Legitimidad monárquica vs. Soberanía nacional (I)

«Parte culminante de esta controversia fue el esclarecedor editorial que el Sr. De la Hoz publicó en LA ESPERANZA y que pasaremos a reproducir»

El Rey de Francia Enrique V (1820-1883)

Con fecha de 15 de abril de 1851, el entonces Embajador isabelino ante la República francesa, Juan Donoso Cortés, envió a Madrid su despacho número 24, en el que incluía, entre otras informaciones, una panorámica de los tres partidos que en la nación vecina «aspiran a gobernar la Francia, a impedir las sacudidas de la gran revolución que viene ya estremeciendo todos los cimientos sociales, y a fijar para siempre la rueda inestable de la fortuna», esto es: el legitimista, el orleanista y el bonapartista. «La Francia –empezaba manifestando previamente el diplomático extremeño– tiene necesidad de una Monarquía, y se le ofrecen dos para que escoja; ninguna de ellas puede venir, ninguna puede durar si viene, y ningún Gobierno es Gobierno verdadero si no dura. Yo he visto en sus partidarios lo que sería la Monarquía legítima, y no sería otra cosa sino la Monarquía de los salones; he visto en sus partidarios lo que sería la Monarquía de Orleans, y no sería otra cosa sino la Monarquía de algunos ricos satisfechos; he visto en sus partidarios lo que sería el Imperio, y no sería otra cosa sino un edificio sin cimientos para sostenerse una semana».

Y entrando en detalles, pasa de inmediato Donoso a pintar el siguiente cuadro crítico del legitimismo: «Cada uno de estos partidos está acometido interiormente de hondas e irremediables divisiones. Entre los legítimos, hay unos que, salvo el principio de legitimidad, aceptan todos los principios de la Revolución, viniendo a ser de esta manera monarquistas y revolucionarios; otros hay que intentan pararse en la Monarquía legítima y parlamentaria; otros, por fin, quisieran restaurar la Monarquía legítima absoluta. Según que estas opiniones prevalecen en los altos Consejos del conde de Chambord, su política varía, recorriendo todas las escalas posibles, desde el manifiesto casi absolutista de Wiesbaden hasta el último manifiesto dirigido a M. Berryer, que es un manifiesto casi revolucionario. Cuando prevalecen las ideas parlamentarias, M. Berryer es el jefe; cuando prevalecen las casi absolutistas, M. Saint-Priest es el alma del partido; cuando las ideas revolucionarias llegan a prevalecer, La Gaceta de Francia y M. de La Rochejaquelein cantan un himno de triunfo. Entre tanto, el partido, considerado en general, carece de jefes y de una política fija y constante. Este partido es aborrecido de las clases medias, y se nutre exclusivamente de las clases aristocráticas, casi extinguidas ya, y de aquella fracción de las clases populares que aún no ha sido infestada por el contagio socialista». (Hemos seguido básicamente la edición de Obras completas de Donoso Cortes de Carlos Valverde S. J., 1970, Tomo II, pp. 791-792).

Como es sabido, al final fue Luis-Napoleón Bonaparte quien se llevó el gato al agua en el régimen movedizo de la II República. Fue elegido Presidente de la misma en diciembre de 1848, un mes después de promulgada por la Asamblea Nacional la nueva Constitución, y promovió durante la primera mitad de 1851 una campaña para modificarla a fin de eliminar la cláusula que impedía presentarse a la reelección presidencial, así como aumentar el plazo de cuatro años previsto para el cargo. Al no obtener en la votación de julio la mayoría cualificada con la que poder aprobar dicha revisión constitucional, acabó dando un Golpe de Estado el 2 de diciembre de 1851, proclamándose vía plebiscitaria «Emperador de los franceses» justo un año más tarde.

La descripción que hace Donoso del mundo legitimista francés requeriría de algunas matizaciones. Es verdad que en su seno, aunque parezca mentira, existía una facción que trataba poco menos de aunar la Monarquía legítima con el principio del liberalismo en su versión más radical o democrática. Los orígenes de esa corriente se remontan a la época de la llamada «Restauración», en que, tras la derrota y expulsión de Napoleón, las potencias vencedoras favorecieron el establecimiento de una «Monarquía» tarada con un sistema representativo bicameral y una Carta Constitucional que, con algunas reformas introducidas por la usurpación orleanista tras la Revolución de Julio de 1830, persistirá hasta la otra Revolución de Febrero de 1848. El historiador Charles Ledré, en su libro La presse à l´assaut de la Monarquie, 1815-1848 (1960), señala en relación a la histórica publicación Gazette de France que, «amenazada de compra por los realistas “exagerados”, la Caja de Amortización adquirió la mayoría de sus acciones en 1824. Villèle, en junio de 1827, la dio a Genoude» (p. 253). Así pues, el Conde Joseph de Villèle, primer ministro con los Reyes Luis XVIII y Carlos X, entregó ese diario, que pasará a denominarse La Gazette de France a partir de diciembre de 1827, al futuro Abate Antoine-Eugéne Genoude, quien desde ese mismo año lo dirigirá hasta su fallecimiento en 1849. Fue el órgano principal de la tendencia que Genoude llamaba «realista nacional», que se traducía en una especie de pseudo-monarquismo democrático. De hecho, a partir de octubre de 1848, bajo su cabecera se añadió sin tapujos el lema: «Diario de la apelación a la nación». Uno de los máximos campeones de esta contradictoria posición será Henri de La Rochejaquelein –a quien no hay que confundir con su homónimo tío, el memorable caudillo en el levantamiento vendeano de 1793 contra La Convención–, hasta el extremo de llegar a proponer el 26 de marzo de 1850 a la Asamblea Nacional la celebración de un plebiscito entre Monarquía y República.

