Comunión militante:
Desde el día de tu bautismo eres hijo de Dios y renunciaste a tres enemigos, para poder ser plenamente hijo del Padre y miembro de la gran familia de Dios en la Iglesia, porque solo no te podías salvar. Por la confirmación, eres soldado de Cristo y deberás librar el duro combate contra la soledad, enfrentando a los tres enemigos que conspiran contra la comunión de tu alma con Dios y con tu prójimo.
Desde el día en el que fuiste confirmado, has sido llamado a formar parte de las filas del ejército de Cristo Rey. No olvides que no eres un francotirador, que solo no puedes vencer. Y estos tres enemigos, alguna vez en solitario, otras veces aliados, están empeñados en aislarte de Dios y del prójimo, de tu familia y amigos, de tus camaradas y tu batallón.
El demonio
San Ignacio nos muestra cómo procede el-que-divide. Pidamos por su intercesión la gracia de tener conocimiento de los engaños del mal caudillo[1].
Este enemigo utiliza la técnica del lobo o de un depredador con una presa: la va apartando de la manada, la va separando del grupo y cuando está sola la devora[2]. Aislados, somos presa del desaliento; solos nos convertimos en víctimas fáciles del enemigo. Es el enemigo del hombre quien te quiere llevar a sus dominios: la Babilonia contemporánea en la que nos toca vivir, proporciona el caldo de cultivo ideal infernal, donde reina la discordia y la enemistad.
Después de cuarenta días en el desierto, cuando Jesús se encontraba solo y exhausto, fue precisamente cuando llegó el tentador hasta Él. Creo que es oportuno que no olvides que, aunque ese enemigo espiritual es muy malo, Dios te ha concedido un Ángel bueno ―defensor de naturaleza angélica, proporcional al agresor― para que sea tu custodio y nunca te quedes solo a su merced. Tu Ángel guardián está siempre contigo, te ve y te observa, te oye si le llamas, te inspira y va siempre por delante de ti. Él no te dejará jamás solo. Pero tú, ¿te olvidas de hablarle, de agradecerle, de acompañarle? No lo dejes solo, préstale atención.
El-que-desparrama no puede controlar su odio a Dios. Si tenemos en cuenta que Nuestro Señor nos dijo que allí donde dos o tres estén reunidos en Mi Nombre, allí estaré Yo en medio de ellos[3] no nos deberá extrañar que, de manera sutil, o con un cañonazo en el centro del grupo, el demonio trate de ofender a Dios, haciendo saltar a todos por los aires. De una patada dispersa los leños que, juntos, daban vida al fuego del hogar, animaban la llama de la mutua caridad y, en cambio, una vez dispersos, todo se apaga.
El mundo: buenas y malas compañías
Tengamos en cuenta que toda persona es influenciable, por eso la prudente madurez consiste en elegir las buenas influencias y rechazar las malas. Debemos tener discernimiento para cuando se manifieste en alguien el espíritu del-que-desparrama y decirle: Vade retro Satana![4]
Nuestro Señor, a sus Apóstoles, no los llamó siervos, sino amigos[5]. Tampoco quiso ir al Calvario sin Simón de Cirene, quien le ayudó a llevar la cruz. Quien encuentra un amigo de verdad ha encontrado un tesoro[6]. Los amigos según el Corazón de Jesús, capaces de reír con el que ríe y llorar con el que llora[7], por su prudencia y discreción son dignos de confianza, al ser capaces de guardar tus secretos, las más íntimas confidencias, fracasos y derrotas, tribulaciones y tentaciones. Un amigo es un aliado muy valioso a quien confiarle tus dudas y desalientos, te ayudará a vencerlas y, con su consejo, clarificará las confusiones[8].
Ya nos advierte Nuestro Señor que: El que no recoge conmigo, desparrama[9]. Una de las seis cosas que Él detesta particularmente es el que siembra discordia entre hermanos[10]. Es necesario, para discernir bien, sopesar si son de buen espíritu o malo, determinar si congregan o desparraman, si aglutinan o disuelven, si unen o dispersan. Atención ante la lisonja y los halagos, no bajes la guardia, la manipulación es esgrimida frecuentemente por los mundanos. Ante la adulación deberían saltar todas las alarmas.
El mal espíritu se manifestó ya en el paraíso, al principio de la historia, intrigando en el corazón de Eva prometiéndole divinidades, logró separar a Adán ―y a toda la humanidad― de Dios. Tenemos otro ejemplo ―entre muchos más― del accionar insidioso del espíritu malo en las tribulaciones de Job, pues después de privarle de todos sus bienes y de sus propios hijos, intentó separarlo de Dios a través de sus amigos más cercanos y de su propia esposa.
