entonces, lejos de la realidad, ajenos a su entorno, los lleva a la perdición. Al prescindir de ese Dios de caridad, los hombres, deshumanizados y disociados, se van alejando los unos de los otros; y luego, el que no ama a su hermano a quien ve, pero no quiere mirar, no puede amar a Dios a quien no ve[19].
Por contra, Nuestro Señor nos reúne como una gallina a sus pollitos[20] y nos congrega al abrigo de sus alas. Él es el que se opone y vence al diablo, que dispersando lleva a la ruina. El Espíritu Santo, la caridad, es vinculum perfectionis[21], vínculo que es puesto a prueba en estos tiempos. ¡Cuántas almas solas! Los efectos morales sobre nuestra sociedad atomizada son mil veces peores que los efectos sobre el átomo de esa bomba terrible, que esparce desolación por doquier, dejando a los individuos desintegrados, sin cuerpos sociales intermedios que los aglutinen y organicen. Mientras el enemigo nos mantenga partidos por la democracia, seremos una sociedad partida. No avanzaremos. Es curioso que consideremos normal lo que es una evidencia: la sociedad democrática no es sociedad. Un pueblo democrático no puede ser un pueblo. Una familia democrática será una ilusión, pero no una plena realización. Somos las piezas de un vehículo que se seguirán oxidando en el desguazadero, porque separados no seremos nunca un motor, sino pedazos de un proyecto trunco, de un sueño muerto, de una idea muerta, piezas desintegradas de un motor que no tendrán la fuerza dinámica para avanzar. El hortelano del evangelio no quiso cortar la higuera y consiguió del Señor la amnistía divina con la promesa de podarla para que diera más fruto[22]. ¿Podremos salvar la higuera de la maldición eterna? Al árbol muerto el hacha del leñador lo parte, rama tras rama, y hace un montón de astillas, listas para alimentar el fuego.
Es la ruina carecer de vínculos, estar alejado del hermano, del cónyuge, del hijo. Pero no perdamos la esperanza, la caridad crea vínculos y quienes tengan aún buena voluntad sabrán sujetar todo a ella en esta y en la otra vida, en esta tierra y en el cielo. El enemigo trata de separarnos a unos y otros por todos los medios. Por esa razón, si algún disgusto acaeciera, San Pablo nos advierte que el sol no se ponga sobre vuestro enojo[23] porque permitirlo sería colaborar con la tarea del diablo —¡no des cabida al diablo![24]—, hacer lo que él quiere: empezar a debilitar los vínculos de caridad entre hermanos, esposos, vecinos, en una comunidad, porque esa es su naturaleza, la de dividir para vencer.
Nuestro Señor, el Verbo eterno del Padre, vino a buscarnos, vino a nosotros cuando vio que una de sus ovejas, la oveja número cien, no estaba en su rebaño, dejó entonces las noventa y nueve al abrigo del aprisco y salió con premura a buscarla hasta que la encontró[25]. Sola estaba también aquella dracma perdida que se cayó de la hucha[26]. Nuestro Señor, que ya había expresado su preocupación de que no se pierda ninguno de los que le han sido confiados[27], no descansó hasta encontrarla —así nos cuenta en la parábola— y lo celebró con gozo compartido y comunicativo[28]. Él no quiere estar solo, como solo no está en la Trinidad, y tampoco quiso estarlo durante su vida en Nazaret. En el Tabor y en Getsemaní, en dos momentos importantes, invitó a sus discípulos más queridos, para que lo acompañaran. Quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum[29]! Lamentablemente en la hora de la tristeza lo dejaron solo, y exclamó: ¡Ni una hora habéis podido velar conmigo! Cuando en ese momento el dolor moral le hacía sudar sangre, sumó al abandono, el cansancio o indiferencia de sus amigos, que en esa hora suprema estaban con sus inteligencias cerradas y el corazón endurecido. No llegaron a la cita que tenían con la compasión y entonces dijo el Señor por boca del profeta: Pisé Yo solo en el lagar[30].
Otra de sus preocupaciones fue no dejar sola a la Virgen María, por eso en el Calvario se la confía desde la cruz al apóstol San Juan. He aquí a tu hijo y él la llevó a su casa[31]. También les dijo a los Apóstoles y nos dice a todos: No os dejaré huérfanos, no os dejaré solos[32]. Os enviaré el Espíritu Santo. En el discurso de despedida nos prometió que, si cumplimos su mandato de mutua caridad, la Trinidad hará morada en nosotros[33]. Todos podemos estar unidos en el Espíritu Santo, en comunión, sobrenatural y espiritual. El que ama a su prójimo, le ama a Él con ese vínculo de perfección que no permite abandonarle ni ser abandonado. Su fuerza une para no contribuir a esta actual división y aislamiento.
P. José Ramón Ma. García Gallardo
[1] St. I, 27. La piedad pura e inmaculada ante el Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y preservarse de la contaminación del mundo.
[2] Lc. XI, 5-9.
[3] I Pe. IV, 1: Sed hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones.
[4] Dt. X, 17-19.
[5] Heb. XIII, 1-2.
[6] Gen. XVIII, 3-5.
[7] I Rey. VII, 8-24.
[8] Lc. X. 38-42.
[9] Lc XIX. 1-10.
[10] Jn. I, 11.
[11] San Agustín, Sermón 88, 14, 13: Timeo Iesum transeuntem.
[12] Mt. V, 41.
[13] Jn. XII, 25.
[14] Jn. XII, 24.
[15] Lc. X, 31.
[16] «Voy con las riendas tensas, y refrenando el vuelo, porque no es lo que importa llegar solo ni pronto, sino llegar con todos y a tiempo» (León Felipe).
[17] Sal. CXXXIV, 15-18.
[18] Mc. XIII, 28-29.
[19] I Jn. IV, 20.
[20] Mt. XXIII, 37.
[21] Col. III, 14.
[22] Jn. XV, 2. Todo sarmiento que, estando en Mí, no lleva fruto, lo quita, pero todo sarmiento que lleva fruto, lo limpia, para que lleve todavía más fruto.
[23] Ef IV, 26.
[24] Ef. IV, 27.
[25] Lc. XV, 4.
[26] Lc. XV, 8.
[27] Jn. VI, 39. Ahora bien, la voluntad del que me envió, es que no pierda Yo nada de cuanto Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día.
[28] Lc. XV, 10: Os aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte.
[29] Sal. CXXXII, 1: ¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!
[30] Is. LXIII, 3.
[31] Jn. XIX, 27.
[32] Jn. XIV, 18.
[33] Jn. XIV, 23.
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