Soledad de las cimas
Toda sociedad jerárquica tiene su cabeza y sin ella no será nunca tal, por eso es necesaria, siendo, como es, su causa formal. En las cimas, la soledad es muy intensa, tanta como el peso de la responsabilidad. ¡Es una soledad impresionante la de los jefes!, la autoridad en el ejercicio del mando únicamente debería actuar sometida al querer de Aquel que es fuente de todo poder, al cual deberá rendir cuentas de la misión confiada: la de servir a su prójimo, la de ordenar.
¡Bien sabe el-que-divide el rédito extraordinario que saca desintegrando la sociedad, cuando logra separar la cabeza del cuerpo, con las guillotinas múltiples y variadas de las que dispone! El diablo apunta a la cabeza y cae todo el cuerpo. Tira contra el jefe y la sociedad se disuelve. Tenemos ejemplos tristes y numerosos de quienes se aíslan y aíslan, murmuran y se quejan, en este peregrinar por el desierto hacia la Patria prometida, rebelándose contra quien los conduce, como hicieron los israelitas contra Moisés, que era el guía que Dios les había otorgado. Por eso, tú, Pelayo, cuida de no manifestar tus discrepancias, para no acentuar la soledad del que manda. Por el esforzado sacrificio que hacen quienes practican la virtud de obediencia, expresión genuina de la humildad, se reparan los graves pecados de quienes son cabeza de las instituciones.
Esa soledad se acentúa con las incomprensiones de los subordinados, a quienes Dios no les pide decidir sino acatar, ya que no están puestos por Él para mirar desde arriba, ¡idea repugnante para la democracia igualitaria!, ¡menudo guirigay el de la orquesta sin director! Por eso suelen dejar a la cabeza aún más sola. A quienes están sujetos a la autoridad, San Pedro les pide docilidad[1]. El Señor nos da ejemplo de acatamiento heroico ante las inicuas autoridades religiosas, Anás y Caifás y los siniestros jefes políticos, Herodes y Pilato, a quien le recuerda que no tendría autoridad si no la hubiera recibido de lo alto[2], pues es de lo alto de dónde desciende todo don perfecto[3]. ¡Algo importante que olvidan quienes piensan que la autoridad viene de abajo!
San Benito en su regla distingue dos conceptos que están intrínsecamente unidos: la paternidad y la autoridad. Nos dice que la autoridad tiene su origen en la paternidad, y la virtud está en ejercerla paternalmente. En el seno de la Trinidad es la generación eterna del Hijo lo que le constituye en Padre. Por el hecho de ser Padre en la vida divina, su autoridad proviene de esta primacía, en tanto cuanto fuente de vida. Y deberíamos aplicar esto a la vida de familia, en la cual la autoridad tiene legitimidad de origen en la paternidad. San Pablo nos indica que toda paternidad viene de Dios[4]; que a nadie en el mundo llaméis «padre», porque no tenéis sino uno, el Padre celestial[5]. Y Jesús se lo recordó a su Madre y Padre Putativo: que Él había venido a cumplir la voluntad de su Padre[6]. Voluntad que cumplió hasta el consumantum est, expirando en la cruz[7].
Es oportuno meditar y aplicar este aspecto fundamental de la regla de San Benito para preservar nuestras familias, instituciones y naciones de la desintegración y el aislamiento. Podemos empezar por lo más inmediato a cada uno de nosotros. De las reglas monásticas de su Orden extraigamos consecuencias aplicables a esa congregación fundada por Dios: la familia. Según San Benito, Dios no solo delega en el padre una parte de su autoridad, sino también le concede la gracia de comulgar con su paternidad.
Soledad en los valles
Debido a la corrupción de la paternidad, al desprecio y odio contemporáneo a todo patriarcado, sufrimos el afeminamiento de muchos jefes, propulsados al poder desde abajo, por la democracia, o postulándose motu proprio. Olvidan algo importante: no es aprobado el que se recomienda a sí mismo, sino aquel a quien recomienda el Señor[8]. Al pretender el poder con espíritu de dominación, terminan haciendo un ejercicio tiránico de su autoridad. Entre vosotros no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga vuestro servidor; y el que quiera ser el primero que se haga vuestro esclavo, como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud[9].
