Un escrito inédito de Donoso Cortés

Careciendo de título, el órgano oficial del Rey Carlos VII tuvo a bien bautizar el texto donosiano de esta forma: «Los Estados ateos en las naciones católicas»

El periódico El Correo Español recogió en su primera plana del 19 de agosto de 1895 un manuscrito de Juan Donoso Cortés, perteneciente a su última época y de notable factura, que había permanecido oculto hasta entonces. En una nota preliminar, el diario católico-realista apuntaba que este documento formaba parte del archivo de un antiguo soldado legitimista de la primera Cruzada de Liberación (1833-1840), que había sido antaño compañero de estudios de Donoso en la Universidad de Sevilla, y con el cual retomó la vieja amistad de los años juveniles cuando el ilustre extremeño fue destinado por el régimen isabelino como embajador a París en marzo de 1851, en donde se encontraba exiliado a la sazón dicho veterano del Rey Carlos V. A pesar de tener que desplazarse poco después a Burdeos, el ex combatiente mantuvo la recuperada relación con Donoso vía epistolar hasta el fallecimiento de éste en mayo de 1853. A partir de esta correspondencia, se formó un conjunto de cartas y bocetos literarios que quedaron olvidados en el mencionado archivo hasta que fueron descubiertos por un hijo del militar carlista en 1895.

Por expresa voluntad de su vástago, El Correo Español no dejó consignado el nombre de ese cruzado. Hemos echado una ojeada por encima a los autógrafos digitalizados que se conservan en el «Fondo Juan Donoso Cortés» del Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, pero no hemos obtenido ninguna pista de quién pudiera ser ese hombre.

Hasta la publicación del novel documento, habían aparecido dos ediciones de «Obras completas» del «marqués» de Valdegamas: la primera, al cuidado de su discípulo Gabino Tejado, en cinco volúmenes editados en 1854-1855; y la segunda, a cargo de Juan Manuel Ortí y Lara, en cuatro volúmenes, dados a la prensa entre 1891 y 1894.

Posteriormente, Ortí y Lara sacó una reedición en otros cuatro volúmenes en 1903-1904, aparte de una selección de «Obras escogidas», en dos volúmenes, en 1903. El hispanista alemán Hans Juretschke lanzó, para «La Editorial Española», una nueva edición de «Obras completas», en dos volúmenes, en 1946. Carlos Valverde S. J., en fin, publicó, para la misma editorial, la que hasta ahora viene siendo postrera recopilación, también en dos volúmenes, en 1970. En ninguna de estas colecciones se insertó el susodicho documento, que, desde su aparición en El Correo Español y su consiguiente reproducción en algunos diarios en las semanas inmediatas, se ha mantenido ignoto a lo largo de estos últimos 130 años. El hijo, al parecer, tenía pensado reunir en un folleto todos esos papeles que había encontrado en el archivo de su progenitor, pero no hemos hallado indicio alguno de que este proyecto llegara finalmente a verificarse.

Careciendo de título, el órgano oficial del Rey Carlos VII tuvo a bien bautizar el texto donosiano de esta forma: «Los Estados ateos en las naciones católicas». Se trata de una agudo retrato crítico del liberalismo doctrinario, vertiente revolucionaria que Donoso Cortés conocía muy bien por haber sido anteriormente uno de sus corifeos, aunque por desgracia no llegara a culminar su conversión político-religiosa ingresando en las filas de la lealtad católico-monárquica, sino quedándose en un estadio intermedio que con el tiempo se conocerá con la denominación de neocatolicismo, esto es, una postura católico-isabelina que, en definitiva, siempre viene a resultar –quiérase o no– objetivamente funcional a la Revolución liberal.

Pasamos a continuación a desempolvar este curioso escrito, junto con la anotación preliminar con que lo acompañó El Correo Español.

Félix M.ª Martín Antoniano

*   *   *

La voz de Donoso Cortés

 (Un escrito inédito)

Por una coincidencia que no dudamos en llamar providencial, ha llegado hasta nosotros, y podemos estampar en estas columnas, un admirable escrito inédito del inmortal Donoso.