En agosto de 1850, convocados por Enrique V, acudieron a la ciudad balneario de Wiesbaden multitud de leales provenientes de los distintos departamentos franceses, así como destacadas personalidades del legitimismo, de modo que el Monarca pudiera tener pleno conocimiento de la situación en el país, en orden a disponer la correspondiente línea de conducta para lo porvenir. Para que no hubiera lugar a dudas sobre quién ostentaba la delegación del Conde de Chambord, y evitar así que nadie se arrogara la portavocía del Príncipe proscrito con el riesgo de tergiversar su verdadero pensamiento, se designó un «comité central legitimista» o «comité de elecciones» compuesto por cinco miembros: el Duque de Lévis, el General de Saint-Priest, Pierre-Antoine Berryer, el Marqués de Pastoret, y el Duque de Cars. El secretario de este comité, Antoine Sauvaire de Barthélemy, envió una Circular interna, fechada en la susodicha localidad germana el 30 de agosto, a los corresponsales electorales de los distintos departamentos, dándoles a conocer la composición del mencionado comité, así como la mente del Rey legítimo en punto a la recta doctrina monárquica. Respecto a esto último, Barthélemy, en la parte central de su Circular, expresaba lo siguiente (seguimos básicamente la traducción aparecida en el número de 27 de septiembre de 1850 de La Esperanza. El subrayado es del propio texto original):

«El señor Conde de Chambord declaró que se reservaba la dirección de la política general.

Para prever eventualidades repentinas, y asegurar esa unidad completa de miras y de acción que puede sola constituir nuestra fuerza, ha designado los hombres que delegaba para la aplicación de su política de Francia.

Esta cuestión de conducta debía producir necesariamente la apreciación definitiva de la cuestión de la apelación al pueblo.

Estoy encargado oficialmente de daros a conocer cuál ha sido, sobre este asunto, la declaración de Mr. de Chambord.

Ha condenado formal y absolutamente el sistema de la apelación al pueblo, como implicando la negación del gran principio nacional de la herencia monárquica.

Rechaza de antemano toda proposición que, reproduciendo este pensamiento, viniera a modificar las condiciones de estabilidad que son el carácter esencial de nuestro principio, y deben hacer que sea considerado como el medio único de arrancar por fin la Francia a las convulsiones revolucionarias.

El lenguaje del señor Conde de Chambord ha sido formal, explícito, no deja lugar alguno a la duda, y toda interpretación que alterase su trascendencia sería esencialmente inexacta».

El diario republicano del literato Victor Hugo, L´Événement, consiguió hacerse con un ejemplar de la Circular, que imprimió en su edición de 21 de septiembre de 1850, generando una intensa polémica en la Prensa francesa que no tardaría en trasladarse también a la española.

Miembros del «comité central legitimista» tuvieron que salir a la palestra con escritos periodísticos o discursos parlamentarios que, sin negar en ningún momento la tesis primordial asentada en la Circular, la rodeaban de frases o enunciados de significación lata o amplia, no comprometedores, pero que podían dar pie a ser interpretados en un sentido convergente con la escuela doctrinaria. Culmen de esta política «apaciguadora» fue la intervención de Berryer en la sesión del 16 de enero de 1851 en la Asamblea Nacional, que le valió la ulterior carta aprobatoria del Conde de Chambord, firmada el día 23 de ese mes. Más que tratarse de una ambivalencia ideológica, como insinuaba Donoso, se podría insertar este comportamiento en el marco de una mera acción prudencial. Poniéndonos en contexto, la muerte de Luis Felipe de Orleans, acaecida justamente en aquel agosto de 1850, parecía despejar el camino a una eventual fusión o integración de su partido con el legitimismo. A su vez, el líder del orleanismo, François Guizot, veía con buenos ojos esas expresiones políticas de ancho sentido provenientes de los delegados del Rey Enrique V, entendiéndolas como guiños hacia el liberalismo doctrinario del cual él era indiscutible maestro y férreo defensor.

Sea de esto lo que fuere en el ámbito francés, lo cierto es que el contenido de la Circular sirvió de ocasión pintiparada a Pedro de la Hoz, director de La Esperanza, para sostener los veros fundamentos católico-monárquicos en su disputa frente a los diarios moderados autóctonos, especialmente contra La España. Parte culminante de esta controversia fue el esclarecedor editorial que el Sr. De la Hoz publicó en su número de 25 de octubre de 1850, y que pasamos a reproducir. Los subrayados son suyos.

Félix M.ª Martín Antoniano

(Continuará)

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