Estos jefes carentes de paternidad dejan huérfanos a los súbditos, como ovejas sin pastor[10], que se pierden y quedan dispersas a merced del puma. Esos jefes pecan a menudo por imprudencia o injusticia, orgullo o falta de caridad. El-que-divide se sirve de desavenencias para desatar revoluciones catastróficas. Solo la humildad desactiva esas revoluciones demoledoras y permite mantener la sacrosanta verticalidad jerárquica, indispensable para la cohesión vital y orgánica del cuerpo, que impide que el organismo social se desintegre, los individuos se dispersen y, así, no se pierda ninguno de aquellos que Dios les ha confiado[11].
Los jefes afeminados constituyen la segunda clase de eunucos, aquellos que lo son para este mundo[12], por lo que son afines al feminismo contemporáneo, de su agrado ideológico y sociológico. Sin paternidad no habrá legítima autoridad. Esterilizan su misión llevándola a vía muerta, porque en su proceder no hay pureza de intención, carecen del Espíritu de Caridad, que fecunda y permite la encarnación del Verbo. Sin paternidad no se crean vínculos vitales y afectivos. Resultan despóticos, podrán mantener juntos a sus súbditos, pero nunca serán una comunidad unida, no constituyen una sociedad orgánica sino un amontonamiento tribal. No fundan familias, constituyen «lobbys». Tales jefes, imbuidos de absolutismos, no participan ni comunican su autoridad porque carecen de paternidad; atrofian los vástagos, porque no permiten que los dones de Dios pasen en ellos de la potencia al acto. Priorizan su egolatría y su vanidad femenina, no quieren entender que las instituciones están llamadas a transcender la historia de los individuos, se les debe dar continuidad propulsándolas más allá de la efímera jornada que nos toca vivir. San Juan Bautista entendió que su vocación le transcendía y nos dejó esta exhortación aleccionadora: Es necesario que yo disminuya para que Él crezca[13]; su virtuosísima abnegación nos da la medida de este hombre, el mayor de los nacidos de mujer[14], como le calificó Nuestro Señor. Son agujeros negros en las constelaciones de las sociedades, ya que no irradian su luz ni permiten brillar a quienes están cerca, pues apagan las luces ajenas. Por eso resultan tan efímeras algunas sociedades, tanto como lo son las personas de sus jefes, porque por donde pasan, como el caballo de Atila, dejan todo arrasado, levantan mucha polvareda, pero no vuelve a crecer el pasto.
La segunda clase de eunucos, diletantes frívolos, están fascinados por los conceptos. En un remedo del escándalo luciferino, se sublevan ante las distintas encarnaciones en las que se concretan las diversas paternidades. Dado que simile simili vocat, se reúnen con quienes se les asemejan. Parásitos advenedizos, carecen de sentido de pertenencia, y por causa o por efecto, no tienen hogar por el que luchar; ni patria ni padres a quienes honrar; ni esposa a quien amar; ni hijos para educar, solo su ego por bandera, porque su Dios es su vientre y su gloria sus vergüenzas[15].
Se reúnen periódicamente en el reservado del célebre restaurante Malthus, donde el boulevard Francisco de Quevedo se encuentra con la calle Oscar Wilde, para desmenuzar cien tesis y mil hipótesis en infinitas distinciones, con solemne intranscendencia, para romper realidades en múltiples porciones, consecuencia natural de su infecundidad intrínseca.
A estos angurrientos[16] devoradores de todo bien y belleza, les apetece tomar el menú fijo de verba non facta con varios platos provocadores (me refiero al menú no a los comensales).
De aperitivo: burbujas fatuas[17] con canapés de actualidad y chistorricas de ministros.
Luego, de entrada, pueden elegir: un tibio cinismo iconoclasta, con un toque de condescendencia, o clérigos en escabeche con ideologías en vinagre.