Ni en la colección de Gabino Tejado, ni en la que recientemente se ha hecho de las obras del ilustre marqués de Valdegamas, ni en la Revista de Madrid, donde se publicaron trabajos del gran publicista que no figuran en sus libros, aparece el siguiente notabilísimo, que por desgracia no es más que un fragmento, quizá de un libro o folleto que meditaba el autor del Ensayo sobre el liberalismo y el socialismo.

Un querido amigo nuestro (que se empeña en que omitamos su nombre, por cierto no desconocido del público), hijo de un lealísimo carlista de la primera guerra, le ha hallado con otros trabajos primorosos entre los papeles de su padre. Era éste condiscípulo de Donoso y de Pacheco en la Universidad de Sevilla, donde trabó con ellos estrecha amistad que la oposición de ideas entibió algo, llegando casi a romperse cuando las vicisitudes políticas les marcaron rumbos opuestos.

El veterano carlista emigrado en Bayona primero y después en París, a la vuelta de muchos años tropezó con el antiguo condiscípulo, convertido en diplomático ilustre y publicista célebre. Anudóse la amistad de las aulas, y Donoso, admirado de la firmeza religiosa y política del carlista que después de tantos años volvía a renovar con igual entusiasmo las disputas universitarias, desahogaba en él con frecuencia su gran corazón, y, huyendo de las aparatosas reuniones a que le obligaba su cargo, se perdía muchas veces con el emigrado en las calles y en las iglesias, y juntos conversaban, coincidiendo en la mayor parte de los juicios el gran escritor y el fiel soldado, muy perito en estudios literarios, a que las necesidades de la emigración le habían forzado a dedicarse. De la correspondencia entre Donoso y el emigrado, cuando se vio en la precisión, solicitado por sus negocios, a marchar a Burdeos (donde se hallaba al morir Donoso), conserva algunas interesantísimas cartas nuestro amigo. En una de ellas se refiere a la notabilísima que sobre el principio generador de los errores modernos escribió Valdegamas al Cardenal Fornari. El emigrado se la sabía de memoria, y decía a Donoso que lo celebraba mucho, «que era el mejor Manifiesto de Carlos V». Sin duda, como los primeros borradores de esa carta, pues hay algunos trozos de ella, o como fragmentos de un folleto que casi forman un cuerpo de doctrina a pesar de hallarse evidentemente incompletos, estaban en poder del emigrado carlista, y entre los legajos de su revuelto archivo los ha encontrado no hace muchos meses su hijo bajo una carpeta que dice: Importante Cartas y papeles de Juan Donoso.

Gracias a la bondad de nuestro amigo, hemos podido leerlos y admirar una vez más al gran pensador. Algunos de estos escritos son tan notables, a nuestro juicio, como la conocida carta sobre el parlamentarismo a Alberto Broglie. Sirven para apreciar el verdadero pensamiento de Donoso en los últimos días de su vida, pues, aunque no llevan fecha, por las referencias de las cartas y la relación con el emigrado, deben ser, sin duda, del último año de su vida, quizá lo último que escribió su pluma.

El fragmento que con porfía cariñosa hemos podido arrancar a nuestro amigo (antes que publique en folleto esos escritos) para que viera la luz en El Correo Español, es de tan prodigiosa oportunidad, que seguramente, con admiración y regocijo de nuestros lectores, podemos publicarle con una satisfacción no exenta del orgullo legítimo de pensar y sentir como sentía y pensaba el gran publicista católico.

Los comentarios y paráfrasis parécennos inútiles.

Aunque el escrito no lleva epígrafe, resalta de tal manera la idea capital, que no creemos que se tome a atrevimiento el que nosotros la pongamos por epígrafe.

Dice así:

Los Estados ateos en las naciones católicas

La escuela doctrinaria, como liberal, antiteológica, es en la esencia atea. La Teología influye de tal manera en la política, que ella explica cómo no hay más que cuatro maneras de ser los Estados, que se reducen a dos.