Jesucristo establece que el hombre no puede separar lo que Dios ha unido con el vínculo conyugal. Lamentablemente, el demonio se apoya en ideologías feministas que actúan a través de malos consejos de organizaciones y de personas que animan a quebrar el vínculo conyugal, empoderando económica y laboralmente el espíritu de independencia y autonomía en detrimento de la cohesión doméstica. Con tristeza constatamos que si priorizamos las cuestiones económicas, podemos llegar a vender al mismo Cristo por treinta monedas. Las divisas dividen —cuando los bienes materiales nos dividen, ¿los podemos considerar bienes?— mientras que la riqueza espiritual, cuanto más se comparte, mejor se multiplica.
Como la naturaleza tiene horror al vacío (horror vacui), cuando la caridad se debilita, le damos cabida al mal espíritu que vehiculan esas malas compañías, las cuales a veces se visten de ángel de luz y, encandilados por sus fulgores, nos conducen pasional o sentimentalmente por senderos ajenos a la recta razón. Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados ni se detiene en la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos[11]. No os juntéis bajo un yugo desigual con los que no creen. Pues ¿qué tienen en común la justicia con la iniquidad?[12]
Sociedad digital, soledad real: la carne
El príncipe de este mundo, padre de la mentira, se sirve del wokismo distópico contemporáneo y ha hecho de muchas almas ciudadanos de su reino artificial, cosmonautas de la dimensión numérica. Sus sofismas hoy más que nunca ejercen una fascinación sinigual en el universo de esta era digital, no solo porque quien entra en él queda inmerso en lo que se denomina fake news[13] sino también porque está cautivo de una realidad resignificada, de falsas emociones, de un universo ficticio tan frágil como una pompa de jabón, que debilita inteligencias y voluntades en adicciones que esclavizan, coartando toda libertad. Por ese camino, queda atrofiada la percepción objetiva de la verdad misma, que a muchos resulta intolerable; la realidad les resulta funesta, la odian con la miopía de un topo que aborrece la luz y suelen privilegiar placebos con el afán de colmar el vacío de su espíritu.
No temáis, Jesús nos enviará también buenos amigos. Él no nos deja solos, a diferencia de tantos influencers —o personas que se han creído que lo son— que tienen cientos de amigos en Facebook o en Instagram, pero, en definitiva, siguen solos en la vida real. Tienen la ilusión de que el pulgar hacia arriba significa proximidad y que tienen muchos fans y ellos son influencers, pero a la hora de la verdad, esos amigos e incluso sus propios familiares, están ausentes ante una necesidad real.
Debemos salir de la indolencia y actuar, para que la depresión y la tristeza no arrastren a nuestros prójimos al borde del precipicio existencial. Reaccionar contra el individualismo generalizado, que a tantos ha empujado al abismo de la desesperación. Estemos siempre alerta para ser custodios de nuestro prójimo.
El individualismo contemporáneo es hijo legítimo del liberalismo, sustraernos a su influencia, es empezar a entrar en comunión. Cuando se dividen las penas, con la compañía del prójimo las alegrías se multiplican proporcionalmente. Aquellos que optan por estar aislados viven como verdaderos monstruos inadaptados que ni comunican ni comparten; es la situación inversa: recluidos por el dolor o la envidia, ese pecado antisocial por excelencia, se multiplican las penas, porque se entristecen con el bien del prójimo y las alegrías no son tales cuando no se pueden compartir con nadie. Aun así, algunos de ellos parecen tener la veleidad de considerarse parte de lo que es, sobre todo, Comunión: «Comunión de almas, de ideales, voluntades mancomunadas en la prosecución del mismo fin; amasadas en la abnegación con la levadura del espíritu, propiciarán la victoria anhelada por todos[14]».
Se comete un crimen inmenso y cruel, donde el egoísmo alcanza el paroxismo, cuando a la inocente e incipiente vida que viene a hacer compañía, se la elimina. Teniendo en cuenta que nemo fit pessimus repente[15] podemos constatar que esto no es otra cosa que la consecuencia del endurecimiento bestial del corazón, producto de inconfesables y egoístas pecados solitarios.
El fomes peccati, germen disolvente, fermento nocivo de infinitas discordias es el pecado original que todos heredamos y mantiene viva en las almas la triple concupiscencia[16]: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida[17]. Las propuestas mentirosas que van desnaturalizando al hombre llegan al paroxismo cuando los individuos, disociados entre sí, comienzan a construir ese «partenaire» ideal, un «alter ego virtual», en el cual se personifican sus fantasmas más surrealistas y que responde a sus más bajos instintos, a las más perversas inclinaciones.