Como primer plato: argumentos empanados, desparpajo sarcástico, bien faisandé —tanto como sus corazones— o fondue de proyectos e ilusiones.
El segundo plato: soufflé de eggos, cachondeo blasfemo con diversas y variadas verduras o tartar de prójimos ausentes, con salsa de perdona-vidas superior.
De postre se puede elegir entre un milhojas de cotilleo indiscreto o elogios mutuos en almíbar, o bien, compota de inocencias.
Café y merengues.
Todo esto bien regado con un rosé Château Mensonge del año de ñaupa, para concluir con sonoros y entusiastas eructos eruditos, pletóricos de sí mismos.
Esta segunda clase de eunucos son perversos castradores carentes de vigor vital, solo engendran híbridos, como las mulas, que no tienen ni tendrán posteridad. No son pastores dispuestos a dar la vida por su rebaño, sino mercenarios[18] de esos que se aman a sí mismos hasta el desprecio de Dios. Los autócratas, tiranos, dictadores del totalitarismo republicano aplican despóticamente una autoridad que carece de la legitimidad de origen y ejercicio que da la paternidad. No contribuyen a la construcción de la Ciudad de Dios, sino que la destruyen por amor a sus pellejos. Los consume el celo por sí mismos, no el celo por la Casa de Dios[19].
Nuestro Dios, de quien toda paternidad procede, con la auctoritas consecuente, concede al jefe que pone el corazón en el lema, la prudencia y valentía para tomar decisiones que se centren en priorizar el bien común, sin dejarse arredrar por los intereses individualistas divergentes, en el ejercicio de la justicia equitativa y distributiva.
Sin demagogia ni fraudes Nuestro Señor ejerció la autoridad diciendo verdades que, con frecuencia, superan la misma razón humana, por ejemplo: ante la realidad del sacramento de la Eucaristía, Nuestro Señor dejó ir a aquellos que se escandalizaron ante el misterio de su amor y que, por repugnancia humana, se negaban a comulgar su carne, gracias a la cual podrían entrar en comunión con Dios y tener la vida eterna. Y dicho sea de paso Nuestro Señor nos exige, para recibirlo dignamente y con provecho en el altar, que estemos en paz con el hermano[20].
Dentro de la dinámica siniestra de disgregación sistemática, encontramos muchas cabezas sin miembros y muchos miembros, que andan como pollos sin cabeza, como aquellos obreros ociosos que nadie contrata[21], porque el jefe no está, no responde. Cuántas veces se puede exclamar: ¡Dios, qué buen escudero, si tuviese buen señor![22].
P. José Ramón Ma. García Gallardo
[1] I Pe. II, 18. El consejo del Apóstol, que recomendaba la docilidad incluso a los malos jefes, etiam discolis.
[2] Jn. XIX, 11. Jesús le respondió: «No tendrías sobre Mí ningún poder, si no te hubiera sido dado de lo alto; por esto quien me entregó a ti, tiene mayor pecado».
[3] St. I, 17.
[4] Ef. III,15.
[5] Mt. XXIII, 9.
[6] Lc. II, 49.
[7] Jn. XIX, 30.
[8] II Cor. X-18.
[9] Mt. XX, 26-28.
[10] Mt. IX, 36: Y viendo a las muchedumbres, tuvo compasión de ellas, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, esquilmadas y abatidas.
[11] Jn. VI, 39: La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que Él me dio, sino que lo resucite en el último día.
[12] Mt. XIX, 12: Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda.
[13] Jn. III, 30.
[14] Lc. VII, 28.
[15] Fil. III, 19.
[16] Insaciables.
[17] Champagne.
[18] Jn. X, 12.
[19] Sal. LXVIII, 9; Jn. II, 17: Zelus domus tuae comedit me; el celo de tu casa me consume.
[20] Mt. V, 22-26 Yo te digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego. Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
[21] Mt. XX, 1-16.
[22] Cantar de Mío Cid.
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