El Estado es católico cuando se declara súbdito de la Iglesia y escudo de sus derechos sacrosantos.

El Estado es cristiano, a la manera deficiente y contradictoria de las sectas protestantes, cuando garantiza en las leyes la divinidad de Jesucristo, haciendo de ella barrera que no traspase la blasfemia de los impíos.

El Estado es teísta cuando reconoce la existencia de un Dios providente y de una vida futura, colocando en la ley estas dos afirmaciones soberanas por encima de las disputas de los hombres.

El Estado, finalmente, es ateo cuando, atento sólo a su poder y endiosado y orgulloso como el rey bíblico, desprecia a un tiempo mismo con soberano desprecio los derechos de la Iglesia, la divinidad de Cristo y la existencia de Dios para adorarse a sí mismo y rendirse culto a sí propio.

Si bien se mira, el Estado cristiano protestante, que admite una revelación sin órgano infalible que la interprete en el mundo, va, impulsado por la lógica, a parar en el Estado teísta. El Estado teísta, que admite un Dios providente, pero que deja al hombre abandonado a la pobreza de su razón y a la escasez de sus fuerzas sin revelarle ni su origen, ni su destino, ni la manera de alcanzarle, viene a parar al deísmo, el cual, despojando a Dios de sus atributos, va a morir con sus menguadas corrientes en el fétido pantano de la negación atea. De esta manera, entre el Estado católico que afirma el orden cristiano todo entero, y el Estado ateo que le niega radicalmente, no queda espacio para esas miserables inconsecuencias doctrinarias, pues todas vienen, en suma, a reducirse al ateísmo disfrazado con la hipocresía para hacerle más odioso.

Por eso a la hora presente todos los Estados que han dejado de ser católicos son, fuera de vanas apariencias, en la realidad ateos. Decidles a los que presumen de más religiosos y hasta escriben en sus Constituciones la declaración de católicos, que expulsen de las cátedras universitarias y arrojen de los escaños de sus Parlamentos y de la trípode, donde la prensa pronuncia sus oráculos, a los discípulos del filosofismo germánico o galicano, que afirman impíamente que Dios es todo, lo que equivale a decir que es nada, y que el hombre y la bestia son dos hermanos gemelos, que sólo difieren en la perfección de sus instintos, y luego al punto los veréis aturdidos, pidiéndole al miedo expedientes y a los hechos sofismas para negar con aparente y resignada tristeza lo que por la fuerza de la lógica rechazan a una sus entendimientos raquíticos y sus voluntades enfermas.

Lo que hizo Robespierre en el seno de la Convención nacional declarando indiscutible la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, no se atreven a declararlo esos reyes que se llaman todavía católicos.

Mirados desde el punto de vista religioso, que es el único desde donde se dominan todas las cuestiones, porque todas están debajo de esa cumbre, y ella está encima de todas, la figura siniestra de aquel revolucionario bañado en sangre humana, pero aterrado ante el desorden de un pueblo que se desmorona, me parece más respetable y más digna que esos reyes cubiertos de heráldicos armiños que se postran a veces ante el altar y no se aterran oyendo rugir la blasfemia en las gradas de sus tronos y en los artículos de sus leyes.

Para comprender las diferencias que separan a Robespierre el revolucionario de esos reyes que el doctrinarismo vuelve locos o criminales, basta notar que él, en medio de un pueblo que parecía haberse vuelto apóstata, encontró un Estado ateo y le hizo teísta; ellos, en el seno de naciones católicas encontraron Estados que, a pesar de sus imperfecciones, eran cristianos, y los trocaron en ateos, y aun se han prestado a servirles de ornamento y de remate levantando el trono sobre las ruinas del altar.

No conozco espectáculo más dolorosamente triste ni que merezca más las execraciones de la historia y las maldiciones de Dios que el cuadro que ofrecen las naciones católicas, sirviendo de pedestal a los Estados ateos, y los Estados ateos alzados como sombras infernales sobre las naciones católicas.