Ese «partenaire» preservará de los virus físicos, pero no de las enfermedades siquiátricas, ni de los virus informáticos y creará monstruos inadaptados. En ese reino de la mentira del que ya son ciudadanos, idean una creatura virtual que responde ficticiamente a sus necesidades sociales, afectivas y otras pulsiones que San Pablo nos pide que ni siquiera sean mencionadas entre nosotros[18]. Una vez asociados y absorbidos por ese universo ficticio, no hay posibilidad alguna de practicar ni la justicia, ni la caridad, ni virtud alguna: ninguna de las catorce obras de misericordia, ya que casi todas las virtudes necesitan la alteridad para ser ejercitadas. Es una catástrofe, donde el egoísmo alcanza el paroxismo. Algunos de nuestros prójimos ya están hundidos en la insondable fosa de su ombligo y se hallan inmersos en un ensimismamiento de falsas prioridades individualistas, que no les permite ver ni oír lo que pasa más allá de su ego. No lances al abismo a tu prójimo, ni caigas tú en esas simas. No demos opción al diablo de que nos separe a unos de otros para nuestra desgracia.
Un abismo llama a otro abismo[19]. Con las nuevas tecnologías, por las cuales imágenes y sonidos virtuales se «encarnan» en robots, los hombres, ya atrofiados, no podrán competir con engendros mecánicos perfeccionados. Producen un deus ex machina, que no es otro que el enemigo de la naturaleza humana, que se complace en verla degradada y humillada.
Se avizora un futuro muy negro tanto en lo material como en lo espiritual, porque esos artilugios limitarán e impedirán la redención por el trabajo. Y los que no pierdan su empleo, no sudarán para ganar su pan[20]. Sabemos que el hombre es redimido por la sangre de Cristo (sin efusión de sangre no hay redención[21]) y cuando trabajando suda, redime la creación que gime esperando ser liberada de quien la ha llevado a la esclavitud del pecado[22]. En esas labores también se redime a sí mismo, pero en un futuro marcado por el trabajo de un algoritmo o como esclavo de las máquinas, no podrá sudar ya el pan que lo alimenta. El hombre se verá impedido de ejercer las obras de misericordia con el más necesitado, empezando por él mismo. Cortadas las alas del genio humano, su espíritu no podrá remontar por la oración y la poesía, y atadas sus manos, no las podrá extender hacia el prójimo, prisionero en una cárcel de barrotes invisibles. (Continuará).
P. José Ramón Ma. García Gallardo
[1] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, meditación de las dos banderas (núm. 140): «Ayuda para de ellos me guardar, imaginar, así como si se asentase el caudillo de todos los enemigos en aquel gran campo de Babilonia, como en una grande cáthedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa. Considerar cómo hace llamamiento de innumerables demonios y cómo los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados, ni personas algunas en particular. Considerar el sermón que les hace, y cómo los amonesta para echar redes y cadenas; que primero hayan de tentar de codicia de riquezas para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo, y después a crecida soberbia; de manera que el primer escalón sea de riquezas, luego el honor, el tercero a la de soberbia, y de estos tres escalones induzca a todos los otros vicios».
[2] I Pe. V, 8: Porque vuestro adversario el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.
[3] Mt. XVIII, 20.
[4] Mc. VIII, 33.
[5] Jn. XV, 15.
[6] Ecc. VI, 14.
[7] Rom. XII, 15.
[8] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, tercera regla: «La tercera es que la del demonio es como la de aquel falso enamorado que quiere guardar secreto lo que trata con la hija o mujer del buen padre o del buen marido, y quiere que no se descubra, para que lo que se quiere más se consiga. Por el contrario, cuando la hija o mujer descubre al padre o al marido, sus malos tratos y las intenciones del falso enamorado, él luego se desanima, conociendo que su empresa no podrá salir adelante; y así, luego se retira. Por esta misma razón, cuando el enemigo de la humana natura trae sus astucias y engaños al justo, si se descubre al buen confesor o a la persona espiritual, que le puede ayudar, él luego se desanima, porque conoce que no puede llevar a cabo su mala empresa».
[9] Mt. XII, 30.
[10] Prov. VI, 19.
[11] Sal. I.
[12] II Cor. VI, 14.
[13] «Noticias falsas».
[14] Álvaro de Tarfe, Comentarios al Devocionario del requeté.
[15] San Bernardo de Claraval, Reglas de discernimiento de la humildad y del orgullo. Nadie se hace malo de repente.
[16] I Jn. II, 16.
[17] Estas concupiscencias representan las inclinaciones desordenadas de la carne (deseos físicos), de los ojos (codicia de bienes materiales) y la soberbia de la vida (amor desordenado de sí mismo).
La concupiscencia de la carne: Se refiere a los deseos y apetitos físicos y sensuales.
La concupiscencia de los ojos: Se relaciona con el deseo desordenado por las posesiones materiales, los bienes terrenales y el afán de acumular cosas. La soberbia de la vida: Es el orgullo, un amor desordenado por uno mismo y el deseo de ser alabado y estimado por encima de los demás. Es la raíz de muchos otros pecados como la vanidad, la ambición y la hipocresía.
[18] Ef. V, 3-5.
[19] Sal. XLI, 8.
[20] Gen. III, 19.
[21] Heb. IX, 22.
[22] Rom. VIII, 22.
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