La piedad sirviendo de peana a la blasfemia y la blasfemia reinando sobre la fe, es de tal manera el desorden en todas las cosas, que equivale a poner los valles sobre las montañas y las montañas debajo de los valles, la atmósfera en los mares y los mares en la atmósfera, y, para decirlo en una palabra, Dios por debajo del hombre y el hombre por encima de Dios.

Este trastorno universal que hace a las sociedades tributarias del infierno, no le comprenden los que, fiados en apariencias engañosas, creen todavía que los Estados son cristianos, cuando ni siquiera son teístas; pero no pasarán muchos lustros sin que los hechos se levanten a dar testimonio de esta verdad, huyendo entonces los sofismas, perseguidos por el resplandor de la evidencia.

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He probado con los hechos que los Estados son ateos. ¿Necesitaré probar que las naciones latinas son católicas?

Todavía lo son, no sé por cuánto tiempo, o si lo serán perpetuamente, pero lo son todavía.

Una nación puede ser considerada de dos maneras: como una entidad superior que enlaza las generaciones en la prolongación de los tiempos, haciéndolas discurrir secularmente por el cauce de la historia, o como la unidad moral que forman las gentes congregadas por un poder y unidas por varias lazadas entre las fronteras de un territorio. Y como todo sucesivo o como todo simultáneo, son todavía católicas las naciones latinas. Lo son en el primer sentido, porque la Iglesia ha sido su madre, las ha educado en su regazo y de ella recibieron la sangre y la vida; y lo son en el segundo porque ni las defecciones de las clases altas, ni las apostasías de las clases medias, ni las corrupciones de las clases bajas han podido dañar al conjunto, extendiendo la lepra pagana sobre el organismo cristiano, pues en esta lucha entre el cuerpo y la lepra, ni el cuerpo resultó vencido ni la lepra vencedora. Si la mayoría está ilesa del contagio, débese a esa atmósfera cristiana en que ha sumergido la Iglesia a sus hijos y que llega a sus pulmones y penetra por su boca hasta cuando blasfeman sus labios.

Resultando por un lado que los Estados son ateos, y por otro que las naciones latinas son católicas, se ocurre preguntar: ¿Qué son los jefes de los Estados ateos en las naciones católicas? Y la contestación es tan clara y terminante, que todas las cualidades personales no sirven más que para hacer resaltar con caracteres más enérgicos lo terrible de la respuesta. Son ateos prácticos, único género de ateísmo que Dios ha tolerado a los hombres, ya que el ateísmo especulativo resulta, a poco que se le examine, una teodicea al revés, y el ateo un teólogo invertido, que prueba con los absurdos de su entendimiento la verdad que espanta a su corazón.

En vano los doctores de la más absurda de las escuelas buscan equilibrios entre la negación atea del Estado y la afirmación católica de la nación.

Dios, que ha negado al error que es el desorden la ley del equilibrio que produce la armonía, la cual sólo se asienta en la verdad, da al traste con las combinaciones de los sofistas, obligándolos a tomar por la derecha o por la izquierda, y saliéndoles siempre al encuentro con la espada de su justicia.

Solicitados por contrarias solicitaciones los jefes y los Gobiernos de los Estados ateos, viendo que no hay reposo entre dos abismos ni tranquilidad entre dos mares, unas veces se dejan llevar de los vientos revolucionarios, y arrastrados a un tiempo mismo por la lógica de los principios y las pasiones de las muchedumbres, caen antes de llegar al término de su vertiginosa carrera, derribados con el estrépito de la catástrofe, que vuelca los tronos por el polvo y pone en lugar de los que niegan con doblez a los que niegan francamente. Otras veces, aterrados de su propia obra y mirando con pavor los escombros sociales que dejan atrás y las tempestades que tienen delante, vuelven las espaldas a las olas alborotadas y rugientes, y, presos de temblores medrosos, tienden desde las cumbres impías los brazos a la Iglesia, pidiéndole que los salve de la catástrofe que se asoma con faz siniestra por los oscuros horizontes.

Pero no es el impulso del arrepentimiento el que los lleva hacia la Iglesia, que es salud, sino el temor a la muerte cercana, que es la pena. No van, huyen. No los guía el amor, el miedo los empuja. El arrepentimiento va precedido de la enmienda y seguido del perdón, y empieza como el rey franco, por quemar lo que adoraba y adorar lo que quemaba, y ellos ni maldicen su pasado, ni prenden fuego a sus leyes, ni rompen con su conducta abandonando con entero desasimiento las negaciones impías para abrazarse resueltamente con las afirmaciones cristianas.

Fijos en sus principios, los mantienen como un hecho y reclaman para sus obras la realidad de la historia.

Diríase que tienen la súplica en los labios y la obstinación en el pecho, el perdón humilde en las palabras y el rencor sañudo en las entrañas. Pero sus requerimientos y sus peticiones están, como sus lamentos, medidos por sus intereses. Cuando éstos pasan del trance amargo, y mientras éste no vuelve, luego al punto se lleva el viento sus súplicas y sus perdones.

Pero estaba escrito que los clamores que el miedo les arranca fueran tan estériles como sus absurdas negaciones. Piden a la Iglesia en los días aciagos un asilo, y ella, que pródigamente le otorgó en la Edad Media a los grandes criminales, no puede concederlo a los de la edad contemporánea, que son a un tiempo tiranos y esclavos, carceleros de pueblos y prisioneros de sectarios, porque no le piden un refugio para sus personas solamente, sino para sus instituciones y sus doctrinas, y la Iglesia no sería depositaria de la verdad si fuera la protectora del error.

En vano requieren a sus pontífices augustos pidiendo a su misericordia lo que no puede concederles su justicia. La Iglesia no ha dado nunca ni dará jamás salvoconductos a la impiedad que la niega. Pedirle que declare católicos a los Estados ateos, es lo mismo que pedirle que declare ateos a los Estados católicos; es decir, que reniegue de sí misma y que se dé la muerte la que es foco de vida perenne.

Los Estados ateos y sus representantes llevan de tal manera difundida la apostasía en todo su ser, que cuando suplican, injurian, y cuando piden, blasfeman. La Iglesia no puede otorgarles lo que ni Dios mismo puede concederles, porque las esencias de las cosas son eternas e inmutables como la verdad suprema que reflejan, y la voluntad divina no podría alterarlas sin alterarse a sí misma. Si Dios pudiera hacer los triángulos circunferencias y las circunferencias triángulos, los axiomas errores y los errores axiomas, podría hacer el absurdo y dar la existencia a lo que se identifica con la nada y la rechaza con repugnancia invencible.

Lejos de ser esto un límite a su poder, es la afirmación terminante de su omnipotencia soberana, que dejaría de serlo si tuviese por término la nada.

Sólo negando esta verdad y admitiendo el error contrario de Descartes, que llega al ateísmo a poco que se estire el hilo de la lógica, se puede pedir a la Iglesia lo que Dios rechaza y reclamar al Vicario de Cristo lo que no puede otorgar por la naturaleza de las cosas el Señor de todas ellas.

Ni el Estado ateo será católico, ni el católico será ateo.

Así sucedió en toda la prolongación de los tiempos pasados, y así sucederá en la prolongación de los tiempos venideros. Y mientras la escuela doctrinaria, la más infecunda de todas las escuelas, no consiga mudar las esencias de las cosas al compás de sus caprichos entre el Estado que se declara hijo sumiso de la Esposa de Cristo y el que de Ella se emancipa y reniega, habría oposición perpetua y lucha inacabable si Dios, que limita los mares con muros de arena, no hubiese puesto una frontera a las aberraciones de los impíos y a las pasiones de los hombres y una suprema victoria después de la batalla suprema.

Juan Donoso Cortés            

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